Capítulo 30
Bianca estaba tan alterada que le temblaban las manos.
Quería poner toda la distancia humanamente posible entre ella y su supuesta familia.
¿Qué demonios le había pasado a su madre?
Sí, era excéntrica; aquello no era ninguna novedad.
Y sí, le gustaba entrometerse porque lo hacía con buena intención y siempre estaba firmemente convencida de saber mejor que nadie lo que necesitaba su familia.
¡Pero esto sí que era ir demasiado lejos!
No sabía qué más había ocurrido el día anterior, si su madre había ido a buscar a Benedetto o si había sido al revés.
Si su madre le había metido aquella idea en la cabeza a Benedetto o si él había adornado su historia para no quedar como el grande bastardo que era.
¡Pero todo aquello le daba igual! Había tomado una decisión.
La había tomado sola, con calma y detenimiento, segura de que estaba haciendo lo que era mejor para ella .
Un camino en el que estaban Constanza y su librería, un camino que, eso esperaba, sería mucho más hermoso con Amadeo a su lado.
Más de forma inconsciente que deliberada, Bianca se dirigió hacia el Hotel Toscana Mare.
A esas horas, poco después del mediodía, la terraza estaba abarrotada y todas las tumbonas que rodeaban la piscina se encontraban ocupadas.
Bianca se abrazó el pecho como si tuviera frío, aunque hacía más de treinta grados, y miró a su alrededor. Amadeo no estaba por ninguna parte.
Pasó junto a la piscina, dobló la esquina y se dirigió al césped de la parte trasera del hotel. Allí, por fin, lo vio. Estaba agachado junto a un cobertizo, intentando poner en marcha un cortasetos eléctrico.
Bianca se acercó despacio. Sabía que él podía oírla, pero no levantó la vista hasta que ella estuvo justo a su lado y su sombra cayó sobre él.
—Hola —dijo él.
—Hola.
Amadeo soltó despacio la herramienta de jardinería, se puso en pie e hizo un gesto con la cabeza hacia el cobertizo. Había un banco de madera contra una de las paredes, y se sentó en él. Ella tomó asiento a su lado con cierta vacilación.
—¿Va todo bien? —preguntó.
Algo no iba bien. Volvía a mostrarse distante. Y, otra vez , no la miraba. ¿No habían resuelto ya aquello? Bianca confiaba en haber conseguido disipar sus dudas.
—Sí —respondió él al cabo de un rato—. ¿Y tú?
—Eh … sí. ¿Por qué?
Él no respondió de inmediato, sino que se quedó mirando pensativo al frente antes de volver lentamente la cabeza hacia ella. Bianca intentó sonreír, pero la sonrisa se le quebró a medias y apretó los labios al mirarlo a los ojos. Lo que vio en ellos la asustó.
—¿Qué … pasa? —preguntó con voz inexpresiva.
Él le cogió la mano y le acarició suavemente la piel con el pulgar. —Creo que sería mejor que mantuviéramos las distancias. Hasta que … ya sabes … todo se haya solucionado.
Los dedos de Bianca se cerraron con más fuerza en torno a su mano, reacios a dejarlo marchar. —Todo está solucionado, Amadeo. Nosotros lo solucionamos todo. ¿De qué estás hablando?
Él apartó la mirada e intentó liberar la mano de la de ella, pero Bianca no lo soltó. —¿De qué estás hablando? —repitió. Y, como no respondió de inmediato, insistió—: ¿Amadeo?
Él suspiró. —Creo que tu familia lo ve de otra manera.
—¿Crees … qué ? ¿Por qué? Yo … no lo entiendo.
—Mira, Bianca, esto … lo que tenemos … me hace muy feliz. Pero no en estas circunstancias.
—No entiendo nada de esto, Amadeo —dijo. Los primeros indicios de desesperación empezaron a roerla por dentro, y se preparó para lo impensable.
No. No lo habrá hecho … No sería capaz. Su madre no habría …
—Tu madre ha llegado, como ya sabes —dijo él, expresando en voz alta lo que ella estaba pensando.
—Sí. Yo lo sé. ¿Cómo lo sabes tú …?
—Porque habló conmigo. Anoche.
—¡No lo hizo! —espetó Bianca, y entonces se estremeció porque había sonado tan petulante e indignada como su madre.
—Sí lo hizo —dijo Amadeo—. Por lo visto, sabe lo nuestro, ¿no? La miró con expresión interrogante.
—Bueno … ella … sabe que hay alguien . Pero yo no …
—Pues alguien ha hablado. Regresé al hotel por la noche y allí estaba ella.
Como si me hubiera estado esperando. Se mostró impaciente, como si yo hubiera llegado tarde a una cita o algo parecido.
Ya me estaba preparando para una discusión, pero su tono fue muy …
comedido. Preocupado. Te quiere muchísimo y …
bueno, dijo que todo había sido un malentendido y que cree que los dos merecéis otra oportunidad.
Tú y … tú y Benedetto. Por lo visto, estáis hechos el uno para el otro.
Él pertenece a tu mundo . Dijo que lo habías entendido todo mal y que tarde o temprano te darías cuenta.
—Suspiró—. ¿Y quién es ahora el idiota? Yo.
Al oír aquello, Bianca por fin le soltó la mano. Le ardía la piel. Tenía las mejillas abrasadas. El corazón le latía con tanta violencia que temió que fuera a salírsele del pecho en cualquier momento. Se levantó y dio unos pasos. ¡Nada de aquello podía estar sucediendo!
—Amadeo, eso es absurdo —dijo, pero hasta ella oyó lo débil que sonaba.
Sus palabras resultaron mucho menos convincentes de lo que pretendía.
Contempló a Amadeo durante un largo instante y vio en sus ojos que no lograría convencerlo de nuevo.
No ahora, no en aquel momento. Él ya le había dicho que no creía que fueran adecuados el uno para el otro.
Y su madre no había hecho más que confirmar esa opinión.
Su madre, su familia. Y Bianca sabía exactamente cuánto valoraba Amadeo a la familia.
—Por favor, Amadeo —susurró. ¿Cómo podía no ver lo mucho que significaba para ella?
¿Cómo podía pensar que no era lo bastante bueno para ella?
Porque en realidad todo se reducía a eso.
Había visto su expresión cuando apareció Benedetto.
Benedetto, con su traje de mierda y su maldita arrogancia y …
Amadeo se levantó. —No puedo hacer esto —dijo en voz baja—. Lo siento.
Y entonces se dio la vuelta y desapareció.
Ella se quedó allí, con la sensación de estar cayendo.
Temblaba, y unas lágrimas ardientes le anegaron los ojos.
Regresó despacio al banco de madera, se sentó y esperó a que el dolor remitiera.
Nadie pasó por allí. En algún lugar de la parte delantera, junto a la entrada del hotel, en la terraza y al lado de la piscina, la vida seguía su curso.
La gente hablaba, reía, era feliz. Los sonidos de su alegría llegaban hasta ella, pero Bianca se sentía como si estuviera sentada en otro planeta, sola y aislada, abandonada con toda su incredulidad y su rabia.
Fue el crepúsculo lo que por fin la liberó de su agonía. Echó la cabeza hacia atrás y observó cómo las primeras estrellas titilaban en el cielo. Se secó las lágrimas del rostro con rabia y cogió el móvil. Marcó un número y se lo llevó al oído.
—¿Papá? —dijo cuando él contestó.
—¡Bianca! ¡Qué sorpresa! ¿Está tu madre contigo? Porque necesito …
—No —lo interrumpió.
Y su tono se transmitió alto y claro a través del teléfono. Tan claro que durante unos instantes solo hubo silencio antes de que su padre preguntara con vacilación: —¿Va … todo bien, Bianca?
—Para mí, esta familia está muerta, papá. Eso es todo lo que quería decirte. Adiós.
Entonces colgó y apagó el móvil, se llevó las rodillas al pecho, rodeó las piernas con los brazos y dejó que la oscuridad creciente se la tragara por completo.