Noqueado y enamorado Capítulo 1
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Noqueado y enamorado

Noqueado y enamorado

Por Sarah Rusell

© inepub.com

Capítulo 1

Rocío

Cuando llegué a casa después de estar todo el día de un lado para otro y me encontré a Alonso en el sofá, con una lata de cerveza en una mano y un trozo de pizza en la otra, algo hizo «clic» en mi cabeza.

No era una imagen nueva, porque la había visto un millón de veces, pero esa noche mi mente despertó.

¿Sería posible? Vamos, ver para creer.

Yo aquí dejándome el culo para que salgamos de esta mierda de vida y él tan tranquilo, tirado en el sofá, rascándose la barriga a dos manos, eso por no decir otra parte de su cuerpo.

No sé por qué ni cómo. No tengo ni idea, solo sé que de pronto ya no me gustaba Alonso, ya no me parecía el hombre atractivo que siempre había visto en él.

Había perdido su encanto. De pronto lo vi aburrido, un hombre dejado que no miraba por sí mismo y mucho menos lo hacía por mí. Un hombre que no tenía planes de futuro.

Y ahí, en mitad del salón, mirándolo sin reconocerlo o, por lo menos, sin verlo como lo hacía antes, me di cuenta de que así no podía seguir.

No era el mismo que tantas veces me había hecho desearlo. Desde luego, el hombre que vi aquella noche en el salón de mi piso no era el mismo del que me había enamorado.

—Ahí te quedas —le dije, sacándole el dedo corazón—. Ya está bien, hombre.

—Rocío, no te lo tomes así, tampoco es para tanto.

Me replicó como si no tuviese importancia.

—¿Que no me lo tome así? ¿Cómo quieres que lo haga?

Qué ciega había estado, vamos, un poco más y me podría haber comido un muro de lleno.

Mira que me lo había dicho mil veces Coral, pues nada, yo erre que erre.

No, Alonso, no es así, solo está pasando una mala racha.

Y una mierda, mala racha.

Lo que le pasaba es que para él era más cómodo estar en el sofá que levantarse y hacer algo más.

—No encuentro nada de lo mío.

Lo miré como si no creyera lo que había dicho.

—Pues busca de otra cosa, digo yo que, si no puedes soldar hierros, podrás poner ladrillos.

Él era soldador y digo «era» porque, desde que su último trabajo cerró y él terminó en la calle, no había vuelto a trabajar.

Y de eso hacía casi dos años.

Dos años en los que había recaído todo sobre mis espaldas y él no se había molestado en buscar nada.

Porque, según él, no le salía trabajo de lo suyo.

Y claro, si no era de eso, no podía hacer nada.

—¿Cómo voy a poner ladrillos si no soy albañil?

De verdad, era ahora cuando me estaba dando cuenta de que no es que el pobre lo hiciera a cosa hecha, es que no daba para más.

—Alonso, ¿te estás quedando conmigo?

Tenía que ser eso, no podía ser de otra manera.

—No, nena…

Uf, no había cosa que me diera más coraje en la vida que me llamara «nena»; siempre me había parecido un apelativo de esos hombres trogloditas, de esos que suenan a «oye, tú, aquí está tu hombre».

No sé si me entendéis.

En fin, que no sé qué es lo que me pasó, pero ese día abrí los ojos.

—«Nena», tu prima —lo corté—. No me cuentes cuentos, levanta el culo de ahí, ve a por tu ropa y sal de esta casa.

Le dije aquello de camino a la puerta de la calle.

Lo mejor que podía hacer era salir de allí, por lo menos hasta que Alonso se hubiera ido.

Con el bolso de bandolera cruzado sobre mi pecho, las llaves de casa en una de las manos y la sensación de que había desperdiciado años de mi vida, salí de esa casa. Esperaba que, cuando volviera, ese hombre que en su día fue importante para mí se hubiera marchado para no volver más.

¿Dónde iba ahora?

Me lo pregunté cuando salí del ascensor camino a la calle.

Miré hacia un lado, después hacia el contrario y dudé por dónde ir.

Si iba hacia la derecha, podía ir a casa de Coral, pero ir allí significaría escuchar durante horas el famoso «te lo dije» y la verdad, en aquel momento era eso lo que menos necesitaba.

Pero si me decidía por el lado contrario, podía llegar al paseo marítimo y, a esa hora, con el frío que hacía todavía, estaba segura de que iba a estar vacío.

Mejor para ti, tonta , me dije a mí misma.

Pues hacia la izquierda, entonces.

Me subí la cremallera. Menudo fresco estaba haciendo esa noche.

Y no es que estuviésemos en pleno invierno; más bien estábamos en mitad de la primavera. Lo lógico sería que hubiera empezado a hacer un poco de calor, pero, por lo que parecía, este año iba a venir un poco más tarde.

Porque en la fecha en la que estábamos hacía más frío de lo normal. Tanto que la sudadera que llevaba puesta se me quedaba corta, pero bueno, ¿no dicen que el frío también espabila? Pues esa noche me iba a espabilar yo.

Sin darme cuenta, había empezado a caminar hacia el paseo marítimo y, mientras avanzaba, no pude evitar pensar en el hombre que Alonso había sido al principio. O, por lo menos, en el hombre que yo había creído que era.

La noche en que lo conocí, Coral me había convencido de salir y tomar algo. Y fue allí donde lo vi, al lado de la barra, con la cadera apoyada en ella, con un vaso en una de sus manos y repasando todo el local con la mirada.

Decir que me impactó creo que es quedarme algo corta. Me pareció el hombre más atractivo del mundo.

Tenía un cuerpo de escándalo, por lo menos a simple vista. Aunque, poco tiempo después, descubrí que lo tenía mucho mejor de lo que parecía. Pues eso, que tenía un cuerpo hecho para pecar, con músculos, pero sin ser exagerados.

Era alto, con una sonrisa que quitaba el sentido y una mirada que era capaz de dejarte sin habla; por lo menos a mí me dejó sin ella.

Me gustó en cuanto lo vi y me gustó mucho. Y, por lo que pareció en ese momento, no solo me gustó él a mí, porque pocos minutos después demostró que yo también le había atraído.

Esa noche hablamos mucho, sobre todo, hicimos eso: hablar, conocernos un poco y también provocarnos. Eso también lo hicimos, de manera sutil, dejando caer algún que otro comentario, rozándonos las manos o devorándonos con la mirada.

Después de esa noche, en la que, aparte de eso, hubo un beso antes de despedirnos, volvimos a quedar varias veces más.

Y poco a poco, lo que había entre él y yo fue creciendo.

Me enamoré de él como no lo había estado de nadie. Me hizo sentir que era especial, que era capaz de hacer cualquier cosa por mí.

Tengo que decir que, desde que lo conocí, siempre lo hizo. Los primeros años de nuestra relación nunca le faltó un detalle para mí, y no estoy hablando de regalos materiales, que sí, que de esos también los hubo.

Estoy hablando de detalles como, por ejemplo, darme un masaje en los pies cuando llegaba después de haber estado trabajando doce horas en el restaurante.

O prepararme un baño, o simplemente hacerme mi cena favorita.

No sé, de esos pequeños detalles que parecían cotidianos, pero que te hacían sentir especial.

Y no sé en qué momento de la relación se fueron perdiendo todas esas cosas, todo lo bonito que había entre los dos.

Lo único que sé es que, sin darnos cuenta, ya no había conversaciones en mitad de la noche mientras estábamos acurrucados en la cama. También fueron desapareciendo esos besos que nos robábamos el uno al otro en los momentos que menos lo esperábamos.

Se fueron los pequeños detalles o, más bien, los fuimos olvidando para centrarnos más en otras cosas.

Es verdad que Alonso nunca le cayó del todo bien a Coral. Ella nunca lo había visto con buenos ojos, que conste que con malos tampoco; más bien era como si siempre lo hubiera tenido en el punto de mira.

Coral me dijo muchas veces que Alonso no merecía la pena. Yo le decía que era ella la que no había querido molestarse en conocer al hombre del que estaba enamorada, a lo que ella me respondía que ese hombre no era claro, que estaba segura de que escondía algo.

No le hice caso, pero nunca dejamos que nuestra amistad se viera afectada por no opinar lo mismo del que hasta hacía un rato había sido mi pareja.

Sin darme cuenta, había llegado hasta el paseo marítimo.

No se veía a nadie, lo que, por un lado, me gustaba porque me daba alivio, paz y tranquilidad, pero, por otro lado, me daba un poco de miedo.

No del miedo ese que te dejaba paralizada, no, más bien era del miedo ese que sientes, pero que, al mismo tiempo, no te impide seguir avanzando.

No sé cómo explicarme, pero era como me sentí en ese momento.

El caso fue que no di ni un solo paso hacia atrás, hice todo lo contrario, pasé primero una pierna y luego la otra por encima del muro que separaba el paseo de la arena.

Que sí, que lo sé, que un poco más adelante había un gran paso abierto, pero no me apetecía ir hasta allí.

Antes de poner los pies en el suelo, me quedé sentada sobre ese muro para quitarme las deportivas.

Una vez que me las hube quitado, di un pequeño salto del muro. Mis pies tocaron la arena, esa que por el día podía arder, pero que por las noches estaba fría.

Por lo menos para mí, aunque también puede ser que esa noche tuviese más frío de lo normal.

Puede ser que, después de todo, la decisión que había tomado, en cierto modo, me hubiera dejado helada.