Capítulo 32
Corrió por el pueblo y, cuando por fin llegó a la calle correcta, estaba sin aliento y empapada en sudor. Se apartó apresuradamente unos mechones de pelo de la frente húmeda y miró la hora. Las seis de la mañana. No podía llamar al timbre a esas horas. ¿O sí?
Volvió a comprobar la dirección que había encontrado en la pequeña agenda de Constanza y se encaminó hacia allí.
Nunca había estado en la casita de Amadeo.
Sabía que vivía justo al lado de sus padres y que su hermano y su familia residían unas casas más allá.
Sin embargo, hasta entonces solo se habían visto en el hotel, en casa de Constanza o en el jardín de cuento de hadas, donde nadie podía molestarlos.
Ahora se encontraba ante la antigua y estrecha casa de piedra, que parecía un poco torcida.
Tenía contraventanas de color azul oscuro y paredes beis, y era exactamente igual que todas las demás casitas del pueblo.
Solo el jardín delantero revelaba lo especial que era la persona que vivía allí.
Mirara donde mirase, veía la huella de Amadeo: en la disposición de los parterres, en la forma en que estaban podados los arbustos, en la pequeña y fantasiosa fuente de un rincón y en el banco de madera tallada junto a la puerta principal.
Bianca tragó saliva y se llevó una mano al pecho, como si así pudiera ralentizar los latidos de su corazón.
Repasó una vez más lo que quería decirle y volvió a mirar la hora.
No le haría ninguna gracia que lo despertaran tan temprano.
A Amadeo le encantaba poder quedarse remoloneando en la cama.
Pero aquello era más importante. Importaba demasiado para…
—¡Eh, tú!
Bianca dio un respingo y se volvió. Pepe estaba en el umbral de la puerta abierta, con su cuerpo bajo y rechoncho envuelto en una raída bata azul oscuro. —¡Hola, Pepe!
—¿Qué haces aquí?
Bianca se acercó a Pepe para que dejara de gritar de un lado al otro de la valla del jardín. —Quería ver a Amadeo.
Pepe miró su reloj de pulsera. —¿Ahora?
—Sí.
—¿Por qué?
—Es importante.
—¿Por qué?
—Eso… eh… preferiría hablarlo con él en persona…
—¡Ya has causado bastantes problemas!
Bianca se plantó las manos en las caderas.
Aún no conocía muy bien a Pepe, pero sí lo bastante para saber que aquel hombrecillo tenía por costumbre buscar gresca.
— ¡Yo no he causado ningún problema! Mi madre ha hecho cosas que pienso arreglar.
Y tú harías bien en prestar atención, porque, por lo que he oído, también eres bastante aficionado a entrometerte en la vida de tu hijo adulto .
Alzó una mano cuando Pepe se dispuso a protestar, indignado.
—¡Un hijo que, dicho sea de paso, es una persona absolutamente maravillosa, con talento, sensible, sincera y valiosa que ya no necesita que sus padres le digan lo que debe hacer!
—¿Ah, sí?
Bianca dio un respingo y rezó para haber imaginado la voz de Amadeo.
Se volvió despacio. No, no la había imaginado.
Allí estaba él, junto a la valla del jardín, vestido únicamente con unos calzoncillos bóxer y una camiseta, y de pronto saludó con la mano al otro lado de la calle.
Bianca miró por encima del hombro y descubrió horrorizada que ya había hecho salir de sus casas a varios vecinos.
Se apresuró a acercarse a Amadeo. —¿Podemos hablar? —susurró.
—Podemos —respondió Amadeo con una sonrisa mientras abría la puerta del jardín.
Bianca entró a toda prisa y desapareció en el interior de la casa. Amadeo la siguió y cerró la puerta. Cuando se quedó allí delante de ella, sonriéndole, Bianca se quedó momentáneamente sin palabras.
—¿Levantada tan temprano? —preguntó él cuando ella siguió en silencio.
—Llevo despierta toda la noche.
—Ah.
—Escucha… No quiero convencerte de que hagas algo que no quieres hacer.
—Claro que sí.
—Vale, sí, claro que quiero. Pero no quiero convencerte a base de insistir, sino hacerte comprender mis razones. Toma. Metió la mano en el bolso y le entregó el libro a Amadeo.
—¿La biografía de mi nonna ? —preguntó él, sorprendido.
Bianca asintió. —Dentro hay un pósit. En una página concreta. Yo… no he encontrado palabras mejores, así que… Volvió a señalar el libro con la cabeza. Amadeo lo abrió por la página marcada y leyó las palabras que Bianca articulaba en silencio al mismo tiempo que él.
La vida sigue su curso. No pide permiso. Pero deja pequeñas pistas, si estamos lo bastante abiertos para reconocerlas.
Él volvió a cerrar el libro y la miró con gesto interrogante.
—La cuestión es… —dijo ella en voz baja—. Que no me parece bien.
Ahora su rostro mostraba una confusión absoluta, y Bianca tuvo que reírse.
—No me parece bien pasarme la vida entera preguntándome qué habría ocurrido si hubiera tomado otra decisión.
No me parece bien tener que soñar con otra vida mientras vivo esta.
Quiero elegir la opción menos sensata. Quiero tomar la decisión que me permita no tener que preguntarme nunca qué podría haber sido.
Quiero… Cogió el libro de cubierta morada y se lo apretó contra el pecho.
—Quiero esto. La felicidad morada. Te quiero a ti.
Lo miró expectante. Él no dijo nada. Se limitó a sonreír.
Y fue esa sonrisa, fueron esos labios, los que le dijeron que todo había merecido la pena.
Aunque él no estuviera de acuerdo con ella, aunque estuviera haciendo el ridículo más espantoso allí mismo, en ese preciso instante. Había merecido la pena.
Esperó. Una señal. Una palabra. Una caricia. Entonces, por fin, él alzó el brazo. La atrajo hacia sí, se inclinó sobre ella y la besó.
—Entonces estamos de acuerdo —susurró ella, y ambos se echaron a reír.
De pronto, alguien llamó al cristal. Se separaron de un salto y se volvieron.
—¡Vosotros dos! —gritó Pepe, aplastando la nariz contra la ventana.
—Dios… —murmuró Amadeo, ocultando el rostro entre las manos.
—¿Os habéis reconciliado entonces?
—Sí, papá —respondió Amadeo entre risas.
—Bien. Entonces estáis los dos invitados a cenar, qué demonios. Si conseguís seguir juntos hasta entonces. Se tocó la frente a modo de despedida. —Y ¿Bianca?
—¿Sí?
—Bienvenida a la familia.