Capítulo 33
La cocina bullía entre traqueteos y tintineos, pero Constanza se negaba en redondo a aceptar ayuda. Aun así, Bianca no dejaba de rondar a su alrededor, intentando quitarle tareas de las manos sin que se notara.
—Todavía soy lo bastante ágil, cara —dijo Constanza mientras Bianca se ponía de puntillas y bajaba un tarro de hojas de laurel de uno de los estantes superiores.
—A partir de ahora tendrás que acostumbrarte a que te ayuden —dijo Bianca, entregándole el tarro a Constanza—. Además, me gusta cocinar contigo.
—Y no hace falta que seas tan formal conmigo, Bianca.
Llámame Constanza, sin más. —Se asomó un instante a una cazuela que hervía a fuego lento y de la que ascendía el tentador aroma de la carne estofada que Constanza pensaba servir como secondo .
Luego dirigió a Bianca una mirada traviesa de soslayo—. También puedes llamarme Nonna .
Bianca se echó a reír. —Aún no hemos llegado a eso, Constanza.
—Cuando sabes que es lo correcto, lo sabes. Te lo digo por experiencia.
—Ya lo sé. La biografía morada está en mi mesilla de noche.
Constanza hizo un gesto desdeñoso con la mano.
—Ah, esa cosa. —Pese a sus palabras modestas, Bianca percibió el orgullo en su voz—.
Un periodista se puso en contacto conmigo para proponérmelo.
Quería entrevistarme para escribir mi biografía.
Al final, se pasó varios días siguiéndome a todas partes y le dije sin rodeos que así no iba a funcionar.
Yo no soy una celebridad ni él un paparazzi.
Bianca se apoyó en la encimera y le pasó a Constanza la sal y la pimienta, con las que esta aderezó generosamente la ricotta del cuenco que tenía delante. —¿Y en qué quedasteis al final?
—Escribí yo misma la dichosa biografía y se la envié a la editorial.
—Vaya.
—No era gran cosa, pero eran mis palabras. Eso era importante para mí. Después algún editor la revisó. Supongo que se vendió bastante bien. ¿Quieres ayudarme con los gnudi ?
—Si me dejas.
Bianca ocupó su sitio junto a Constanza, que se enharinó las manos y moldeó con destreza una mezcla de ricotta, espinacas y huevo hasta formar unos gnudi perfectamente redondos.
Se los fue pasando a Bianca, que los enharinó y los colocó en una bandeja.
Cuando terminaron, Constanza cubrió las bolitas con un paño de cocina húmedo y señaló la fuente de antipasti que ya estaba preparada, con diversos embutidos y quesos del mercado, además de tomates secos marinados de la despensa de Constanza. —Vamos.
Bianca cogió la fuente y siguió a Constanza al exterior. Pepe y su esposa, Sara, mantenían una animada conversación con Giampaolo y Flora. Amadeo estaba sentado entre ellos con una amplia sonrisa.
—La cena está servida —dijo Constanza mientras ocupaba su sitio en la cabecera de la mesa. Pepe ya alargaba la mano hacia la fuente, pero Constanza le dio un golpecito en los nudillos—. Comemos cuando yo lo diga. Y eso no cambiará ni cuando cumpla cien años.
Amadeo se rio. —Como debe ser, nonna .
Pepe gruñó, contrariado. —Llevo todo el día trabajando. Tengo hambre.
—No parece que te estés consumiendo precisamente —replicó Constanza.
—Desde luego que no —dijo Sara—. Se ha comido un buen plato de ribollita para almorzar.
—Pues eso. Quería decir unas palabras antes de que empezáramos nuestra comida familiar.
Como todos sabéis, esta joven maravillosa se mudó conmigo hace unas semanas.
—Sonrió a Bianca, cuyo rostro empezó a iluminarse—.
Sigo pensando que fue cosa de la providencia, sobre todo porque ayer aceptó oficialmente llevar la librería conmigo.
Pepe y Sara abrieron los ojos de par en par, asombrados; Amadeo sonrió con orgullo, Flora soltó una exclamación y Giampaolo estudió con gran atención la fuente de antipasti . —Era evidente —murmuró.
Flora le dio un suave codazo en las costillas. —No había nada evidente.
— Para mí sí que era evidente. No hay más que verlos. —Señaló a Amadeo con la cabeza y luego clavó la mirada en Bianca—. Nunca me gustó ese pavo real engreído.
Bianca se echó a reír. —Ni siquiera lo conocías antes de verlo en nuestra lectura de luna llena.
—¿Y qué? A mi edad, uno desarrolla cierto instinto. Tú perteneces aquí, con nosotros, igual que Flora.
Bianca miró a Amadeo y le sonrió.
—Entonces, ¿seguís juntos? —preguntó Pepe, adelantando la barbilla. Sara lanzó a su marido una mirada de advertencia, tomó la mano de Amadeo y se la apoyó en la mejilla—. Cuánto me alegro por ti, hijo mío. Por fin has...
—¡Mamma!
—Solo iba a decirlo —murmuró ella, soltándole la mano.
—Así que vas a quedarte aquí, ¿no? —le preguntó Pepe a Bianca.
—Si Constanza me lo permite.
—Constanza te lo permite —dijo la anciana.
—Hum. Bueno, pues. Al menos Amadeo dejará de preocuparse porque mi madre esté aquí sola y podrá concentrarse de una vez en su trabajo.
—¡Papá!
—Solo iba a decirlo... —intervino Sara.
Amadeo respiró hondo y miró a Bianca. Ella asintió para animarlo, pero sus labios se tensaron aún más.
—Amadeo también tiene una noticia —lo instó ella.
—¿Ah, sí? —preguntó Pepe, volviendo la atención hacia su hijo.
Amadeo asintió. —Tiene que ver con mi futuro profesional.
—¿Ah? ¿Al final te han readmitido en la aseguradora? Sabía que funcionaría si tu hermano hablaba bien de ti...
—¡Papá!
—¡Pepe! —lo reprendió también Constanza.
Pepe agachó la cabeza de inmediato, tras lo cual Sara le dio unas palmaditas en la mano y observó atentamente a su hijo. Bianca tuvo que contener una sonrisa y miró a Flora, que seguía el intercambio familiar como si fuera un entretenido partido de tenis.
—¿Y bien? —preguntó Giampaolo con impaciencia—. Suéltalo ya. Queremos comer.
Amadeo volvió a mirar a Bianca. —Supongo que la valiente decisión de Bianca de emprender un nuevo rumbo en la vida me inspiró —dijo despacio. Se volvió hacia sus padres—. Voy a estudiar arquitectura paisajística.
Pepe se quedó con la boca abierta y las cejas de Sara casi desaparecieron bajo el nacimiento del pelo. Constanza asintió con entusiasmo. —Muy bien hecho.
Pepe fulminó un instante a su madre con la mirada y luego se volvió hacia su hijo. —Pero tienes más de treinta años.
—¿Y qué más da? —replicó Amadeo.
—Si prácticamente sigue siendo un niño —dijo Constanza con un gesto desdeñoso.
—¿Y quién va a pagarlo? —preguntó Pepe.
—Tengo algunos ahorros. Y pronto contaré también con ingresos adicionales.
—Pepe lo miró con expresión interrogante—.
Por las entradas que voy a cobrar a partir de ahora para visitar mi jardín de cuento, además de lo que recibiré por las visitas al jardín y los paseos a la luz de la luna. —Sonrió a Bianca.
Ella asintió y miró a Pepe. —Tenemos grandes planes, Pepe. La primera lectura a la luz de la luna no fue más que el principio.
Pepe emitió un sonido ambiguo y señaló con la cabeza la fuente de antipasti . —Bueno, pues...
Amadeo se inclinó hacia su padre, obligándolo a mirarlo de nuevo. —Y sigo queriendo trabajar contigo en el hotel. Aunque no te lo creas, Papa, disfruté mucho.
Las pobladas cejas de Pepe se alzaron. —Pero... solo es un trabajo corriente.
—Un trabajo que te ha hecho feliz toda la vida.
—Mi familia es la que me ha hecho feliz toda la vida —respondió Pepe, dirigiendo una mirada interesada a Bianca.
Esta vez fue ella quien agachó la cabeza. Con las mejillas encendidas, miró a Amadeo.
—Paso a paso —dijo él con una sonrisa.
Se hizo un silencio agradable durante el cual todos se miraron unos a otros y sonrieron con dicha. Entonces Giampaolo dio una palmada en la mesa. —Y ahora... ¡a comer! —Miró a Constanza—. ¿Qué delicias has preparado, si puede saberse?
—Hemos hecho gnudi con ricotta, espinacas y mantequilla de salvia. Después hay carne estofada. Y, de postre, una mousse de ricotta que tengo mucha curiosidad por probar, porque la receta es de Bianca.
Giampaolo asintió satisfecho, pero luego vaciló y recorrió la mesa con la mirada. —Vendréis todos, ¿verdad? A nuestra pequeña celebración.
Pepe, que estaba a punto de apoderarse de un gran trozo de lardo de la fuente, bajó el brazo. —¿Celebración? —preguntó.
—Por la noche de las estrellas fugaces. Que, además, coincide con el cumpleaños de esta maravillosa dama. —Señaló a Flora—. Aunque tengo órdenes estrictas de no darle demasiada importancia.
—Así es —confirmó Flora.
—Nos encantará ir —dijo Sara—. ¿El doce de agosto?
—¡Ah! Alguien que conoce las Perseidas —respondió Giampaolo con entusiasmo—. Casi. La celebración será el trece de agosto. En el hotel. Habrá comida y bebida.
—Y entretenimiento —se oyó decir Bianca.
Todos la miraron, y ella se volvió hacia Constanza con expresión interrogante. —He pensado que nos vendría bien practicar un poco antes de abordar la próxima lectura a la luz de la luna...
Constanza asintió con entusiasmo y luego hizo un gesto amplio para indicar que el festín podía comenzar. Todos se sirvieron de la fuente y comieron con deleite hasta que, al cabo de un rato, Flora se acercó a Bianca y la atrajo hacia sí.
—Sabes lo que aún tienes que hacer, ¿verdad?
Bianca suspiró. —Sí, lo sé. Tengo que llamar a mis padres...