Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) Capítulo 24
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Capítulo 24

Bianca estaba sentada en el muro del balcón, contemplando el resplandeciente cielo nocturno y sumida en sus pensamientos.

No se había puesto en contacto con Amadeo desde su pequeña huida del día anterior, y sabía perfectamente que no era justo.

Lo que ocurría era que quería encontrar las palabras adecuadas antes de verlo.

Y parecían escabullírsele. Ni siquiera sabía qué había entre Amadeo y ella.

No habían hablado de ello. Por supuesto, después de la noche que habían pasado juntos, estaba claro que había algo entre ellos, algo que iba mucho más allá de un romance vacacional sin importancia.

Pero Bianca sentía que aún era demasiado pronto para mantener una conversación seria.

Quería prolongar un poco más aquella etapa, aquel tiempo de inocencia y placer despreocupado, casi infantil.

Sin embargo, Benedetto había aparecido, y Bianca tenía la sensación de que se imponía una conversación.

Suspiró, se levantó, entró y sacó el móvil. Cuando lo encendió, la pantalla volvió a mostrar llamadas perdidas y mensajes. Los ignoró y marcó el número de Sofia.

Su mejor amiga contestó enseguida. —Oye, ¿va todo bien?

—No estoy segura. En cierto modo, sí. En cierto modo, no.

—Vale, ¿qué ha pasado? ¿Estar sola no te ha sentado tan bien como creías?

—Sí. Bueno, yo... La verdad es que no estuve sola mucho tiempo.

—¿Y eso qué significa?

Bianca se sentó en la cama. —Esto... Va a sonar un poco...

—¡Dios mío, has conocido a alguien! —exclamó Sofia emocionada al otro lado del teléfono.

Bianca no pudo evitar reírse. —Algo así.

—¡No me lo puedo creer! ¡Me alegro muchísimo por ti! No. Espera. ¿Me alegro por ti? Un momento. Ha ocurrido muy poco después de... Vale, empieza por el principio. ¿Qué ha pasado?

—Hay un hombre maravilloso aquí, en el pueblo. Nos llevamos bien, una cosa llevó a la otra y... Ya te lo contaré todo con detalle cuando te vea. Lo que pasa es que ahora no sé qué hacer porque...

—¿Porque...?

—Benedetto ha aparecido.

—¡No!

—Sí.

—¡Nooo!

—Me temo que sí.

Sofia emitió un sonido ininteligible que parecía una maldición ahogada. —Pero... Quiero decir... ¿Qué ha pasado?

—Por lo visto, había estado buscándome. Nos encontramos en la plaza mayor. Intenté marcharme, él corrió detrás de mí y después se arrodilló —delante de todo el mundo— y me suplicó que lo perdonara.

—¡No!

—Sí.

Sofia soltó el aire. —No me lo puedo creer. Qué capullo... Vale, a ver si lo he entendido bien. ¿Te pidió que lo perdonaras?

—Sí. Y quería explicarme lo que había pasado.

—¿Y a quién le importa?

Bianca asintió. —Eso mismo le dije yo. En el fondo, no me importa. Es solo que no sé... Quiero decir, te llamo porque quería saber tu opinión.

—¿Sobre qué?

—Amadeo.

—¿Así se llama? ¿Tu nuevo hombre?

—Sí.

—Suena sexy.

—Lo es. Pero no sé si debería decirle algo.

—¿A Amadeo? —aclaró Sofia.

—Sí. Sobre Benedetto.

—Mmm. Buena pregunta.

—Por eso te llamo, querida Sofia. Tú eres la experta en novelas románticas. Así que ¿qué diría Jane Austen?

—¿Que sirviéramos el té?

Bianca se echó a reír y Sofia se unió a ella. —Vale, bromas aparte —dijo Sofia un momento después—. Yo diría que depende de lo que haya entre vosotros.

—Pero eso es precisamente lo que no sé.

—Pues averígualo. Y después habla con él. Porque la cuestión es la siguiente: si solo es un romance vacacional sin importancia, no tienes por qué contarle nada. Pero si te importa...

Sofia no terminó la frase, pero Bianca lo entendió de todos modos. Asintió. —Vale, gracias, Sofia. Te echo de menos.

—Yo también te echo de menos. Créeme, si pudiera cogerme unos días libres, volvería ahora mismo. Es tan bonito allí...

—Sí. Lo es de verdad. Es como un sueño. —Bianca suspiró.

—Uy, uy.

—¿Qué?

—Tienes una voz tan... melancólica.

—¿Qué quieres decir?

—Parece que te hayas enamorado por completo. Del lugar, quiero decir.

Bianca se rio. —Sí, supongo que sí.

—Ni se te ocurra abandonarme —dijo Sofia en tono de broma.

—Y a ti ni se te ocurra no venir a visitarme a todas horas si... —Se interrumpió. ¿Qué estaba diciendo? Aquello ni siquiera era una opción.

¿O sí?

—Bueno, cariño —dijo Sofia—. Espero haberte ayudado un poco.

—Siempre lo haces. Hablamos pronto.

—Sí. Hasta luego.

Bianca colgó. En aquel preciso instante, llamaron suavemente a la puerta. La entreabrió y el corazón le dio un vuelco al ver a Amadeo al otro lado. Como no podía ser de otra manera, llevaba una ramita de lavanda en la mano. Se la tendió.

—Gracias —dijo ella mientras lo dejaba entrar.

—De nada. Espero no molestarte.

—No.

Puso la ramita de lavanda en el jarrón que había junto a la cama y se sentó.

Dio unas palmaditas en el colchón para invitar a Amadeo a sentarse a su lado.

Él se acercó vacilante. —No quería molestarte, pero tenía que asegurarme de que estabas bien.

Ayer parecías muy alterada. Y la nonna dijo que te habías encerrado en tu habitación.

—Sí, así fue. Lo siento.

—No tienes por qué disculparte.

—Sí, yo... —No sabía qué decir. Pero, al mirarlo a los ojos en aquel momento, comprendió con cada fibra de su ser que quería contárselo todo. Y advirtió algo más. Había algo en sus ojos que no había visto antes.

Inseguridad. Distancia.

Se apresuró a tomarlo de la mano, como si de ese modo pudiera transmitirle lo mucho que le importaba. Porque le importaba. Le importaba de verdad . Para ella, no era un simple romance vacacional sin trascendencia. En Amadeo no había nada intrascendente.

Por eso decidió contarle lo que la preocupaba.

Pero no ahora. No allí, en su pequeño y acogedor refugio, que tanto consuelo le había proporcionado y donde se sentía tan segura.

No quería hablar allí de su ex. Allí solo quería existir.

Sentir el momento. Y, decidió mientras levantaba una mano y atraía a Amadeo hacia ella, también dejaría que él lo sintiera.