Capítulo 29
La sensación de inquietud persistía, agravada por el breve mensaje que Amadeo le había enviado a Bianca la tarde anterior para decirle que él y Pasquale seguirían ocupados un rato más y que se pondría en contacto con ella después.
Pero no lo había hecho, y aquella mañana tampoco había sabido nada de él. Cuando había intentado llamarlo, solo había conseguido que saltara el buzón de voz.
En el fondo, no tenía por qué significar nada.
Tampoco es que se vieran todos los días a todas horas.
Lo suyo era nuevo y emocionante, pero aún estaban muy lejos de tener que rendirse cuentas sobre cómo empleaban su tiempo libre.
Por tanto, Bianca se dijo que era perfectamente normal que Amadeo pasara tiempo con uno de sus mejores amigos.
Aun así, no lograba librarse de la certeza de que algo iba mal.
Decidió quitarse de encima la conversación con su madre y luego ir a buscar a Amadeo.
Que ella supiera, aquel día trabajaba en el hotel.
Y la conversación con Fabia no podía alargarse mucho.
Dejaría que Fabia montara su función, escucharía lo que tuviera que decir sobre la responsabilidad familiar, los planes de futuro y el sentido común, sonreiría con educación, se lo agradecería y después se marcharía.
No tenía sentido intentar convencer a su madre de nada.
Lo mismo le daría pronunciar un monólogo en un viñedo desierto: la respuesta sería la misma.
Fabia tenía una capacidad limitada para ponerse en el lugar de los demás y, cuando no entendía lo que sucedía a su alrededor, prácticamente nada lograba hacerla entrar en razón.
Bianca suspiró y se preguntó por qué su familia no podía limitarse a dejarla en paz.
Porque son tu familia.
Preparándose para lo que se avecinaba, salió de casa de Constanza y caminó hacia la Piazza hasta llegar a la Osteria de Letizia justo a las doce del mediodía.
Ya había bastante gente. Todas las mesas estaban ocupadas y un pequeño grupo de turistas permanecía ante la Osteria , escuchando al guía dar alguna clase de explicación.
Probablemente hablara de la iglesia, que se veía con claridad desde cualquier punto de la Piazza .
Bianca sonrió a los turistas y se abrió paso entre ellos hacia la entrada.
Vio a Letizia detrás de la barra, junto a la entrada de la cocina, y estaba a punto de acercarse cuando alguien la llamó por su nombre.
Se volvió y vio a su madre sentada a una mesa a la sombra, en una esquina del edificio.
Fabia le hizo un gesto seco para que se reuniera con ella.
Bianca dio un paso hacia la hilera de mesas y fue entonces cuando lo vio.
—No puedes estar hablando en serio —dijo, y los dos comensales de la mesa de al lado la miraron desconcertados.
Fabia no había venido sola. ¡De verdad había traído a Benedetto con ella!
Bianca dio media vuelta, pero, unos segundos después, alguien la agarró del brazo. —Por favor, Bianca —oyó que Benedetto le decía al oído, en voz baja pero insistente.
Claro. No querríamos montar una escena delante de toda esta gente.
Bianca se volvió de golpe y se soltó de un tirón. —¿Qué haces aquí? —preguntó con un volumen de voz normal.
—Queremos hablar en familia —explicó Benedetto con toda la dignidad que le permitía la situación.
—¿Desde cuándo mamá y tú constituís la familia ?
Benedetto miró alrededor, avergonzado. —¿Puedes venir a nuestra mesa? Nos hemos sentado allí a propósito para poder hablar tranquilos...
—Claro —lo interrumpió ella, alzando un poco más la voz—. No querríamos que nadie se enterara de que mi ex está aquí para hablar de su aventurilla.
Benedetto agachó la cabeza, y Bianca lo dejó plantado entre los demás comensales. Sin embargo, había cambiado de opinión y ahora se dirigía hacia la mesa de su madre en vez de marcharse de inmediato. —¿Cómo te atreves? —exigió sin rodeos.
—¡Bianca! —exclamó Fabia, y miró alrededor.
—Creía que querías hablar conmigo. Tú. Mi madre. La que supuestamente está tan preocupadísima por mí.
—¡Y quiero! Me encontré con Benedetto por casualidad, ¡te lo juro! Me lo explicó todo y yo solo quería...
—¿Qué? ¿Qué querías?
—¡Bianca, todo esto es un malentendido! ¡Ahora, por favor , siéntate! —Fabia tiró de ella por el brazo y prácticamente obligó a Bianca a tomar asiento. Benedetto se escabulló entre las mesas como un perro apaleado y también se sentó, sin levantar la mirada en ningún momento.
—No son formas de comportarse —siseó Fabia—. ¡Y menos aún en público! ¡Sois adultos! ¡Os estáis comportando como niños!
Bianca cruzó los brazos sobre el pecho. —¿Qué esperas conseguir exactamente con este numerito, madre?
—Que los dos entréis en razón. Benedetto está destrozado.
Dice que te vio con otro hombre. Tú dices que lo viste con otra mujer.
Todo esto suena tan... Lo siento, Bianca, pero tengo que repetirlo: ¡os estáis comportando como niños!
Si la boda iba demasiado deprisa para ti, podríais haber hablado del tema sin más. Comportaros así no ayuda a nadie.
—¿Algo más? —preguntó Bianca con frialdad.
—¡Sí! —espetó Fabia, antes de llamar enérgicamente a un camarero con la mano.
Un joven se acercó a la mesa; Bianca lo reconoció por una fotografía del restaurante como el hijo mayor de Letizia. — Buongiorno —dijo con una sonrisa—. Las sugerencias de hoy son...
—Tráiganos una jarra de vino tinto, nada más —respondió Fabia con brusquedad, despidiendo al joven con un gesto tajante de la mano.
—Santo cielo, madre, ¿se puede ser más maleducada?
Fabia la ignoró y señaló a Benedetto con un dedo fino. —Has dicho que todo fue un malentendido, ¿verdad?
Benedetto asintió y luego levantó la cabeza con timidez. —Lo siento. Solo quería darte celos.
Fabia le dedicó a Bianca una sonrisa casi triunfal. —Ahí lo tienes. Se comportó como un niño. Eso fue todo. Quería ponerte a prueba. —Volvió a mirar a Benedetto—. Eso era lo que querías, ¿verdad?
—Ajá.
—Así que entre él y esa putilla no hubo nada —continuó su madre.
Bianca resopló. —Por favor...
—Vale, de acuerdo, sí tuve algo con ella, ¡pero fue después de que aparecieras con ese campesino!
—No te creo —dijo Bianca sin rodeos.
Sabía lo que había oído por teléfono. También sabía lo que Benedetto le había dicho la primera vez que fue a verla después de que ella lo mandara a paseo.
Sabía exactamente cómo había transcurrido aquella conversación, antes de que su madre le clavara las garras a Benedetto y le metiera en la cabeza alguna historia que ahora debía venderle a ella, a Bianca.
Podía ver su rostro. Oír sus palabras. No permitiría que la hicieran dudar.
—Bianca, por favor —dijo Fabia entonces—. No montes una escena. Tú tuviste tu pequeño desliz, Benedetto tuvo el suyo y ahora podéis dejar todo esto atrás, atribuirlo a un ataque de miedo ante la boda y reconciliaros.
Bianca volvió despacio la cabeza hacia su madre. —¿Ah, sí? ¿Podemos? ¿Y se me permitirá caminar hasta el altar por mí misma o también harás eso por mí?
Los labios de su madre se tensaron y volvieron a convertirse en aquella familiar línea estrecha de color rojo oscuro. Apartó la mirada y le hizo el vacío a Bianca.
—Muy bien. Puedes castigarme con tu silencio cuanto quieras —dijo Bianca, levantándose—.
De todos modos, no tengo nada más que añadir.
—Se inclinó hacia Fabia y le habló al oído—.
Y si esta es la clase de lealtad familiar que tanto te empeñas en considerar sagrada, puedes volver a guardártela y llevártela a casa.
Y, ya de paso, llévate también a tu querido aspirante a yerno. Que os vaya bonito.