Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) Capítulo 18
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Capítulo 18

Bianca dejó que Amadeo la guiara por el laberinto de caminos rurales y pistas agrícolas que se alejaban del hotel hacia el interior. Se detuvieron en un pequeño apartadero de grava y él señaló el paisaje.

—Hoy hay un poco de bruma, pero, cuando está despejado, desde aquí se ve hasta el mar.

Bianca volvió la cabeza hacia él. —¿Te importaría explicarme qué acaba de pasar ahí atrás?

Él la miró y sonrió. —¿Te importaría explicármelo tú a mí?

—Quería probar a hacer de salvador por una vez. Ha sido divertido. Bien, ahora te toca a ti.

Amadeo apoyó la cabeza en el asiento, clavó la mirada al frente y suspiró. —Me gustaría ahorrarnos a los dos la versión larga, pero la corta es que mis padres intentan emparejarme con Clara, y decir eso no resulta muy sexy en un hombre de mi edad.

Bianca rompió a reír. —De acuerdo, ahora tienes que contarme la versión larga.

Él puso cara de agravio, aunque después asintió. —Está bien. ¿Podemos comer algo primero? Me muero de hambre.

—Claro. ¿Alguna idea?

—Sí. Te indicaré adónde ir.

Amadeo la dirigió hasta Corsanico, un pueblecito cercano a Camaiore que parecía un revoltijo desordenado de casitas de piedra construidas unas junto a otras sobre una colina rodeada de vegetación.

Aparcaron el coche y se acercaron a un puesto de mercado cuya selección de fruta, verdura, embutidos y quesos era mayor que la de muchos supermercados.

—Guau —se maravilló Bianca—. ¿Un puesto de mercado que solo conocen los lugareños?

—preguntó mientras consultaba el reloj. Incluso en la ciudad, los puestos como aquel normalmente solo abrían por las mañanas.

Miró alrededor. Apenas se veía a nadie por la calle y solo pasaba algún coche de vez en cuando.

—Algo así. La signora Perlucci lleva cuarenta años con este puesto.

Es amiga de mi abuela. La familia elabora sus propios embutidos y también regenta una carnicería en el Lido.

Además, cultivan parte de la fruta. Para el resto, cuentan con proveedores de confianza de los pueblos de los alrededores, y esas relaciones comerciales son tan antiguas como la propia signora Perlucci.

La calidad es insuperable. Y suele tener abierto hasta por la tarde, con una buena selección incluso a esas horas.

Se acercó al puesto, donde una anciana lo recibió con afecto.

Bianca se maravilló ante el inmenso surtido de melocotones, albaricoques, ciruelas, frutos del bosque, tomates, calabacines, berenjenas y otros productos frescos.

Los melocotones eran grandes como puños, las berenjenas lucían un intenso color morado y las frambuesas despedían un aroma tan penetrante que se le hizo la boca agua.

Amadeo compró dos bolsas llenas de delicias y luego señaló con la cabeza la furgoneta blanca aparcada junto al puesto.

—Elige uno —le dijo a Bianca.

Ella lo miró desconcertada. —¿Una… furgoneta?

Él sonrió y volvió a señalarla. —Mira en la parte de atrás.

Bianca se acercó a la furgoneta y vio ramos de lavanda y ramas de olivo colgados en el oscuro compartimento de carga.

Miró por encima del hombro y advirtió que Amadeo la observaba.

Las mejillas empezaron a arderle y se sintió como una niña la mañana de Navidad, aunque no habría sabido explicar muy bien por qué.

Solo son unas flores sencillas…

Pero era precisamente eso lo que tanta alegría le producía. La sencillez del gesto, que revelaba tal ternura que el corazón de Bianca se inundó de calidez. Él le había prometido un ramo de lavanda. Y ahora estaban allí, empeñado en cumplir su promesa.

Con el corazón desbocado, Bianca subió a la furgoneta y cogió un ramo de delicadas flores de lavanda. Se lo acercó a la nariz y aspiró su embriagador aroma. Abrazándolo contra el pecho, regresó al puesto y le dedicó a Amadeo una sonrisa radiante.

—Gracias —dijo.

—Ha sido un placer —respondió él.

Subieron al coche. Amadeo se echó a reír.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Estoy sentado en un coche que lleva tu cara. Resulta desconcertante, por decirlo suavemente.

Ella resopló. —¿Cómo crees que me siento yo ?

—No tengo ni idea. ¿Por qué lo conduces?

Se encogió de hombros. —Es una larga historia.

—¿De verdad es larga? ¿O solo es vergonzosa?

Ella sonrió. —Lo segundo.

—De acuerdo. —Señaló el volante, dando a entender que no insistiría más.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella.

—Conozco un rinconcito encantador…

La guio de vuelta hacia Camaiore y, al cabo de un rato, Bianca reconoció el lugar. Avanzaban por una pista agrícola en dirección a la casa de Constanza.

— Este rinconcito encantador también lo conozco yo —dijo Bianca entre risas.

—Tú espera —dijo Amadeo.

Cogió las bolsas de comida, entró en la cocina de Constanza, guardó platos, servilletas y cuchillos y luego señaló el sendero que conducía al viejo molino.

Ella siguió a Amadeo hasta el antiguo molino.

En la parte trasera había un largo balcón en la planta superior.

Debajo, una pequeña puerta de madera se abría en el muro de piedra.

Amadeo le entregó las bolsas a Bianca, sacó la llave de su casa y abrió la puerta.

Bianca lo siguió por una estrecha y oscura escalera de piedra, hasta que llegaron ante otra puerta cerrada que daba al balcón. Amadeo también tenía llave de aquella.

—¿Eres el carcelero de este sitio? —preguntó ella entre risas.

Amadeo sonrió. —Yo también ayudaba de vez en cuando a mi abuela en la librería, hasta que…

—Se interrumpió un instante y añadió—: …

por aquel entonces. —Bianca le dirigió una mirada inquisitiva, pero él se limitó a abrir la puerta y prosiguió—: Llegado un momento, me entregó todas las llaves de repuesto por si alguna vez le ocurría algo.

Salieron al exterior. El balcón estaba en sombra, pues el sol se ponía al otro lado de la propiedad.

Bianca consultó el reloj. Era el comienzo de la tarde.

Dejó las bolsas en el suelo y se apoyó en el muro de piedra, que le llegaba hasta el pecho y rodeaba el balcón.

A ambos lados se alzaban robles de gran altura que proporcionaban sombra y frescor, mientras que ante ella se abría un claro lleno de color.

Allí donde la luz del sol poniente tocaba el prado, las briznas de hierba resplandecían como el oro.

—Es un lugar precioso —dijo.

—Aún no has visto nada —respondió Amadeo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella.

—Tú espera. —Desplegó dos sillas y las colocó contra la pared de la casa. Entre ambas puso un tocón que hacía las veces de mesa. Ella le entregó las bolsas y, en cuestión de minutos, él había improvisado un pequeño bufé de pícnic.

Bianca sonrió. —Estoy impresionada.

—¿Por mis dotes culinarias?

—Por tu talento para improvisar.

—Sí, se me da bastante bien.

Bianca cogió un puñado de frambuesas y se las fue metiendo en la boca una a una. —Bien, cuéntamelo.

—Qué pena. Pensaba que mi pequeño recorrido por mi Camaiore te habría cautivado tanto como para hacerte olvidar lo ocurrido.

—Ni hablar.

Amadeo suspiró. —Está bien. ¿Qué quieres saber?

Ella se volvió hacia él y lo observó durante unos instantes. Si le molestaba que lo examinara con tanta atención, no dio muestras de ello. Con movimientos pausados, cortó un melocotón en gajos y se llevó uno a la boca.

—Todo —dijo ella en voz baja—. Creo que quiero saberlo todo sobre ti.

Él levantó la vista, sorprendido por un instante, y después sonrió con dulzura. —De acuerdo. Veamos… Mis padres son bastante anticuados. No creen demasiado en los conceptos de la vida moderna.

—¿Los conceptos de la vida moderna? —Bianca se rio.

—Los teléfonos móviles, los ordenadores, estar soltero, la libertad de darle a tu vida la forma que quieras, cosas así.

—No había amargura en su voz mientras hablaba.

Más bien sonaba cariñoso—. Tuve novia —continuó.

Bianca escuchaba con atención—. Mi amor de la infancia, supongo.

Estuvimos juntos unos años. Mis padres prácticamente ya habían organizado la boda.

Lo habían planeado todo. Para ellos era normal.

Hicieron lo mismo con mi hermano mayor y supongo que él estaba bastante contento con ello.

Es feliz con su vida. Pero yo… —Hizo una breve pausa.

Bianca lo observó y advirtió que meditaba cómo describir lo que sucedía en su interior—.

No creo que se pueda planificar la vida.

—La miró y luego sonrió con timidez—. En fin, ella murió —dijo con rapidez.

Bianca se estremeció. Estaba a punto de llevarse a la boca un gajo de melocotón, pero se le cayó de la mano.

Quería decir algo, lo que fuera, pero no se le ocurrió nada apropiado.

Se le cerró la garganta y se apresuró a recoger el melocotón y soplarlo, solo por tener algo que hacer aparte de quedarse mirando a Amadeo con muda incredulidad.

—No pasa nada —dijo él—. Fue hace mucho tiempo.

Quince años. Yo tenía veinte y acababa de empezar la universidad en Lucca.

No estaba aquí cuando ocurrió. Un accidente de coche.

Conducía demasiado deprisa, no vio un ciervo y…

ocurrió sin más. Todos estábamos de duelo, por supuesto.

Mis padres quedaron destrozados. Mi madre estuvo a punto de obligarme a volver de la universidad, pero mi padre se opuso.

Lo que ninguno de los dos sabía era que nosotros ya estábamos a punto de romper de todos modos…

Se aclaró la garganta. Después añadió con rapidez: —No me malinterpretes; perderla fue horrible.

Desgarrador. Perdí a alguien muy importante para mí.

Pero no era el amor de mi vida. Ambas cosas son dolorosas, aunque creo que perder demasiado pronto al amor de tu vida sería…

Creo que algo así puede matarte por dentro.

Y mis padres también lo pensaban. Todavía lo piensan.

Creen que no he encontrado a nadie porque sigo llorándola, pero no es verdad.

Y tampoco quieren escucharme. Ellos… —Se interrumpió.

Bianca asintió despacio. No podía decir nada que sirviera de ayuda.

Nada podía ofrecer consuelo por la muerte de alguien importante.

Aunque hubieran pasado quince años. Sobre eso no podía decir nada.

Pero quería que Amadeo entendiese que ella sabía perfectamente lo que era tener unos padres así.

Creía comprender lo que sucedía allí. —Y…

¿ahí es donde entra Clara? —preguntó con vacilación.

Amadeo resopló. —Clara. Giulia. Emma. Cada cierto tiempo, una mujer de mi edad aparece casualmente en una cena informal.

Te juro que parece sacado de una película mala.

Clara y yo fuimos juntos a primaria. Al parecer, eso la convierte en la candidata perfecta para casarse conmigo.

—Amadeo se echó a reír, negó con la cabeza y la miró con incredulidad—. ¿Te lo puedes creer?

Ella arqueó las cejas. —¿Sinceramente? Sí.

Él pareció sorprendido. —¿Cómo es eso?

—No creo que mis padres sean tan distintos.

—¿Tu exprometido…?

Bianca reflexionó un momento. —Bueno, si quieres verlo así… Lo conocí en una de las fiestas de empresa de mis padres. Es muy posible que no fuera una coincidencia. No es que aprobaran precisamente mis anteriores elecciones en cuanto a hombres…

—¡Ah, cuéntame más! —Él sonrió.

—Ni hablar. Mejor háblame tú de Emma, Giulia y Clara…

Él se rio. —No hay mucho que contar. Clara es agradable. Abogada. No es mi tipo.

Bianca lo miró con interés. —¿Abogada, eh? ¿Como tú?

Una leve sonrisa asomó a los labios de Amadeo. Cogió una aceituna y se la llevó a la boca. —No soy abogado —dijo después de tragar—. Nunca me presenté al examen de habilitación.

—Pero estudiaste Derecho.

Él la miró. —A Nonna le gusta cotillear, ¿verdad?

—En realidad, no hablamos de ti, solo fue… Bueno, una conversación intrascendente.

—Ah.

Durante unos instantes, guardaron silencio.

Ella quería saber qué sucedía en su interior.

Había tantas cosas que deseaba preguntarle…

Se dio cuenta de hasta qué punto la intrigaba aquel hombre.

No era que se mostrase misterioso de manera deliberada.

Al contrario, Amadeo parecía no considerarse especialmente importante.

Como si las cosas por las que los demás lo definían carecieran por completo de sentido para él.

Eso era lo que fascinaba a Bianca. Eso era lo que quería comprender.

Sin embargo, intuía que Amadeo no era de los que respondían a preguntas indiscretas.

Tenía que ser él quien quisiera contárselo.

Pero siguió en silencio, con la cabeza apoyada en la pared de la casa y la mirada vuelta hacia arriba.

Ella lo observó, deteniéndose en su perfil, su nariz recta, sus pómulos altos, su barbilla ligeramente puntiaguda y aquellos rizos rebeldes que se negaban a dejarse dominar. Quería tocarlos, apartarle el pelo detrás de la oreja y susurrarle algo.

Te entiendo. Veo quién eres. Cuéntame más.

Pero vaciló y apartó la mirada. Sus ojos se posaron en el pequeño pícnic que él había preparado con tanto esmero. Era perfecto.

Más perfecto que unas rosas de tallo largo. Más perfecto que unos diamantes enormes.

—Está empezando, Belle —dijo él de repente.

Ella le dirigió una mirada interrogante. Él seguía mirando hacia arriba e indicó con un dedo que hiciera lo mismo. Bianca obedeció y abrió mucho los ojos.

—¡Guau! —exclamó sin aliento.

Sobre ella se había desplegado un dosel de estrellas centelleantes. Ni siquiera se había dado cuenta de que había caído la noche, tan absorta estaba en sus pensamientos y en la historia de Amadeo.

No había prestado atención al mundo que la rodeaba.

Y ahora había desaparecido. Todo estaba envuelto en una oscuridad negra y aterciopelada.

Los árboles, el prado de flores silvestres, el suelo bajo sus pies.

No había ninguna luz en aquel lado de la casa.

Solo un mar de estrellas que centelleaban con mayor belleza de la que jamás podría poseer un diamante.

Inspiró, se recostó y permitió que la magia la envolviera. Entonces lo recordó y no pudo contenerse. Sin apartar la vista del cielo nocturno, dijo en voz baja: —Háblame del jardín de cuento de hadas.

Él no respondió de inmediato. Estaban sentados uno junto al otro, a apenas medio metro de distancia.

Sin embargo, ni se tocaban ni se miraban.

Ella sabía que la había oído. Notaba que estaba pensando.

Al cabo de un rato, percibió un movimiento.

Y, de pronto, la mano de él descansaba sobre la suya.

Bianca lo miró, pero sus ojos seguían fijos en las estrellas.

—De acuerdo —dijo en voz baja—. Pero ahora no.

—¿Ahora no?

—Ahora no. Es… complicado.