Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) Capítulo 19
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Capítulo 19

Habían permanecido sentados bajo el resplandeciente cielo nocturno hasta casi medianoche. En algún momento, Bianca había bostezado y Amadeo se había dado cuenta.

—Supongo que debería llevarte a casa —había dicho él entre risas, mientras lo recogía todo antes de acompañarla de vuelta a casa de su abuela.

—Supongo que debería llevarte a casa a ti —había respondido Bianca, recordando que habían ido hasta allí en su coche.

—No, no pasa nada. Cogeré el coche de Nonna .

Y así se habían quedado allí de pie, mientras ella solo era consciente de los violentos latidos de su corazón.

¿Vas a besarme?

La pregunta había resonado a gritos en su interior, con tanta fuerza que Bianca estaba segura de que Amadeo la oiría. Pero no fue así. Él se limitó a sonreír. Le dio las gracias por aquella velada tan agradable. Y después, de forma casi imperceptible, había negado con la cabeza.

No, todavía no. Esperaremos un poco más.

Eso era lo que le habían dicho sus ojos.

¿No? ¿O acaso se lo había imaginado? Había pasado media noche y toda la mañana pensando en ello, hasta que Constanza había salido a la terraza y le había preguntado si quería ayudar en la librería.

Bianca había aceptado de inmediato. Necesitaba distraerse.

Además, siempre se sentía a gusto trabajando junto a Constanza en la librería.

Era como si una suave manta la envolviera y le ofreciese calor y protección.

Sí, distraerse le venía bien, sobre todo porque Amadeo y ella no habían hecho ningún plan; ni siquiera se habían intercambiado aún los números de teléfono.

De todos modos, por el momento habría sido inútil, porque el móvil de Bianca seguía apagado en el cajón de su mesilla de noche.

Seguía sin sentir el menor deseo de regresar a su antigua vida, seguía sin querer saber quién había intentado ponerse en contacto con ella, cuándo ni cuántas veces.

Sabía que aquello era infantil y egoísta.

Pero hasta entonces había pasado toda su vida viviendo únicamente para los demás: para su familia.

¡Tenía derecho a ser infantil y egoísta por una vez, aunque solo fuese durante un tiempo!

Y aquella estancia en Camaiore le estaba sentando bien al alma; Bianca podía sentirlo.

No, aún no estaba preparada para renunciar a aquello y volver a la vida cotidiana.

Miró por encima del hombro a Constanza, que estaba junto al mostrador charlando y riendo con una señora mayor. Una oleada de cariño la invadió, y se sintió tan unida a aquella mujer y a aquella librería como si fueran su familia.

¿Cómo puede ser?

Era como si estuviera dentro de su propio sueño, contemplando una versión de sí misma cuarenta años en el futuro.

Solo que, hasta entonces, ni siquiera sabía que aquel sueño existía.

Paseó la mirada por las estanterías que llegaban del suelo al techo, por la madera oscura y aromática con la que parecía haberse construido toda la estancia, por los discretos toques de color distribuidos con buen gusto en las paredes, las lámparas y las tapicerías, las pequeñas guirnaldas de alegres luces.

Aquello era el País de las Maravillas, y ella era Alicia.

Bella … Alicia… Negó con la cabeza. Déjalo ya.

La vida no era un cuento de hadas ni una película de Disney, y la realidad no era Hollywood.

Así que no quería seguir recreándose en aquel sueño.

Estaba allí de vacaciones, nada más. Tarde o temprano, la vida real se reanudaría.

Su familia. La empresa. Las obligaciones que ambas conllevaban.

No tenía sentido soñar con cosas que no encajaban en su vida.

Ya no era una adolescente. Tenía un trabajo en una próspera empresa familiar, tenía su papel, tenía una vida plena a la que algún día tendría que regresar.

Pero ahora no. Hoy no. No tan pronto.

La puerta de la librería se abrió y Amadeo entró. Una sonrisa se dibujó de inmediato en sus labios, y ella lo saludó con la mano. Aunque la noche anterior no habían hecho más planes, no le sorprendió que hubiera aparecido aquel día. Era como si hubiesen llegado a un acuerdo tácito.

Ahora no. Es… complicado.

Cruzó la librería hacia él, pero aminoró el paso cuando vio que Constanza los observaba alternativamente con interés. Se detuvo, insegura, sin saber qué decir.

—Me gustaría secuestrar a tu ayudante —estaba diciendo Amadeo—. Te prometo que te la devolveré de una pieza.

—Eso espero —dijo Constanza, sonriendo a Bianca.

Bianca quiso explicar que no era una ayudante, sino una invitada, y que en realidad ni siquiera pertenecía a aquel lugar, pero lo único que salió de sus labios fue: —Hoy podrás arreglártelas sin mí, ¿verdad?

—Por supuesto. Llevo bastante tiempo ocupándome sola de mi librería. Miró a su nieto. —¿Qué planes tenéis vosotros dos?

Amadeo adoptó un tono conspirador. —Voy a enseñárselo.

—¡Ah! —La mirada de Constanza se desplazó hacia Bianca—. Bueno, eso es bastante…

Bianca miró interrogante de Constanza a Amadeo, pero los dos se limitaron a intercambiar sonrisas cómplices y no dijeron nada.

Entonces Amadeo besó a su abuela en la mejilla e indicó a Bianca que lo siguiera.

Salieron, y Bianca se echó a reír al ver el pequeño Fiat rojo aparcado junto a su enorme y ostentoso todoterreno.

—¿Qué pasa? —preguntó Amadeo, siguiendo su mirada y mostrándose avergonzado al instante—. No tenemos por qué ir en mi…

Bianca se apresuró a tomarlo del antebrazo y se lo apretó con suavidad. —No, no me río porque… Me río porque lo reconozco. El coche. Es de tu padre, ¿verdad?

—Mi padre tiene uno igual, sí. Amadeo la miró con escepticismo.

Ella sonrió a modo de disculpa. —No me estaba riendo de tu coche, de verdad. Es solo que… —Señaló ampliamente los dos coches—. Esta imagen lo resume todo bastante bien.

—¿El qué? —preguntó Amadeo, sorprendido.

—Todo. Mi vida. Vamos. Cogeremos tu Fiat.

Se acomodó en el asiento del acompañante, miró por la ventanilla hacia su todoterreno e hizo una mueca al ver reflejada en él su propia sonrisa de oreja a oreja. —Odio ese coche —murmuró.

Amadeo se rio. —Eso dice mucho a tu favor.

Ella se volvió hacia él. —Gracias. ¿Adónde vamos?

Él le guiñó un ojo y arrancó el motor. El Fiat de Amadeo era tan pequeño y anticuado como el de su padre, pero estaba claramente mejor cuidado, porque avanzaba bastante más deprisa que una persona andando.

Bianca se recostó en el asiento, bajó la ventanilla, apoyó las rodillas contra la guantera y disfrutó del aire caliente que le acariciaba la piel.

Condujeron unos diez minutos por las interminables colinas cubiertas de viñedos que se extendían tras la propiedad de Constanza, pasando junto al viejo molino, las arboledas, los cipreses y los prados de flores silvestres.

Tras el breve trayecto, se detuvieron delante de una casita de piedra de una sola planta situada justo al borde de la carretera, flanqueada por altos muros que impedían ver la propiedad que había detrás.

Bianca se apeó y caminó hacia la puerta.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—En casa de Gustavo —respondió Amadeo, sacando una llave del bolsillo del pantalón y abriendo la puerta.

—¿Y quién es Gustavo?

—Te lo presentaré. Vamos.

Entraron en la casita. Parecía bastante descuidada y solitaria. Bianca no podía imaginar que viviera nadie allí. Todo estaba limpio y resultaba acogedor, pero los muebles parecían viejos y sombríos, como si nadie se hubiera ocupado de ellos en décadas.

—Este es Gustavo —dijo Amadeo.

Bianca miró a su alrededor. Allí no había nadie.

Dirigió una mirada interrogante a Amadeo, y él señaló la pared que tenían al lado.

Bianca volvió la cabeza y vio el retrato.

Era un óleo de un hombre de mediana edad y aspecto afable que sonreía con orgullo.

Había varias velas sobre una cómoda bajo el cuadro.

Amadeo cogió la caja de cerillas que había junto a ellas y encendió las velas.

—Este es Gustavo —dijo—. Gini lo pintó cuando tenía dieciocho años.

—¿Gini? —preguntó Bianca.

—Gini, mi amor de la infancia, que falleció.

Tenía mucho talento artístico. Vivía en su propio mundo lleno de color, y Gustavo, su padre, la animaba muchísimo.

Era padre soltero. Le pidió que pintara el retrato.

Es precioso, ¿verdad? Este año habría cumplido sesenta y seis.

Por desgracia, él también murió demasiado joven.

Bianca se acercó y estudió el cuadro. No sabía nada de arte, pero, para sus ojos inexpertos, la pintura parecía magistral. —Así que ¿era algo parecido a un suegro para ti?

—Era mucho más que eso —dijo Amadeo.

Sonaba pensativo. Ella se volvió hacia él.

Tenía la mirada fija en el cuadro. —Era profesor.

Me animó muchísimo. Yo no era muy buen estudiante.

—Soltó una breve carcajada—. Por desgracia, no me animó con las asignaturas que mis padres consideraban importantes.

Él y mi padre discutían continuamente. Papá decidió muy pronto que yo tenía que estudiar Derecho, y Gustavo intentó convencerlo de que tenía otros intereses.

Los dos son unos viejos tercos. —Una comisura de sus labios se alzó en una sonrisa torcida—. Eran, supongo…, en el caso de Gustavo.

Bianca se acercó a Amadeo y le cogió la mano. Quería decirle hasta qué punto lo comprendía. Lo bien que sabía lo que era querer cumplir a toda costa las expectativas de los padres.

No tener elección…