Capítulo 31
Bianca no sabía cómo había conseguido regresar al piso.
Había permanecido sentada detrás del hotel durante horas antes de reunir fuerzas para volver andando a casa de Constanza.
Una vez allí, había entrado sigilosamente y subido de puntillas hasta su dormitorio para no despertar a Constanza.
Se metió en la cama y se quedó allí, completamente despierta, con la mirada clavada en la oscuridad.
No sabía qué hacer. ¿Acaso su vida no acababa de dar un giro a mejor?
¿No acababa de vislumbrar ante ella felicidad, posibilidades y amor?
Entonces, ¿cómo había terminado de nuevo en el punto de partida?
¿Cómo era posible que se sintiera tan perdida como el día en que descubrió la traición de Benedetto?
Solo que perder el amor dolía mil veces más que el orgullo herido.
¿Qué era aquello? ¿Una especie de broma cósmica a su costa?
Volvió a repasarlo todo, tratando de averiguar en qué se había equivocado y cómo podría haberlo evitado.
Pero ¿de qué iba a servirle? No podía retroceder en el tiempo.
Ya no había nada que pudiera hacer. El pasado no podía cambiarse, su futuro era del todo incierto y el presente no le ofrecía nada, absolutamente nada.
Había dado la espalda a su propia familia, y su nueva familia allí era…
sí, ¿qué era exactamente? Vivía con la abuela del hombre al que creía amar y, sin embargo, él le había dejado claro que no podía construir una relación en aquellas circunstancias.
Eso la enfurecía. ¿Cómo podía Amadeo abandonarla de aquella manera?
¡ Ella no había hecho nada! Ella jamás le había hecho sentir que pertenecía a otro mundo .
¿Qué demonios se suponía que significaba eso?
¿A quién le importaba cuánto dinero tuviera su familia?
La tía Flora era rica y Giampaolo no, ¡y entre ellos eso no suponía ningún problema!
Todo estaba en la cabeza de Amadeo. Él era quien insistía en que cada uno debía perseguir sus propios sueños.
Él era quien pasaba olímpicamente de estudiar Derecho y prefería ser jardinero o lo que fuera.
¿Por qué no podía perseguir su propia felicidad con la misma determinación cuando se trataba del amor?
—Joder —susurró.
De pronto, llamaron a la puerta. Se incorporó de golpe y miró alarmada hacia la oscuridad.
—¿Bianca?
Soltó un grito ahogado, encendió la lámpara de la mesilla y miró el reloj. ¡Eran las tres de la madrugada! Saltó de la cama y abrió la puerta de par en par. —¡Papá! —exclamó, mirando a su padre como si fuera una aparición—. ¿Cómo…? ¿Qué…?
Sin decir palabra, él dio un paso hacia ella y la estrechó en un abrazo lleno de emoción. —No vuelvas a hacer eso nunca —le susurró al oído mientras la apretaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Bianca percibió el nudo que le atenazaba la voz. Durante unos segundos se dejó abrazar y después lo apartó con suavidad. —Papá, ¿qué…?
Él se pasó una mano con fuerza por la cara; luego miró alrededor, vio que no había ninguna silla y se sentó en la cama.
Alzó la cabeza y le dirigió una mirada severa.
—¡Nunca más vuelvas a despedirte de mí, colgar y apagar el móvil como si todo terminara ahí!
La única ocasión en que quiero volver a oírte decir esas palabras será junto a mi lecho de muerte, Bianca. Nunca antes, ¿me oyes?
—Papá …
Él levantó una mano. —He hablado con tu madre. Está destrozada. No pensaba que… ¿Sabes qué? Da igual lo que pensara.
Bianca, que estaba a punto de interrumpir a su padre, cerró la boca y lo miró desconcertada. —¿Da igual? —preguntó en voz baja.
—Sabes que tiene buenas intenciones, Bianca.
Vino hasta aquí para ver las cosas con sus propios ojos.
Hablasteis, quiso meditarlo y después se encontró con Benedetto.
Entonces los dos mantuvieron una conversación y solo Dios sabe qué se dijeron exactamente.
En algún momento, consiguieron convencerse el uno al otro de que todo había sido un simple malentendido.
—Mamá nunca me creyó. No habrá hecho falta esforzarse mucho para convencerla.
—Quiere que seas feliz. No quería que lo tiraras todo por la borda sin más.
Sabes cuáles son nuestros valores, Bianca.
La gente ha dejado de arreglar las cosas.
Ha dejado de reparar las relaciones. Tu madre y yo siempre hemos intentado daros un ejemplo diferente porque creemos que la estabilidad y la familia son lo más importante en la vida.
Pensábamos que Benedetto podía ofrecerte precisamente eso.
Bianca no sabía qué decir. Todo sonaba a déjà vu envuelto con un bonito lazo, una repetición de las palabras que ya le había oído a Fabia. Estaba agotada. No podía mantener la misma conversación una y otra y otra vez.
—Nos equivocamos —dijo su padre de pronto.
Bianca arqueó las cejas y lo miró con expresión interrogante.
—Nos equivocamos contigo. Está mal imponerles a los hijos nuestra propia visión del mundo sin cuestionarla siquiera.
¿Qué puedo decirte, Bianca? Los padres también cometemos errores.
Solo somos humanos. Tienes todo el derecho a tomar tus propias decisiones.
Y yo tengo todo el derecho a pasarme el resto de la vida preocupado por mi hija.
Bianca tragó saliva, se acercó despacio y se sentó junto a su padre.
—Nunca te he contado esto, pero… yo tuve que afrontar una decisión parecida cuando apenas pasaba de los veinte años.
Antes de tu madre hubo otra mujer en mi vida.
Era completamente distinta, una chica corriente de una familia corriente, un torbellino de espíritu libre, impetuosa e imposible de contener.
Apenas lograba seguirle el ritmo, pero, santo Dios, estaba loco por ella.
Bianca abrió la boca. Se volvió despacio hacia su padre y lo miró como si acabara de revelarle que, al igual que Mowgli, lo habían criado los lobos. —¿Cómo dices? ¿Qué? —balbuceó.
Su padre hizo un gesto para quitarle importancia.
—La familia no la aprobaba. Naturalmente.
Entonces tu madre apareció en mi vida. Prácticamente me la sirvieron en bandeja de plata.
Y no lo digo con desprecio. La vi y me enamoré al instante.
Éramos la unión perfecta de nuestras dos familias.
Fue la decisión correcta. Y jamás me he arrepentido.
Para mí , aquella elección fue la acertada.
—Hizo una breve pausa y volvió la cabeza hacia Bianca—.
Pero yo no soy tú. Tú eres dueña de tu vida. ¿Amas a ese otro hombre?
Bianca resopló. —Ya no importa. Mamá se ha asegurado bien de ello.
—Sí, me ha contado que habló con él. Amadeo, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y bien? ¿Lo amas?
—Como he dicho, ya no…
—Claro que importa. Quiero saberlo. Quiero entender qué ocurre dentro de ti.
—Me encanta estar aquí, papá. Aquí, con Constanza, en la librería, en el jardín de cuento de hadas, con la tía Flora y Giampaolo y Letizia y Lorella. Con toda esta gente. Y me encanta la idea de tener un futuro con Amadeo.
Su padre asintió y después guardó silencio durante un rato. —Es difícil, ¿sabes? —dijo por fin en voz baja.
—¿El qué?
—Dejar marchar a los hijos.
—No tienes que dejarme marchar. Solo tienes que…
Él levantó una mano y silenció a Bianca. —Lo entiendo. Déjame darte un último consejo antes de irme.
—No tienes que…
Se puso en pie y le dedicó una sonrisa torcida. —Sí. Alguien tiene que consolar a tu madre. Mañana saldremos temprano hacia casa. Tenemos compromisos de trabajo.
—Ah. De acuerdo.
—Bianca … estoy satisfecho con la elección que hice entonces.
Amo a mi mujer. Amo a mis hijos y amo mi vida.
Y me encanta poder preguntarme, de vez en cuando, qué habría ocurrido si hubiera tomado otra decisión y soñar con una vida alternativa que nunca existió.
Puedo vivir con eso. La única pregunta es: ¿podrías tú?