Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) Capítulo 25
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Capítulo 25

El día del evento había llegado, y Bianca tenía tantas cosas entre manos que ya ni siquiera pensaba en el desagradable incidente con Benedetto.

Se dejó arrastrar por el ambiente festivo que reinaba en la propiedad de Constanza.

Toda aquella gente yendo de un lado para otro, trayendo cosas, haciéndole preguntas, trasladando sillas de un sitio a otro y ocupándose de la decoración creaba una sensación de expectación entusiasta.

¿O quizá solo lo percibía ella así? Bianca no lo sabía, pero tampoco importaba, porque una dulce sonrisa permaneció en sus labios durante todo el día.

Allí era feliz. Se sentía a gusto y estaba por completo absorta en su trabajo.

Fuera una afición o no, la librería de Constanza proporcionaba a Bianca mucha más alegría de la que nunca le había dado el negocio familiar.

Intuía que tenía que plantearse muy en serio qué quería hacer con su vida.

Pero hoy no. Hoy toda su atención estaba puesta en la lectura de Constanza y en los invitados que asistirían al evento.

—Sigo sin saber cuánta gente vendrá —le dijo Bianca a Constanza, que estaba sentada en su pequeño banco de piedra junto al viejo molino y contemplaba los alrededores con una sonrisa.

—Estoy segura de que vendrá mucha gente, cara.

—La tía Flora dijo que todos los huéspedes del hotel estaban interesados y que unos veinte habían confirmado que vendrían.

Y Lorella repartió folletos en varias tiendas y restaurantes de Camaiore y pidió a todos los dueños que apuntasen a quienes dijeran que sí.

Pero me temo que eso no funcionó demasiado bien y...

Constanza posó una mano sobre el antebrazo de Bianca y se lo apretó con suavidad. —Te preocupas demasiado. Mira todo lo que has conseguido aquí.

Bianca miró a su alrededor y asintió, aliviada.

Habían transformado el espacio situado junto al molino en un pequeño reino de cuento.

Amadeo y Pasquale habían dispuesto las sillas y los cojines en círculo, con una gran pila de leña para la hoguera amontonada en el centro.

Bajo el porche del molino había unas mesas largas que servirían de bufé.

El vino y las demás bebidas los habían dejado dentro de la casa, donde hacía más fresco que allí fuera.

La lectura comenzaría en el patio situado detrás de la librería de Constanza, donde aguardaban el café, el té y las galletas, y había sillas suficientes para unas cincuenta personas.

El patio ya era precioso de por sí, con sus jarrones llenos de flores, sus matas de hierbas aromáticas, sus lámparas solares y sus guirnaldas de luces, así que no habían tenido que hacer mucho más allí.

Después de la lectura en el patio, irían paseando hasta allí justo cuando empezara a anochecer. Pasquale había conseguido unas antorchas. La segunda lectura tendría lugar junto al viejo molino, acompañada de vino, otras bebidas y los aperitivos que llevaría Letizia.

Y, mientras la luna ascendía poco a poco, comenzaría la parte final: el paseo a la luz de las antorchas hasta el jardín de cuento de hadas. Amadeo le había prohibido a Bianca ir allí antes. Había querido preparar él solo el jardín y sorprenderla junto con todos los invitados.

Bianca tenía el corazón en un puño. Estaba nerviosa. Pero era una sensación agradable, emocionante.

—No sé cómo darte las gracias —dijo en voz baja, con la mirada fija en el círculo de asientos.

—¿Por qué? —preguntó Constanza, sorprendida.

—Por darme la oportunidad de hacer tantas cosas aquí.

—Ay, ¿pero qué dices? Eres tú quien me ha dado una oportunidad a mí .

Bianca se volvió hacia ella y la miró sorprendida. —Eso no es cierto en absoluto. Tú siempre has sido un referente aquí.

Constanza sonrió con modestia. —Sí, pero no se trata de eso.

Durante estos últimos años pensé que me limitaría a dejar que la librería fuera poco a poco...

bueno, que se durmiera como la Bella Durmiente.

Sí, tengo clientes habituales que me son fieles y sigo sintiendo que mi vida tiene un propósito.

Pero ya no pensaba intentar nada nuevo. No quería insuflarle nueva vida a la librería.

Más bien al contrario, para serte sincera.

Y ahora mira a tu alrededor. Tú la has despertado con un beso.

Bianca bajó la mirada. Le ardían las mejillas. —Trabajar contigo me ha hecho muy feliz. Me has ayudado a ponerme de nuevo en pie.

—Entonces, quédate.

Bianca dio un respingo. Miró a la anciana, sorprendida. —¿Qué?

Constanza se encogió de hombros y no dijo nada.

No puedo, estuvo a punto de decir Bianca. No puedo hacer eso. De ninguna manera.

Pero no fue capaz de pronunciar las palabras en voz alta.

En lugar de eso, cogió la mano de la anciana y se la apretó con suavidad.

Permanecieron sentadas en silencio durante un rato, contemplando los troncos apilados en el centro del espacio.

Entonces Bianca dijo: —Deberíamos irnos. Empezará pronto.

Constanza asintió y se puso en pie. —Entonces será mejor que vaya a ponerme presentable. Espero que mi bastón sobreviva a la caminata.

Bianca se echó a reír. —No te preocupes. Si hace falta, te llevaremos en brazos todo el camino.

Poco antes de las cinco, Bianca estaba detrás del mostrador de la librería, vestida con un vestido veraniego de flores que había rescatado del fondo de la maleta y planchado especialmente para la ocasión.

Tanto la puerta delantera como la trasera estaban abiertas de par en par, listas para recibir a los invitados.

Tamborileaba con los dedos sobre la madera, incapaz de apartar la mirada de la entrada.

Giampaolo y Flora ya habían llegado y estaban sentados frente a ella en las butacas destinadas a la lectura.

—Tienes que dejar de hacer eso —gruñó Giampaolo.

Bianca lo miró un instante, pero enseguida volvió la vista hacia la entrada. —¿El qué?

—¡Ese tamborileo! Es suficiente para provocarle palpitaciones a cualquiera.

—Déjala en paz, Gianni. Está nerviosa.

—Sí. Y ahora yo también. Muchas gracias.

—Tómate algo —dijo Bianca.

—Todavía no me ha ofrecido nadie nada... —se quejó Giampaolo.

Bianca lo miró y después paseó la vista a su alrededor. —¿Sabes una cosa? Tienes razón. Eso es lo que falta aquí, ¿verdad? Quiero decir, si Starbucks puede hacerlo, nosotros también.

—¿Quién? —preguntó Giampaolo.

Bianca se echó a reír y volvió a mirar hacia la puerta. Sintió una oleada de orgullo. Era la primera vez que hablaba de «nosotros» al referirse a la librería. O, como reconoció con cierta vacilación, al pensar en una posible vida en Camaiore.

—Voy a traerte un vaso de agua —oyó decir a la tía Flora.

—Ya voy yo —dijo Bianca.

—Tú quédate donde estás y recibe a tus invitados. La tía Flora se puso en pie.

—No quiero agua —dijo Giampaolo.

—¿Qué quieres, entonces? —preguntó Flora.

—Un amaro. Ver eso basta para poner nervioso a cualquiera. Hizo un gesto hacia Bianca, que no pudo evitar sonreír.

Ella se volvió hacia su tía. —¿Sabes qué? Tráeme uno a mí también. Y otro para Constanza.

—Así lo haré, mia bambina.

Bianca miró la hora y volvió a asomarse por la puerta. El corazón le dio un salto cuando vio a los primeros invitados acercándose por el callejón sin salida. Eran dos parejas mayores y una madre joven con dos niños. —¡Ya vienen! —exclamó Bianca, emocionada.

Giampaolo suspiró. —De verdad tienes que calmarte, niña.

Bianca cruzó deprisa la librería y recorrió el pasillo trasero hasta el patio para comprobar si Constanza estaba lista.

Constanza levantó el pulgar. Bianca volvió corriendo a la parte delantera y recibió a los invitados.

Flora acababa de regresar con tres vasos de amaro.

Los dejó enseguida y se sumó al comité de bienvenida.

Bianca regresó a su puesto y esperó a los siguientes invitados.

Fue entonces cuando lo vio.

¡No!

Se quedó boquiabierta y clavó los dedos en el mostrador.

¡No puede hablar en serio, joder!

Salió corriendo hacia el único hombre a la vista que llevaba un traje caro.

—¿Qué haces aquí, Benedetto? —espetó, agarrándolo del antebrazo y llevándoselo a un lado.

—¡Hablar contigo!

—Pues ¡yo no quiero hablar contigo! ¡Estoy ocupada!

Él miró a su alrededor. —Sí, me enteré de que estabas organizando este evento. ¿Cómo crees que te he encontrado si no? No contestas al teléfono.

—¡Porque no tengo nada que decirte!

—Después de todo, al menos podrías darme la oportunidad de explicarme —dijo, y ella percibió la desesperación en su voz.

—¿Después de todo? Estuvimos juntos tres segundos, Benedetto.

—Estuvimos juntos durante meses, y el tiempo que pasas con alguien es irrelevante cuando sabes que es la persona adecuada.

—¿Me estás tomando el pelo?

Un pequeño grupo pasó junto a ellos en dirección a la librería.

Bianca trató de sonreír educadamente y darles la bienvenida, pero Benedetto se interpuso en su camino.

—No significó nada, ¿de acuerdo? Patricia y yo...

llevamos años así. Lo dejamos y volvemos.

No significa absolutamente nada. Fue una estupidez por mi parte.

Fue... todo el asunto de la boda. Quiero decir, ¿crees que tú eras la única que estaba nerviosa?

Seguían llegando más invitados. Bianca no sabía qué hacer. Fulminó a Benedetto con los ojos entornados. —¿Te estás escuchando?

—¡Sí! ¿No podemos simplemente...?

—¡No! —espetó con tanta fuerza que varios invitados que acababan de entrar en el callejón sin salida la miraron desconcertados—. ¡No podemos! Quiero que te vayas. Quiero que me dejes en paz. Quiero...

—¿Bianca? Ella se volvió de golpe. Amadeo estaba frente a ella.

Llevaba una camisa azul medianoche sobre unos vaqueros claros, varias pulseras de cuero le rodeaban las muñecas y tenía el pelo cuidadosamente peinado hacia atrás.

Bianca tragó saliva. La mirada de Amadeo se desplazó hacia Benedetto. —¿Está... todo bien?

—Sí —respondió Bianca, bajando la mirada.

—¿Necesitas ayuda?

—¿Quién es este tío? —preguntó Benedetto.

Bianca se volvió lentamente hacia él.

¡Esto no podía estar pasando!

—Amadeo —se presentó él antes de que Bianca pudiera decir nada—. Y tú eres... ¿?

—Benedetto.

—Ah —dijo Amadeo—. El tío del pedrusco, supongo.

—¿Perdona? —preguntó Benedetto. Su voz se volvía más gélida a cada segundo.

Bianca permanecía entre los dos hombres, mirando de uno a otro. Quería decir algo, pero Benedetto se le adelantó. —Volveré a preguntarlo, y quiero dejarlo muy claro: ¿quién es este tío? Su mirada glacial se posó en Amadeo.

—Soy parte de la familia —respondió Amadeo con calma, señalando la librería.

—Entonces, lárgate y déjanos hablar en privado.

Aquello fue suficiente. Bianca se volvió con tal brusquedad que Benedetto dio un respingo. —¡Él está conmigo! Prácticamente escupió las palabras.

Benedetto resopló y recorrió despacio a Amadeo con la mirada. —¿Él? —preguntó, cargando aquella única palabra con todo el desprecio posible.

Bianca abrió la boca, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.

Al parecer, Benedetto lo interpretó como una señal para insistir aún más.

—Soy un hombre comprensivo, amore . Entiendo que una persona necesite divertirse un poco sin compromisos con gente que no significa nada antes de dar el paso correcto con la persona adecuada.

Su tono era tan condescendiente que a Bianca le entraron náuseas.

¿Qué le vi alguna vez?

Quería decir algo, pero la mirada de Benedetto se desplazó hacia Amadeo.

En ese momento reparó en lo callado que estaba él y se volvió para mirarlo.

Al ver su expresión, se le heló la sangre.

—Ahora estoy aquí —oyó decir con firmeza a Benedetto—.

Estoy aquí para asegurarte que estamos hechos el uno para el otro. Así que entra en razón.

—Yo... Los labios de Bianca formaron la palabra sin emitir sonido.

—Mírame —insistió Benedetto, dando un paso cauteloso hacia ella. Bianca se estremeció y lo miró—. Mírate. Y después míralo a él.

Bianca cerró los ojos. Le ardían las mejillas y la sangre le rugía en los oídos.

Nunca había sido tan consciente del marcado contraste que creaban en aquel entorno su vestido veraniego de Donna Karan y el traje Armani de Benedetto.

Se rodeó el cuerpo con los brazos porque, de repente, su elección de ropa le pareció inadecuada, excesiva y pretenciosa.

Como si eso importara ahora...

Extendió una mano a su espalda. Pero solo encontró el aire. Se volvió de golpe y vio que Amadeo se había alejado aún más de ellos. Su expresión lo decía todo.

—Amadeo —susurró.

Él negó apenas con la cabeza, sin apartar la mirada de Benedetto. Bianca veía lo profundamente dolido que estaba. Y comprendía demasiado bien cómo se sentía. La ira prendió en su interior. Y, con ella, la fuerza regresó a su voz.

—¡Amadeo! —dijo con firmeza, acercándose a él a grandes zancadas y cogiéndolo de la mano. Después miró por encima del hombro hacia Benedetto—. Él está conmigo —repitió—. ¡Y ahora déjanos en paz!

Benedetto los miró boquiabierto durante varios segundos. Bianca nunca lo había visto quedarse sin palabras. Entonces se le escapó de pronto una carcajada incrédula. —¿Has perdido la cabeza por completo? Me pintas como el malo cuando está claro que llevas con otro desde hace...

—¡Eh! —espetó Amadeo—. No la insultes.

—Esto no es asunto tuyo, joder.

—Claro que es asunto mío. Yo...

—¿Qué está pasando aquí fuera? —gritó alguien de repente a sus espaldas. Bianca se volvió y vio acercarse a Giampaolo. Este observó al pequeño grupo por encima de las gafas. —¿A qué viene todo esto? —preguntó—. ¿Quién es ese gilipollas tan emperifollado?

—Nadie importante —respondió Amadeo, con un matiz glacial en la voz.

—Bianca, niña, dentro hay cada vez más gente y todos te están esperando. He tenido que encargarme yo de recibirlos.

—Gracias, Giampaolo, yo... Solo entonces Bianca volvió a ser plenamente consciente de lo que la rodeaba.

Cada vez pasaba más gente junto a ellos.

Se había formado una cola a la entrada de la librería.

Amadeo le soltó la mano, le dirigió una mirada indescifrable y se alejó.

Bianca tragó saliva y lo vio marcharse. Giampaolo se aclaró la garganta. —Ya... voy —dijo ella en voz baja.

Se sacudió la parálisis de encima y entró a toda prisa. Y allí, advirtió horrorizada, la aguardaba el caos más absoluto.