Capítulo 34
Bianca aguardaba nerviosa en el aparcamiento, con la mirada fija en el camino de acceso.
No sabía muy bien cómo había conseguido convencer a sus padres —o, mejor dicho, a su madre— para que fueran allí, pero, de algún modo, sus dotes de persuasión habían resultado suficientes.
Era una buena señal, aunque a Bianca se le cayó el alma a los pies cuando vio el enorme todoterreno doblar la esquina.
Su padre aparcó justo al lado del segundo coche de la empresa y se apeó. Llevaba un traje de una elegancia impecable, una elección bastante atrevida teniendo en cuenta el calor veraniego, que hacía que hasta el aire pareciese arder.
—Hola, papá —dijo Bianca con timidez.
Él se acercó y la estrechó con fuerza entre sus brazos. —Te he echado de menos.
—Yo también te he echado de menos —dijo ella, abrazándolo con fuerza.
Entonces Fabia apareció a su lado. Llevaba un traje entallado de Ralph Lauren en color beige y unos zapatos de salón de tacón alto que hacían que a Bianca le dolieran los pies con solo mirarlos. Saludó a Bianca con un gesto, los labios fruncidos. —Un viaje espantoso —dijo—. Necesito refrescarme.
—Estás preciosa, Fabia —dijo su padre.
—Estás estupenda, mamá —convino Bianca—.
Además, aún falta un poco para que empiecen las celebraciones.
En el jardín ya reina bastante caos, con todo el mundo corriendo de un lado para otro y ultimando los preparativos, pero…
—Se interrumpió y esbozó una sonrisa vacilante dirigida a su madre—.
Me alegro muchísimo de que hayáis venido los dos. La tía Flora también está muy contenta.
—Entonces, ¿de verdad vais a quedaros aquí? ¿Las dos? —preguntó su padre. Bianca lo observó un momento. ¿Estaba decepcionado? ¿O acaso vislumbraba un leve atisbo de orgullo en sus ojos?
—Me gustaría intentarlo, papá. Construir algo…
mío. Sabía que aquel deseo suyo despertaba poca comprensión —al menos por parte de su madre—, así que no añadió nada más y se limitó a confiar en que algún día a sus padres les bastara con saber que su hija era feliz.
—Siento que esto os haga daño —añadió—. Sabéis que no es mi intención.
Fabia apartó la mirada, pero su padre logró sonreír. —Lo sabemos, Bianca. Todo acabará arreglándose.
—Hablando de eso —dijo su madre, incorporándose por fin a la conversación—, Benedetto vino a vernos.
Lo dijo con tanta despreocupación que Bianca no estuvo segura de haberla oído bien.
Sin embargo, la expresión de su madre lo decía todo.
—Tendrás que explicarme qué tiene eso que ver con lo que estábamos hablando, mamá —replicó Bianca con frialdad—.
Y de verdad que no entiendo qué podría quedar aún por… después de todo aquello .
—Él… lo confirmó —la interrumpió Fabia—.
Eso era… lo único que quería decir. Bajó la mirada.
Bianca jamás había visto a su madre admitir voluntariamente que se había equivocado.
Y tampoco era que lo estuviera haciendo ahora, al menos no con palabras.
Pero Bianca sabía leer entre líneas. Y, lo que era más importante, sabía interpretar su lenguaje corporal. Estaba claro que lo sentía.
Bianca cruzó los brazos sobre el pecho. —¿Confirmó qué ? —insistió.
—Lo que te hizo —dijo Fabia en voz tan baja que apenas se oyeron las palabras.
Bianca la miró atónita durante unos instantes.
¿Qué se suponía que debía responder a eso?
Estupendo, me alegro de que haya quedado aclarado.
Como si no bastara con que ella misma, la tía Flora y Sofia hubieran contado lo sucedido…
Como si no bastara con que Fabia, con toda aquella locura suya de «solo quería ayudar», hubiera estado a punto de destruir la felicidad de Bianca.
Con que hubiera actuado a sus espaldas… Bianca negó con la cabeza.
No tenía sentido recrearse en el pasado.
Tampoco lo tenía intentar cambiar a Fabia.
Era como era. Y sí, tenía buenas intenciones.
A su manera, siempre tenía buenas intenciones.
Así que Bianca no expresó ninguno de sus verdaderos pensamientos.
Aquella vida había quedado atrás. Muy, muy atrás.
Estaba a punto de construir algo propio.
Una vida nueva e independiente. Y quería hacerlo sin resentimiento.
Por eso se limitó a decir: —No pasa nada, mamá.
Fabia alzó la vista y le dirigió una mirada agradecida durante una fugaz fracción de segundo antes de cogerse del brazo de su marido y colocarse sobre la nariz sus enormes gafas de sol con exagerado cuidado.
Bianca se volvió e indicó a sus padres que la siguieran.
—Emilia os ha reservado la habitación más bonita.
Estáis en la última planta y tenéis el balcón más grande, con vistas al campo.
Os va a encantar. Sofia llegará dentro de unas horas; hoy tenía que trabajar.
Tiene la habitación contigua a la vuestra.
Entraron en el hotel, y Bianca sintió alivio al comprobar que sus padres parecían complacidos al ver el vestíbulo. Se registraron y después Bianca los acompañó arriba. La habitación también les gustó. Los tres salieron al balcón y contemplaron el paisaje.
—¿Así que cambiaste a tu familia por esto? —preguntó su padre con un dejo de melancolía en la voz.
—Supongo que sí. Lo miró. —Es un paraíso, ¿verdad?
Su padre se volvió hacia ella. —Sí, es precioso.
—Soy feliz aquí, papá.
—¿No eras feliz con nosotros?
Ella le cogió la mano. —Claro que lo era. Pero aquí… Volvió a contemplar el campo; después bajó la vista y vio a Amadeo frente a Pepe, que gesticulaba como un loco, llevándose las manos al pelo con desesperación. Se echó a reír. —… aquí he encontrado cosas que ni siquiera sabía que estaba buscando.