Capítulo 28
Era como si un cielo cubierto de densas nubes grises se hubiera abierto de pronto.
Bianca sentía que flotaba en el aire. No sabía si se estaba lanzando de cabeza a una aventura arriesgada o si seguía un camino que siempre había estado destinado para ella, uno que sencillamente nunca había visto, con el que ni siquiera había soñado.
Lo único que sabía era que aquello le parecía lo correcto.
Felicidad morada.
Era como si su cuerpo y su mente solo hubieran estado esperando a que tomara una decisión. A que tomara la decisión. Y, con ella, todos los diques se habían roto. La felicidad la inundaba. La felicidad, la alegría y la sensación de que, por fin, todo empezaba a encajar.
Le encantaban la librería, su pequeño piso y el tiempo que pasaba con Amadeo y los demás allí, en Camaiore. Adoraba cada segundo y ya no podía imaginar que algún día quisiera estar en otro lugar.
Estaba sentada en la terraza de Constanza, dejando que el sol, que descendía despacio, le bañara el rostro.
Amadeo trabajaba ese día en el hotel y después estaría con Pasquale en el jardín de cuento de hadas, pero se verían dentro de unas horas.
Bianca rebosaba ilusión, tan perdida en recuerdos maravillosos que le provocaban un constante revoloteo en el estómago que, al principio, apenas reparó en los pasos que sonaban a su espalda.
Pero, cuando aguzó el oído, comprendió qué tenía de extraño aquel sonido.
No eran los pasos suaves y menudos de Constanza, a cuya presencia no solo se había acostumbrado, sino que siempre le transmitían una sensación de calidez y seguridad.
No, los pasos que oía ahora repiqueteaban con sequedad por el sendero de losas que rodeaba la casa y no le proporcionaron consuelo alguno, sino un escalofrío helado que le recorrió la espalda.
Se levantó y se volvió. —Mamá —musitó sin voz.
Allí estaba, menuda y delicada, vestida de punta en blanco con un traje oscuro y unas gafas de sol de diseñador tan grandes que le ocultaban medio rostro.
Llevaba un caro bolso de piel apretado bajo el brazo, como si temiera que alguien pudiera robárselo en un lugar como aquel.
Bianca caminó despacio hacia Fabia. —¿Qué… qué haces aquí? —preguntó.
—Bianca —dijo Fabia con una seca inclinación de cabeza. Después señaló la casa con otro leve gesto—. La anciana me ha dejado entrar. O… me ha indicado el camino.
—Se llama Constanza.
—Ya veo.
—¿Qué haces aquí? —volvió a preguntar Bianca.
—Quiero hablar con mi hija. En el hotel me han dado la dirección de este… —Arrugó la nariz y echó un instante la cabeza hacia atrás para mirar la pared de la casa—. De este sitio .
—Este sitio es la obra de toda la vida de Constanza —explicó Bianca.
—Ya veo.
Madre e hija permanecieron allí de pie, indecisas, mirando alrededor como si de un momento a otro fuera a salir un apuntador de entre los arbustos para susurrarles qué debían decir a continuación. Vacilante, Bianca señaló la mesa que tenía detrás. —¿Quieres sentarte?
—¿A pleno sol?
—En dos minutos ya no dará aquí.
—No soporto el calor directo.
—En dos minutos ya no dará aquí —repitió Bianca mientras apartaba deliberadamente una silla para su madre.
Fabia se dejó caer en ella y la desplazó hasta conseguir que al menos el rostro le quedara a la sombra.
—¿Quieres beber algo?
—No, gracias. Quiero hablar contigo.
—De acuerdo. ¿De qué? —Bianca se sentó frente a ella.
Fabia suspiró. Solo entonces pareció darse cuenta de que aún mantenía el bolso apretado bajo el brazo.
Lo dejó sobre la mesa, pero conservó los dedos sobre el asa.
—De todo. Nuestra última conversación por teléfono acabó tan…
En fin, estoy preocupada. Tengo derecho a estarlo, ¿no? Al fin y al cabo, eres mi única hija.
—Soy muy feliz aquí.
—No puedes ser feliz. Estabas prometida y ahora habéis discutido y todo está…
—¡No hemos discutido, mamá! ¡Me engañó!
Fabia negó enérgicamente con la cabeza. —Seguro que es un malentendido.
—No lo es. Lo ha admitido.
—Porque lo acorralaste.
Bianca abrió la boca. ¿De verdad acababa de oír eso? —¿Que hice… qué ? —Cuando Fabia no respondió, una desagradable sospecha asaltó a Bianca—. ¿Has hablado con él? —siseó.
—No. Pero te conozco.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Nada. No quiero discutir, Bianca. Solo quiero decirte lo que pienso.
Y lo que me preocupa. Tengo derecho a hacerlo, ¿no?
—repitió—. Quiero decirte lo que pienso: estás cometiendo un error.
Y no piensas con claridad. Lo entiendo .
Nunca habías tenido una relación tan seria como la que tuviste con Benedetto, y esta ha sido vuestra primera discusión importante y…
—No fue una discusión, mamá. Me engañó y lo dejé.
Los labios de su madre, finos por naturaleza, se convirtieron en una línea estrecha al apretarlos con fuerza. Durante un instante se hizo el silencio. Solo se oían el canto de los pájaros y el suave susurro de la brisa estival.
—A veces una madre sabe mejor que su hija lo que le conviene, ¿sabes? —dijo Fabia con una contención sorprendente—. Sé que solemos discrepar. Pero solo quiero lo mejor para ti.
—Lo sé.
—He venido hasta aquí expresamente.
—Lo sé.
—Porque estoy preocupada. Solo quería decirte… Quería decirte que creo que deberíais volver a hablar. No puedes cancelar una boda sin más y no volver nunca a… —Calló y negó con la cabeza—. No quiero que luego te arrepientas de nada.
Bianca respiró hondo. —No tienes por qué preocuparte. Y… ya hemos hablado. —En cuanto pronunció aquellas palabras, comprendió que había cometido un error.
Fabia se sobresaltó, y Bianca pudo imaginar lo mucho que se le habían abierto los ojos tras los gruesos cristales oscuros. —Habéis hablado… Tú… ¿Está aquí?
—Sí, lo está. O… no lo sé. Estaba aquí. No sé dónde está ahora.
—¿Habéis hablado? ¿Qué te ha dicho?
¿Y si me preguntas qué he dicho yo?
—Lo ha admitido.
—¿El qué?
—Que me engañó.
—No me lo creo. —Las palabras salieron disparadas como si fueran una respuesta puramente automática.
—Pues créetelo, mamá.
—Pero… ¿por qué? —preguntó con la voz quebrada.
—Ni idea. ¿Porque es un gilipollas?
—¡Bianca!
—¿Qué? Lo es. —Bianca sintió que la ira crecía en su interior.
No quería discutir con su madre. No quería permitir que ningún sentimiento negativo irrumpiera en la vida tan maravillosa que estaba llevando en esos momentos—.
¿Por qué siento que soy yo quien tiene que justificarse ante ti?
¿Por qué? ¿Por qué no puedes ponerte de mi parte por una vez en la vida?
—Estoy de tu parte.
—Entonces, ¿por qué me haces preguntas que no puedo responder?
¿Y me dices que estoy cometiendo un error?
¡No estoy cometiendo ningún error! —Bianca se puso en pie de un salto—.
¡Nunca en mi vida he sido tan feliz como ahora!
Me encanta vivir aquí, me encanta trabajar aquí, me encantan… las personas de aquí.
Fabia también se levantó. Sus cejas asomaron por encima de las enormes gafas de sol. —¿Las personas de aquí? —insistió.
Bianca se cruzó de brazos.
—Así que te estás distrayendo con alguien —dijo Fabia sin rodeos.
—Yo no lo describiría así.
Permanecieron una frente a la otra, ambas procurando no decir nada inconveniente, no hacer que la situación resultara aún más desagradable.
Al final, Fabia suspiró y dio un paso hacia ella.
Volvía a llevar el bolso apretado bajo un brazo; ahora extendió el otro y tocó el antebrazo de Bianca.
—Escucha, Bianca. Creo que las dos deberíamos consultarlo con la almohada.
Me alojaré en un hotel y me gustaría que mañana pudiéramos hablar tranquilamente, cuando se hayan calmado los ánimos. ¿Te parece bien?
No, no le parecía bien. Bianca no quería hablar. No quería discutir ni justificar las decisiones que había tomado sobre su vida. Era adulta, por el amor de Dios. Tenía todo el derecho del mundo a seguir un camino que había escogido por sí misma.
—Al fin y al cabo, somos tu familia —añadió Fabia en voz baja.
Ahí estaban, las palabras que servían de argumento definitivo en cada discusión, en cada pelea.
Y alcanzaron a Bianca de lleno en el corazón.
Asintió brevemente. —De acuerdo —dijo en voz baja—.
Quedemos mañana para comer en el local de Letizia. Osteria La Pieve.
Fabia asintió con sequedad, le apretó el brazo a Bianca con suavidad, se volvió y se alejó haciendo repiquetear los tacones. Bianca se quedó con una sensación de desasosiego.