Capítulo 26
—Dios mío —dijo sin emoción mientras miraba a su alrededor. La librería estaba a rebosar. Había gente por todas partes.
¿Qué le he hecho a Constanza?
Tragó saliva, sin saber qué hacer.
¡Piensa, piensa, piensa!
Había organizado miles de eventos corporativos.
Sabía cómo afrontar toda clase de crisis en una fiesta.
Sabía que siempre había que tener un plan B, C y D.
Por si faltaba espacio o comida en el bufé, por si se iba la luz, por si la gente perdía el control…
Todo eso lo sabía. Pero ahora, en aquel momento, tenía la mente en blanco.
Respiró hondo y se abrió paso a duras penas por la tienda hacia el patio.
También allí había una aglomeración imposible.
Todos los asientos estaban ocupados, y algunas personas ya se apoyaban contra la pared de la casa o se sentaban en el suelo.
Bianca miró a Constanza, que estaba sentada en su sillón de lectura con el libro apoyado en el regazo.
Al verla, sonrió. —¿Podemos empezar? —preguntó la anciana, como si nada de aquello supusiera el menor problema.
—Eh… Yo… —Bianca no terminó la frase. Alguien le cogió la mano. Era su tía.
La miró directamente a los ojos y asintió. —Respira, Bianca.
Eso hizo. Pero no sirvió de mucho. Había demasiada gente. No tenían suficientes linternas. Ni suficiente comida. Tampoco había ni de lejos bastantes sillas. ¿Dónde se suponía que iba a sentarse la gente junto al molino? ¿En la hierba?
—Yo… —dijo, pero no se le ocurrió nada, así que volvió a guardar silencio.
Entonces Constanza se levantó. Todo el mundo la miró. —Bienvenidos, queridos invitados. Quiero daros una calurosísima bienvenida a todos, también a vosotros, queridos niños, a nuestro primer paseo de cuentos a la luz de la luna. Como probablemente ya habréis notado, estamos un poco apretados aquí.
Se oyó una oleada de risas contenidas. Bianca se relajó un poco.
—Lo sentimos muchísimo y os pedimos comprensión. La idea surgió de forma bastante espontánea y tuvimos que organizarlo todo con muy poca antelación. Dios sabe que no esperábamos semejante afluencia. He de decir que me he quedado sin palabras. Y eso no ocurre a menudo.
Algunos invitados volvieron a reír.
—Os ruego que cedáis vuestros asientos a los invitados de más edad.
La primera lectura no durará mucho y después iniciaremos el paseo.
Mientras tanto, mi maravilloso nieto Amadeo…
Amadeo, ¿estás ahí? —De pronto, Amadeo apareció junto a su abuela y saludó con la mano a la multitud.
Bianca le sonrió con profundo alivio, pero se dio cuenta de que él evitaba su mirada.
Constanza lo agarró del brazo—. Amadeo, cariño, ¿nos prestarías esos brazos tan fuertes y buscarías mientras tanto algunos asientos más para el molino?
—Ya estoy en ello —dijo, y volvió a desaparecer tan deprisa como había aparecido.
—Pues bien, primera crisis evitada —dijo Constanza con una sonrisa antes de sentarse de nuevo.
Hizo un gesto de ánimo, y varios de los invitados se levantaron y miraron a su alrededor para ver si alguien necesitaba más que ellos su asiento.
El murmullo fue apagándose poco a poco, y Constanza se aclaró la garganta—.
Antes de empezar esta maravillosa historia, quiero dar las gracias a nuestra anfitriona y organizadora del evento.
—Señaló a Bianca, y todas las cabezas se volvieron hacia ella.
Bianca encogió los hombros. No le parecía que Constanza tuviera nada que agradecerle.
La situación se le había escapado por completo de las manos—.
Gracias, Bianca, por hacer posible todo esto.
Creo que, gracias a tus esfuerzos, todos disfrutaremos de una velada maravillosa.
Alguien empezó a aplaudir y los demás invitados se sumaron. A Bianca se le llenaron los ojos de lágrimas. Miró a Constanza sin saber qué hacer, decir ni sentir. Así que se limitó a articular una sola palabra con los labios: «Gracias».
Constanza asintió, esperó a que se hiciera el silencio, abrió el libro y empezó a leer.
De algún modo, lo habían conseguido. La tía Flora había contado a los invitados mientras Amadeo y Pasquale traían sillas.
Las linternas no se repartieron a cada persona, sino una por familia.
Y, milagrosamente, nunca se acabó la comida del bufé porque Letizia iba y venía como un torbellino, trayendo más sin parar.
La segunda lectura ya fue menos caótica, y para cuando Amadeo guio al grupo en el segundo paseo hacia el jardín de los cuentos, la situación se había calmado por completo.
Amadeo se detuvo ante el jardín de los cuentos y la multitud se congregó a su alrededor. Dijo unas palabras para explicar la idea que había detrás del jardín y les habló de la pequeña familia que había vivido allí en otro tiempo. Después abrió la puerta con llave y un murmullo recorrió la multitud.
Todo centelleaba. Incluso más que de costumbre.
Aunque ya había oscurecido, el jardín parecía iluminado.
Había el doble de guirnaldas de luces y lámparas solares, y Amadeo había hecho que las flores más hermosas destacaran aún más mediante focos colocados con esmero.
Guio a los invitados por el jardín, les contó algunas cosas sobre unas esculturas y otras, y después se detuvo junto al pabellón, en torno al cual había dispuesto sillas a lo largo de los sinuosos senderos.
—También aquí hemos hecho todo lo posible por encontrar suficientes asientos para todos —dijo en voz alta—.
Pero, como podéis ver, en este jardín no sobra precisamente el espacio libre.
Si es necesario, tendréis que arrimaros.
No seáis tímidos. —Los invitados rieron y empezaron a buscar sitio.
Bianca buscó a Constanza con la mirada y la vio entrar apoyada en el brazo de Pasquale.
Bianca se apresuró a acercarse y la cogió del brazo—.
¿Estás bien? —preguntó con ansiedad—. ¿Necesitas algo?
—No, hija mía, todo está bien.
—Lo siento muchísimo —susurró.
—¿Por qué?
Bianca miró furtivamente a su alrededor. —Por todo este caos.
Constanza quitó importancia al asunto con un gesto. —Ya hablaremos de ello después. —Luego se dirigió al pabellón, ocupó su lugar e inició la última lectura.
Bianca no sabía qué hora era, pero al final todos los invitados se habían marchado. Amadeo se había ofrecido a guiarlos de vuelta y acompañarlos a todos hasta la Piazza . Pasquale y Letizia habían organizado el transporte de aquellos invitados que ya no querían ir andando.
Esperó y después emprendió sola el camino de regreso por el sendero oscuro.
No sabía qué sentía. Tenía la mente en blanco.
Igual que había estado toda la noche. Había fracasado.
Al menos, así era como se sentía. Desde el principio, la velada había amenazado con sumirse en un caos absoluto, y todos habían ayudado a evitarlo. Todos menos ella.
Atravesó la casa de puntillas, subió a su apartamento y salió directamente al balcón. Allí se sentó en el muro y contempló la luna llena, que resplandecía plateada.
—Hoy no voy a dejar que te escapes con tanta facilidad. —Bianca se sobresaltó, volvió la cabeza y vio a Constanza en la puerta del balcón. La anciana señaló con el bastón hacia la puerta del apartamento—. Te la has dejado abierta.
—Lo siento muchísimo —dijo Bianca.
Constanza salió al balcón y se sentó en una de las sillas. —¿Por qué?
—Por todo ese caos. Te he fallado por completo.
—Ay, hija mía… —dijo Constanza, y a Bianca le pareció que sonaba agotada. La anciana negó con la cabeza y volvió también la mirada hacia la luna. Bianca la observó con aprensión—. ¿Pero de qué estás hablando? —añadió Constanza.
—Pero dijiste… Dijiste que hablaríamos después, y ahora has dicho que no dejarías que me escapara…
Constanza se echó a reír. —Quería decir que esta vez no voy a permitir que recurras a tu táctica de esconderte.
Bianca la miró sorprendida. Constanza se volvió hacia ella. —Cuando te mudaste aquí, huías de algo. Te atrincheraste en el apartamento y yo te dejé en paz.
—Sí. Eh… Gracias.
—De nada. Hoy vamos a hacer las cosas de otra manera.
—Yo…
—Bianca —la interrumpió Constanza—. No sé por qué dudas tanto de ti misma ni qué te inquieta hasta el punto de sentir que tienes que esconderte del mundo entero.
Tú has hecho posible todo esto. Tú tuviste la idea.
Tú nos has devuelto la vida a mí y a mi tienda, y te aseguro que mi marido nos está mirando desde ahí arriba en este preciso momento y te sonríe satisfecho.
Bianca alzó los ojos hacia la luna como si, en aquel mismo momento, pudiera aparecer en ella el rostro de un anciano sonriéndole. Después volvió a bajar la cabeza. —Pero hoy han sido los demás quienes se han ocupado de todo. Yo no he hecho absolutamente nada.
—Eso no es cierto. Pero si así es como te sientes, no tengo inconveniente en dejar que conserves esa sensación. La próxima vez podrás hacerlo mejor. —Constanza se apoyó en el bastón y se levantó de la silla.
—¿La próxima vez?
La anciana sonrió. Señaló la luna con un gesto de la cabeza. —Esta no ha sido la última, ¿sabes? Bueno, al menos eso espero. A mi edad, una agradece cada mañana que abre los ojos.
—No digas eso.
—Tiene que ver con la gratitud, cara. Con agradecer lo que una tiene. Alguien o algo te envió hasta mí. Y yo doy gracias por ello. Y, para que lo sepas, mi oferta sigue en pie.
Bianca la miró con expresión interrogante.
—Puedes quedarte si quieres. La próxima luna llena es el 19 de agosto. Y ahora, querida, voy a llevar estos viejos huesos a la cama.
Bianca vio marcharse a Constanza y después volvió a mirar la luna. Se levantó una suave brisa estival que hizo susurrar las hojas de la adelfa junto a ella. Bianca inspiró profundamente su dulce aroma y tomó una decisión.
Se quedaría allí, en aquel balcón, junto a la adelfa, al borde de las interminables praderas de flores silvestres, hasta que supiera qué quería.