Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) La noche de las estrellas fugaces
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La noche de las estrellas fugaces

¿No había acordado con Letizia que…?

—Me pareció un poco inapropiado —oyó decir de pronto a tía Flora a su lado.

Bianca se volvió hacia ella. —¿El qué? —preguntó.

—Oí que querían utilizar los materiales de tus planes de boda. Así que me planté.

Bianca se echó a reír. —Ay, tía Flora, no pasaba nada. Fue idea mía. Ninguno de aquellos planes significaba nada para mí. Era el camino equivocado.

Flora se enlazó del brazo con ella. —Lo sé , mia tesora .

Tomaste la decisión correcta. En todo. Sobre todo con él.

Señaló con la cabeza a Amadeo, que estaba ocupado encendiendo las innumerables velas dispuestas a lo largo de la mesa y en los portantorchas que rodeaban la celebración.

—Pero hay algo en lo que sí podemos estar de acuerdo, ¿verdad?

—¿En qué? —preguntó Bianca.

—Yo lo vi primero.

Bianca se rio y plantó un beso en la mejilla de su tía.

Flora se alisó el vestido, se acercó a la mesa y ocupó su sitio junto a los padres de Bianca.

Aliviada, Bianca observó cómo los tres entablaban conversación.

Alzó la mirada hacia el cielo, que con el avance del crepúsculo se había teñido de un azul violáceo.

Era evidente que aquella noche poseía una magia especial.

Incluso Fabia parecía irradiar algo parecido al buen humor.

Miró a Letizia, que estaba dando los últimos retoques al bufé y a quien Giampaolo interrumpió —como no podía ser de otra manera— para hacerse cargo de inmediato.

Bianca se rio, embargada por tal sensación de dicha y calidez que los ojos se le llenaron de lágrimas.

Se las secó enseguida y respiró hondo. Tenía que concentrarse.

Aquella noche era especial. Miró a Constanza, que asintió.

Podemos empezar , decía su mirada.

Bianca le devolvió el gesto, bajó despacio los escalones y entonces vaciló. Una oleada de nervios se apoderó de ella. El recuerdo del último acto irrumpió en su mente. El caos. La montaña rusa de emociones. El hecho de que hubiera estado a punto de perder a Amadeo…

—Eh —le susurró él al oído en ese preciso instante.

Ella lo miró sorprendida. —¿No estabas hace un momento junto a la hoguera, jugando a ser el dios del fuego?

Él sonrió con ternura y le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja. —Parecías necesitar que te dieran un empujoncito. ¿Todo bien?

Ella respiró hondo, clavó la mirada en aquellos ojos que la habían hechizado desde el primer momento y sintió cómo se extendía por su interior la misma calma que tantas veces había experimentado en aquel lugar. —Sí —dijo—. Ahora sí.

Él le rozó los labios con un beso tierno y susurró: —Enséñales de lo que eres capaz, Belle.

Con una juguetona palmada en el trasero, la ayudó a ponerse en marcha. Bianca avanzó hacia la larga mesa y ocupó su sitio en la cabecera, junto a Constanza. Una tras otra, las conversaciones fueron apagándose. Todas las miradas se clavaron en Bianca.

—Bienvenidos —dijo—. Nos alegra muchísimo recibiros a todos en nuestra notte delle stelle cadenti .

Esta noche es muy especial. No solo para mí, sino también para mi familia.

Y con eso me refiero, en primer lugar, a mis padres, que han venido desde tan lejos para celebrarla con nosotros, y a mi maravillosa tía, a quien todos conocéis ya muy bien porque se enamoró tanto de este lugar que decidió quedarse.

Sonrió a su tía. —Por supuesto, como todos sabemos, no fue solo el lugar lo que la convenció, sino también nuestro capocuoco.

Bianca hizo una pausa para saborear el espectáculo de ver cómo se ruborizaban las mejillas de Giampaolo.

Después continuó: —Gracias a él y a Letizia tenemos este bufé increíble.

Y, debo añadir, también esta celebración.

Giampaolo, quiero darte las gracias por haber hecho posible todo esto.

Giampaolo la miró con los ojos muy abiertos y se llevó el índice a los labios a modo de advertencia.

—Sí, Giampaolo —dijo Bianca entre risas—.

Ya sé que bajo ningún concepto debemos mencionar que hoy también celebramos el cumpleaños de mi tía.

Un murmullo recorrió a los invitados. Empezaron a aplaudir y alzaron sus copas en honor de Flora.

—¡De verdad, niña! ¡Mira que eres…! —dijo Flora, aunque Bianca veía lo encantada que estaba.

Bianca esperó a que cesaran las felicitaciones y luego continuó: —Como decía, hoy no es solo un día especial para mi primera familia, sino también para la nueva.

Apoyó una mano en el hombro de Constanza.

—Constanza, Pepe, Sara… Amadeo… Le dedicó una sonrisa radiante, que él correspondió.

—Me acogisteis y lograsteis que sintiera que formaba parte de vuestra familia.

Por eso también os dedico esta noche tan especial.

Y por eso me he tomado la libertad de modificar un poco el entretenimiento de esta velada.

Constanza la miró sorprendida. Bianca asintió hacia ella.

—Constanza y yo elegimos tres historias preciosas para leerlas a lo largo de la velada, antes de que empiece la lluvia de estrellas fugaces, alrededor de las diez.

Pero pensé que había una historia —una historia extraordinariamente inspiradora— que resultaría más apropiada para la ocasión.

Miró a Constanza, que solo entonces se dio cuenta de qué libro sostenía Bianca.

Abrió mucho los ojos, sorprendida, y después una sonrisa modesta se dibujó en sus labios.

—Es una historia sobre la felicidad. La felicidad púrpura.

Y ahora, queridos invitados, que dé comienzo esta hermosa velada.

Fin