Noqueado y enamorado Capítulo 3
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Capítulo 3

Rocío

—Niña, ¿qué te ha pasado esta noche? —me preguntó Manuela.

—¿Por qué preguntas? No me ha pasado nada.

Nada. Casi nada.

Entre lo de Alonso y el paseíto que se me antojó dar por la playa, desde luego que la noche había sido de lo más interesante.

—Niña, que nos conocemos desde hace muchos años. A mí no intentes engañarme y encima quedarte tan normal.

Manuela era la cocinera del restaurante en el que llevaba trabajando años, tantos que no recordaba haber estado en otro lugar.

Vamos, con deciros que mis jefes confiaban más en mí para llevarlo que en su propio hijo. Aunque, claro, confiar en Fran no era tarea fácil que digamos.

Ese tío, atender a los clientes, como que no, pero venir directo de una juerga, puesto hasta las cejas de todo lo que podía y más, y con los chulos de sus amigos, para eso sí que era bueno.

Pues eso, que Pepe y Pilar confiaban más en mí que en su propio hijo.

También tengo que decir que me lo había ganado a pulso. Esa confianza no me la había regalado nadie, la había construido a base de esfuerzo, muchas horas de trabajo y muchos años de demostración.

El caso es que Manuela llevaba en la cocina del restaurante más años que yo.

Así que se podéis imaginar lo bien que me conocía.

—Anoche le dije a Alonso que se fuera de casa —me quité el bolso de bandolera para dejarlo en un armario pequeñito que había a un lado de la cocina— y, como soy tan valiente, decidí dar un paseo por la playa para hacer un poco de tiempo y que no estuviera en casa cuando regresara.

—¿Diste el paseo después de salir de aquí?

Asentí.

—En realidad, un poco más tarde, porque entre que llegué y lo eché, se me hizo aún más tarde.

La miré de reojo; sabía que en cualquier momento podía soltar uno de sus famosos gritos.

Y eso iba a ser en…

Tres.

Dos.

Uno.

—¿Tú estás tonta?

Ahí estaba su poderosa voz, esa que, en ocasiones como esta y si te pillaba muy cerca, era capaz de perforarte el tímpano. Incluso, si me apurabas un poco más, te podía perforar hasta el cerebro.

—Baja el volumen. —Me llevé la mano al oído haciendo una mueca de dolor—. Un poco más y te escuchan hasta en la Conchinchina.

Madre mía, de verdad que la potencia de voz que tenía esta mujer era digna de admiración.

Yo creo que cuando la llamaban por teléfono, se podía comunicar con la otra persona sin necesidad de descolgar.

—Niña, que no he gritado tanto.

Reí.

Para Manuela, ese volumen debía de contar como susurro.

—¿Quieres que siga contando cómo me fue anoche o seguimos discutiendo sobre el tono de tu voz? —le pregunté con un poco de ironía.

—Cuenta, que ya, si eso, después te diré unas cuantas cositas.

Manuela no se caracterizaba por morderse la lengua.

Ella decía que los años que tenía le daban sabiduría y el poder de decir lo que le viniera en gana, que se lo había ganado.

Yo le respondía que no se excusara en los años, que la lengua suelta siempre la había tenido.

—Cuando llegué al paseo marítimo, me apeteció dar un paseo por la arena. Aunque estaba muy solitaria, lo hice. —Me miró poniendo las manos sobre sus caderas—. Otras veces lo he hecho y nunca ha pasado nada.

—Pero estoy segura de que esta vez no ha sido igual.

Igual que siempre, como que no. De haberlo sido, no tendría nada que contarle, así que no, no había sido igual.

—¿Me vas a dejar que te lo cuente? —le pregunté mientras cogía el mandil negro y me lo ataba a la cintura.

Y digo el negro porque tenía uno verde botella y otro en burdeos.

Eso sí, los mandiles los podía ir cambiando, pero el uniforme siempre era el mismo.

Pantalones negros, tipo chino de mujer, pero un poco más modernos, y camisa negra, esta con el corte más estrecho, de esas que pueden marcar un poco el cuerpo.

No era un uniforme para tirar cohetes, pero tampoco estaba mal del todo.

—Como iba diciéndote, estaba dando un paseo por la playa. La verdad es que iba tan concentrada pensando en todo lo que había pasado con Alonso que no me percaté hasta que fue demasiado tarde.

»Me di cuenta de que un hombre comenzó a seguirme; cada vez lo tenía más cerca. Estaba a punto de salir corriendo cuando aparecieron dos hombres más.

Y cuando pensaba en esos dos, me temblaba el cuerpo entero.

Cuando salieron de la nada, pensé que eran amigos del primero. Ahí me di cuenta de que estaba completamente perdida, porque contra uno quizás podía tener una oportunidad de huir, pero contra tres no.

Estaba a punto de que me diera un ataque de pánico cuando me di cuenta de que el más grande de los tres, vamos, el que más músculos tenía, se fue contra el hombre que me había estado siguiendo.

El que me seguía intentó pegarle al más grande, pero falló en todos los intentos; por lo visto, sabía defenderse bien.

Lo retuvo allí hasta que llegó la policía.

Me impuso tanto su fuerza y su determinación que no fui capaz ni de mirarlo a la cara.

De verdad que me fue imposible.

Simplemente le di las gracias y no sé si me llegó a oír, ya que la voz me salió tan bajita que me costó oírme a mí misma.

Sí que me acuerdo de que la mirada del amigo coincidió unos segundos con la mía.

Y como cada vez que alguien se fijaba en mis ojos se quedaba durante unos segundos mirándolos, no es que el color de mis ojos fuera precisamente bonito. De hecho, a mí no me gustaba; era una de las cosas que menos me gustaba de mí.

Pero es verdad, y tengo que reconocer, que no son un color de ojos muy común. Que hay miles de personas que lo tienen, eso estaba más que claro, pero que no era habitual encontrarte con ellos también es cierto.

Por eso mismo pueden llamar un poquito más la atención.

—Niña, vas a conseguir que me dé esta mañana un infarto y yo no quiero morir todavía.

Le sonreí con cariño.

—No te imagines cosas malas, esos dos hombres se encargaron del tío que me estaba siguiendo, lo retuvieron hasta que llegó la policía.

Y respiró; la vi respirar con un peso menos encima.

Manuela también se caracterizaba por ser a veces un poco melodramática.

Me hacía gracia la mayoría de las veces, aunque tengo que decir que en esta ocasión no era para menos. Si no hubiera sido por esos hombres, no sé qué es lo que hubiera pasado.

En fin, lo mejor que podía hacer era olvidarme de todo y centrarme en echar el día en el trabajo y, cuando terminara el turno, ir a casa y ponerlo todo un poco en orden.

Menos mal que Coral iba a venir a echarme una mano, porque no veáis la que había liado Alonso antes de irse.

Fuerzas para trabajar no había tenido muchas en dos años más o menos, pero para poner toda la casa patas arriba y hacer parecer que por allí había pasado un huracán, para eso sí que las había tenido.

—Menos mal que todavía quedan algunos hombres buenos.

Cogí el comandero digital y me lo metí en el bolsillo del mandil. También cogí un abrebotellas; era muy quisquillosa y siempre me gustaba utilizar el mismo.

Eran tantos años aquí, que todo el mundo respetaba mis cosas y no solían tocarlas; que conste que yo tampoco lo hacía con las suyas.

—No digas eso, Manuela, sabes que gracias a Dios hay más hombres buenos que malos; lo que pasa es que los malos hacen demasiado ruido y parece que son muchos más.

—No sé si será eso, pero me da la sensación de que cada vez es menos seguro salir a la calle.

¿Que los tiempos habían cambiado? Sí, eso estaba más que claro.

Y que la juventud que ella había vivido yo no la había conocido, pero vamos, que ni yo ni personas bastante más mayores que yo.

—Supongo que habrá que salir con más ojos que nunca o, a lo mejor, contrato hasta un guardaespaldas.

Reímos por mi broma.

—Niña, a ver si vas a resultar ser la reina y necesitas uno.

Siguió con la broma.

—Claro que sí, soy la reina de mi casa, pero como el Estado no me ingresa ni un euro por el cargo, mejor me pongo a trabajar.

—Sí, será lo mejor.