Noqueado y enamorado Capítulo 2
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Capítulo 2

Bruno

—Joder, no tenías que haber hecho las cosas así.

Me dijo Rubén cuando entramos en mi casa y nos dejamos caer sobre el sofá.

—¿Y cómo querías que lo hubiera hecho? Tío, que el capullo ese estaba yendo detrás de una mujer.

—Lo sé y entiendo que actuaras así, solo digo que lo tenías que haber hecho de otro modo, sabes que no te puedes exponer de esta manera.

Sabía que Rubén tenía razón; sin embargo, no me podía quedar de brazos cruzados esperando a que llegara la policía y, mientras tanto, el cabronazo ese seguía atemorizando a esa pobre muchacha.

Eso no entraba en mi naturaleza, así que no podía mirar hacia otro lado; no lo había hecho nunca, no lo iba a hacer ahora.

—Y, según tú, ¿ese «modo» era quedarme esperando a que llegara una patrulla mientras que ese tío seguía persiguiendo a esa mujer? —le pregunté alzando una ceja.

—Mierda, no, pero me tenías que haber dejado a mí.

Demasiado bien sabía él que eso no iba a pasar.

A ver, para que todos entendáis un poco mejor por qué Rubén se oponía tanto a que me hubiera metido entre ese capullo y esa muchacha.

Yo me dedico al boxeo profesional, compito en la categoría de peso pesado y, como es normal, no me puedo meter en trifulcas, porque, con una denuncia que me pudieran poner, los de la federación me podían sacar del campeonato.

Y no era moco de pavo hasta donde había llegado. Muchas cejas partidas y labios rotos había tenido que sufrir para llegar a competir en tres de las cuatro principales organizaciones.

Y sí, mi fama como boxeador ya era bien conocida, teniendo en cuenta que me había hecho con los tres títulos en los que había competido.

En esos momentos me estaba preparando para el cuarto.

Si conseguía hacerme con él, sería uno de los pocos boxeadores que habría conseguido los cuatro cinturones más importantes del mundo.

Pero como dijo Rubén, una denuncia, una grabación con un teléfono o cualquiera de esas cosas podría suponer la ruina de mi carrera.

Por eso mismo mi amigo se había molestado conmigo al interceder en ese problema.

Y mira que no le había hecho nada al tío ese, vamos, que me había costado la misma vida controlarme y no darle una paliza, que era lo que se hubiera merecido.

Tan solo le di un empujón. ¿Que puede que lo hubiera hecho con más fuerza de la cuenta?

Pues lo más seguro es que sí.

No me arrepentía; como he dicho antes, los tíos como ese se merecen una buena paliza.

Pero, como me dijo Rubén, tampoco me podía jugar lo que tanto esfuerzo me había costado conseguir.

Por eso mismo solo le di ese empujón y lo retuve en el lugar hasta que llegó la policía.

En cuanto a ella, poco o nada podía decir, solo que iba caminando sola por la arena de la playa, con los zapatos de deporte en una de sus manos y la capucha de la sudadera puesta.

Al ser de noche y, encima, como la luna no es que alumbrara mucho, no vi muy bien cómo era.

Tampoco la iba a mirar fijamente, no era plan. Se había quitado a un pesado de encima; no le iba a caer otro. Además, su aspecto físico me importaba bien poco; lo que me importó fue que la vi indefensa.

Es que, sinceramente, pensar en su físico sería lo último que habría hecho; como he dicho, su seguridad era mucho más importante.

Ni me imaginaba el miedo que habría pasado la muchacha.

Y es que no es plato de buen gusto ir caminando sola por la playa, ir pensando en tus cosas y de pronto sentir cómo alguien comenzaba a seguirte.

Al principio, desde lejos, y cuando el poco hombre ese se fue sintiendo más seguro al ver que no había nadie que le dijera nada, se fue acercando más.

Tanto, que fue en ese momento cuando decidí intervenir.

Ni él ni ella se habían dado cuenta de mi presencia ni de la de Rubén.

Los dos estábamos en silencio, tendidos sobre unas toallas; a los dos nos gustaba bañarnos por la noche en el mar, sobre todo cuando todavía hacía algo de fresco.

Me gustaba cómo me sentía después de salir del agua. Puede que entrar en ella costara un poco, pero, una vez te adaptabas a esa temperatura, ibas sintiendo cómo los músculos del cuerpo se iban relajando.

Ahí estábamos cuando empezamos a darnos cuenta de todo lo que estaba pasando.

Me levanté casi de un salto, cogiendo la camiseta a mi paso y pasándola por mi cabeza.

Me la puse deprisa; Rubén hizo lo mismo que yo.

Nos acercamos con rapidez a ese tío, lo detuve y no penséis que se quedó con los brazos cruzados, porque no fue así; intentó darme algún que otro puñetazo.

No me supuso ningún esfuerzo esquivar sus intentos; para mí no era nada, no cuando estaba acostumbrado a enfrentarme a hombres mucho más fuertes y bien entrenados.

No acertó ni un solo golpe y no lo hizo porque cuando una persona va a lo desesperado, tiende a fallar más que a acertar.

—Sabes que no soy de los que se quedan de brazos cruzados.

Me levanté del sofá para ir a la cocina a por una botella de agua y dos vasos.

—¿Has visto los ojos que tenía esa mujer?

Me preguntó cuando regresé con el agua.

—¿Cómo le voy a ver los ojos si ni siquiera he visto su cara?

Le devolví la pregunta.

—Joder, pero si eran de un azul que no he visto en mi vida.

—Hombre, si dices que eran azules, tampoco es que haya mucha variedad: o son claros u oscuros.

Cogí el mando de la tele, aunque lo más lógico hubiera sido que Rubén se hubiera ido a su casa y yo me hubiera ido a dormir.

Pero, por lo que parecía, mi amigo no estaba por la labor de irse, ni yo tenía sueño.

Con esto que había pasado, me había puesto de tan mala leche que ni sueño tenía, y eso me jodía, porque yo era muy disciplinado para mis rutinas.

Mis horas de sueño, el deporte y la alimentación, sobre todo esta última, porque debo admitir que la vigilaba mucho más cuando estaban cerca algunas de las competiciones.

El resto del tiempo me cuidaba, pero no era tan minucioso.

—Te digo que nunca había visto ese color azul, bueno, azul por decir algo. —Se puso la mano en la barbilla como si estuviera pensando—. No sé, estoy buscando algo con que compararlo y que te puedas hacer una idea.

—Tío, que me da igual de qué color tiene los ojos, por mí como si los tiene amarillo fluorescente.

Madre mía, solo de imaginarme ese color se me pusieron los pelos de punta.

—Joder, que es una mujer y no una extraterrestre.

Rio con ganas.

Yo creo que los dos nos estábamos imaginando ese color de ojos en una persona y, la verdad, como que no nos haría mucha gracia encontrarnos con una de frente.

—Lo que quiero decir es que me da igual cómo los tenga. A mí lo que me importa es que la hemos ayudado.

—Pues si tan igual te da, entonces no te digo cómo los tenía, ahora te vas a quedar con la intriga.

Reí.

Qué poco me conocía si pensaba que con eso me iba a quitar el sueño.

—Deja el color para otro día y mejor vete ya.

Se puso una mano en el pecho como si le hubieran dolido mis palabras. Desde luego, payaso era un rato cuando quería.

—No me puedo creer que me eches a la calle. —Se hizo el indignado.

—Si no te quieres ir, también puedes quedarte.

Es que era eso lo que estaba buscando y la verdad, no sé por qué no lo había dicho directamente como otras tantas veces.

Confianza tenía para eso y para más.

—Gracias, tío, no sabes cómo te agradezco el ofrecimiento. —Se levantó del sofá—. Te voy a coger algo de ropa prestada para darme una ducha.

La cara la tenía dura, más que el cemento armado.

—Claro, faltaría más —le contesté con ironía.

Con Rubén todo era fácil, siempre lo había sido.

Éramos amigos desde el primer año que coincidimos en el instituto. Desde aquella primera vez que nos vimos, siendo apenas unos críos con más miedo que otra cosa, nos hicimos inseparables.

De eso ya hacía muchos años.