Capítulo 27
¿Adónde demonios se supone que voy a ir?
Aquella pregunta había atormentado a Bianca durante horas.
Se había pasado media noche sentada en su pequeño balcón, contemplando la luna y esperando una señal que solo el cielo sabía cuál sería.
Después había dormido un rato, se había preparado un café y había vuelto a ocupar el mismo sitio.
Llevaba ya bastante tiempo allí sentada, casi inmóvil, disfrutando de un estado meditativo que jamás había conocido en casa, en su antigua vida.
Contempló el macizo de adelfas, con su alegre profusión de flores rosas bañadas por la luz resplandeciente del sol de la mañana.
No , pensó. Rosas no. Moradas. Felicidad morada.
En ese momento, una tarabilla se posó en una de las ramas de la adelfa y emitió su característico y melodioso canto. Bianca observó al pajarillo y no pudo evitar sonreír. En aquel instante supo lo que iba a hacer.
Saltó del muro y dejó vagar la mirada por el paisaje que se extendía ante ella.
Las coloridas praderas de flores silvestres a las que tanto cariño había cogido, las colinas cubiertas de viñedos que se prolongaban casi hasta el horizonte y el sendero que conducía desde la casa de Constanza hasta el viejo molino.
Y hasta Amadeo.
Bianca entró, se cambió de ropa, se peinó y salió a toda prisa. Lo encontraría en su jardín. Lo sabía. Siguió el sendero mientras el sol estival le sonreía desde el cielo y se sintió…
… ¿libre?
Sabía que era irracional. Absurdo. ¿Cómo podía encariñarse con un lugar y con un hombre cuando apenas hacía tiempo que conocía a ambos? Sin embargo, todo lo que había vivido durante las últimas semanas parecía mucho más largo y mucho más intenso que cuanto había sucedido antes.
¿Y qué tenía de malo ser poco razonable? Al fin y al cabo, ¡Constanza le había enseñado cómo hacerlo!
Quedarse con él había sido una decisión poco razonable, tan poco razonable como romper un compromiso o huir de tu propio país…
¿Qué había ganado Constanza al tomar todas aquellas decisiones poco razonables, guiándose libremente por su instinto y su corazón?
Bianca se detuvo un instante y alzó los ojos al cielo.
Todo, pensó. Lo había ganado todo.
Siguió caminando y pronto se encontró ante la verja del jardín de Amadeo. Miró entre los barrotes de hierro, pero no vio más que un mundo de follaje verde oscuro salpicado por innumerables pinceladas de color.
Un jardín de cuento de hadas, pensó con una sonrisa mientras probaba a abrir la verja.
Estaba abierta. Entró y aguzó el oído. En algún lugar detrás del pabellón oyó unos golpes suaves de martillo.
Siguió el sinuoso sendero, subió los pocos escalones que llevaban al pabellón y se detuvo en el centro.
Desde allí podía ver a Amadeo. Estaba arrodillado en el suelo, golpeando sin descanso un pequeño tocón con el martillo.
—Amadeo —dijo.
Él se volvió y pareció sorprenderse al verla allí, pues la sonrisa tardó en aflorar a sus labios. Ella le tendió la mano y él se acercó. Le estrechó los dedos un instante, deslizó con ternura el pulgar por su piel y luego la soltó.
—¿Has dormido bien? —preguntó.
—No he dormido mucho —respondió ella con sinceridad.
—Lo de ayer fue bastante… emocionante. —La miró expectante.
—Sí, lo fue. Y cometí casi todos los errores que era posible cometer. —Él no respondió, así que ella se apresuró a continuar—. Me sentí abrumada. Por la… situación. Gracias. Quería darte las gracias.
—¿Por qué?
—Salvaste el evento. Todos vosotros…
—Lo salvamos entre todos. Además, no había nada que salvar. Fue todo un éxito.
—Pero podría haber sido un desastre con la misma facilidad.
—Pero no lo fue.
—Porque todos os pusisteis manos a la obra enseguida. Así que gracias.
—Para mí, y para todos los de aquí, eso se da por sentado. —Amadeo se apartó de ella y volvió a arrodillarse junto a su trabajo.
Bianca se acercó a él. —¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Va a ser una mesita. Pasquale ha tallado una pareja de gnomos en madera. Pensé que estaría bien darles también una mesita. También tengo previstas unas sillas… algún día.
Bianca se sentó a su lado y lo observó trabajar. Aquella imagen la hacía feliz. El simple hecho de estar allí sentada, rodeada de flores fragantes y llenas de color, con el sol sobre ella y los sonidos de la naturaleza a su alrededor. Aquella podía ser una vida plena. Si…
—Amadeo… —pronunció su nombre sin saber muy bien qué quería decirle. Él parecía distante. Tenía la atención clavada en su trabajo con una concentración exagerada, y ella advirtió que evitaba mirarla a los ojos.
—Así que está aquí, ¿no? —preguntó Amadeo de pronto sin mirarla.
Ella respiró hondo. —Sí. ¡No sabía que iba a venir! —dijo a la defensiva, aunque la pregunta de Amadeo no había contenido acusación alguna.
—¿Porque quiere recuperarte? —Amadeo seguía sin dejar de trabajar en su proyecto de mesa, y tampoco levantó la vista al formular la pregunta. Examinaba la madera que tenía entre las manos y Bianca percibía la tensión con la que aguardaba su respuesta.
—Me da igual lo que quiera.
Amadeo levantó la mirada. —¿De verdad?
Ella asintió. Entonces él sí dejó de trabajar la madera. Se sentó a su lado sin tocarla. —Escucha, Bianca… —dijo al cabo de un rato.
Bianca se apresuró a cogerle la mano. —No —dijo en voz baja.
—¿No?
—Llámame Belle —dijo, intentando mirarlo a los ojos, quizá incluso arrancarle una sonrisa. Pero él miró al frente y retiró la mano de entre las suyas. Ella procuró que aquello no la inquietara—. Sé que es demasiado pronto para hablar de… ya sabes… nosotros.
Él volvió lentamente la cabeza hacia ella. —Escucha, Bianca —repitió—. He estado pensando…
—No —lo interrumpió, oyendo ella misma lo desafiante que sonaba.
Una comisura de sus labios se alzó, divertida. —¿No? —preguntó.
—Da igual lo que estés a punto de decirme. No. Vas por mal camino.
—Ni siquiera sabes lo que voy a decir.
—Algo negativo.
—Bueno… Yo no creo que sea negativo. Creo que tenemos que afrontar la realidad.
—¿Y cuál es esa realidad? —No quería hacer la pregunta. Pero no podía seguir interrumpiendo a Amadeo eternamente.
Esta vez fue él quien le cogió la mano, pero el gesto la inquietó más de lo que la tranquilizó. —No estamos hechos el uno para el otro, Bianca.
Ella abrió la boca, dispuesta a protestar de inmediato, pero él alzó la otra mano y le apoyó con suavidad el índice sobre los labios. —Déjame terminar. He estado pensando y… No es que quiera repetir sus palabras, pero… Míranos. Venimos de mundos distintos.
Ella negó con la cabeza mientras él mantenía el dedo sobre sus labios. Él sonrió. —Claro que sí. No quiero recurrir aquí a una comparación con La Bella y la Bestia; quizá Jasmine y Aladdín serían más apropiados…
Entonces ella levantó la mano y apartó el dedo de sus labios.
—Eso es un disparate, y aunque te siguiera la corriente…
—dijo malhumorada—. Jasmine y Aladdín tuvieron un final feliz.
Así que, si estás decidido a acabar con esto, ¡al menos escoge una maldita historia que venga a cuento!
—Se puso en pie de un salto, agitada. Para su enorme irritación, oyó que Amadeo se reía por lo bajo a su espalda.
Se volvió en redondo—. No veo qué tiene tanta gracia.
—No tiene gracia. Eres adorable.
—¿Por qué quieres acabar con esto? He venido para…
Él se levantó y caminó hacia ella. —¿Sí?
—Olvídalo.
—No quiero acabar con nada. Solo pienso que… Estás acostumbrada a cierto… ya sabes… tipo de mundo. Yo vengo de otro. Y soy feliz en él. No sé qué puedo ofrecerte…
—¡Yo también soy feliz en tu mundo! —Alzó el brazo y le dio una palmada con la mano abierta en la frente—.
¿Hasta qué punto tienes que ser obtuso para no verlo, Amadeo?
Quiero estar aquí. En «mi mundo» —marcó las dos últimas palabras con comillas en el aire—, nunca sentí que encajara. ¡Nunca! ¡Así que para ya!
Volvió a bajar los brazos, se los cruzó sobre el pecho y lo fulminó con la mirada. Eso solo hizo que la sonrisa de él se ensanchara. Cuando comprendió lo seria que estaba, también se esforzó por recomponer la expresión. —De acuerdo —dijo—. Bien. Rebobinemos.
Regresó al banco, se sentó, palmeó el espacio vacío a su lado y esperó un instante. —¿Decías…?
—¿Yo…?
—Sabes que es demasiado pronto… —le recordó.
—Ah. Cierto. Esto… Sé que es demasiado pronto para hablar de nosotros.
—Mmm… No creo que haya un plan perfecto para este tipo de cosas.
Una comisura de sus labios se alzó. —Y aunque lo hubiera, como sabes, no creo demasiado que la vida pueda planificarse.
Se miraron a los ojos, ambos serios y pensativos. Entonces ella dijo: —Apenas nos conocemos.
—Es verdad.
—Me gustaría cambiar eso.
La sonrisa de Amadeo se ensanchó. Se acercó, le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí. —Me parece una buena idea.