Capítulo 17
U nos días después, Bianca volvió al hotel en coche. Se dijo que quería visitar a su tía, y era verdad. Pero también era cierto que no podía dejar de pensar en Amadeo. Y en lo que Constanza le había dicho sobre él.
Es alguien especial.
Es complicado.
No tenía muy claro qué debía hacer o decir cuando lo viera. Si es que lo veía. La idea de que quizá ni siquiera estuviera allí le produjo una punzada de decepción.
Por el amor de Dios, ¿cuántos años tienes? ¿Catorce?
Suspiró, se detuvo junto a una de las ventanas laterales del hotel, se alisó el pelo y se enfadó consigo misma.
Después dobló la esquina y lo vio enseguida.
Él y Pepe estaban cavando un parterre junto al sendero.
Amadeo levantó la cabeza, sus miradas se encontraron y, como si hubieran dado una señal, el corazón de Bianca comenzó a latir más deprisa.
Ella lo saludó con la mano y él respondió con un gesto de la cabeza.
Pepe se volvió y murmuró algo. Bianca se acercó despacio a ellos.
—Hola —dijo, sonriéndole a Amadeo.
— Ciao .
—¿Qué tal va todo?
—Más o menos tan bien como fluye el agua congelada —respondió Pepe, señalando el agujero con aspavientos—. Hay muchísimas raíces y una especie de tubería que nadie sabe decirme adónde va ni para qué sirve.
Bianca asintió e intentó poner cara de comprensión.
—Así que estás viviendo con mi madre, ¿no? —preguntó él, observando a Bianca con ojo crítico.
—Eh … sí.
—Nunca me gustó.
—¿El qué? —preguntó Bianca, sobresaltada.
—Que alquilara la planta de arriba.
—Eh … ¿perdona? —Bianca miró a Amadeo, confusa. Él se encogió de hombros y se echó a reír—. Pero en casa de Constanza se está de maravilla.
—Ya lo sé. Crecí allí.
—Bien por ti.
Las pobladas cejas de Pepe se juntaron. —Así que una boda que no llegó a celebrarse, ¿eh?
—¡Papá! —le espetó Amadeo.
Él lo miró con inocencia. —¿Qué? Digo yo que podré preguntar.
—No, no puedes —replicó Amadeo.
—No … pasa nada —intervino Bianca.
—Sí que pasa —le dijo Amadeo a su padre con severidad.
—Ella dice que no pasa nada —respondió Pepe. Volvió a mirar a Bianca—. Mi mujer y yo llevamos casados más de cuarenta años.
—Enhorabuena —dijo Bianca con una sonrisa.
—Es maravilloso tener una relación estable.
Un matrimonio feliz. Una familia, una casa, un jardín…
—Amadeo puso los ojos en blanco, y Bianca tuvo la clara impresión de que aquellas palabras no iban dirigidas a ella.
Como nadie dijo nada, Pepe retomó la palabra—. Mi madre, Constanza, y mi padre eran…
—Vaaale, papá, ya hemos captado la idea —lo interrumpió Amadeo.
—Solo digo que… ¡Oh, mira! —Pepe le dio a Amadeo un codazo en las costillas—. Clara.
—¿Clara? —Amadeo miró alrededor frenéticamente.
Bianca siguió su mirada. Vio a una joven que se acercaba desde el aparcamiento. Tenía un rostro bonito y redondo y el pelo negro, largo y liso. Vestía un sobrio traje gris oscuro y llevaba un maletín. Al ver a Amadeo, se le iluminó la cara.
Ah , pensó Bianca. Así que esta debía de ser la mujer de aquella cena con los padres…
—¿Qué hace aquí? —oyó Bianca susurrar a Amadeo, y se volvió hacia él con curiosidad.
¿Qué está pasando aquí?
—Probablemente haya venido por trabajo —dijo Pepe.
—Últimamente viene por trabajo con bastante frecuencia. Qué casualidad… —murmuró Amadeo.
—Compórtate. Clara es una mujer encantadora.
Amadeo suspiró y lanzó a Bianca una mirada suplicante.
Bianca miró de Amadeo a Pepe y luego otra vez a Amadeo.
No tenía ni idea de qué estaba pasando, pero, en primer lugar, era divertido y, en segundo, resultaba evidente que Amadeo se sentía tremendamente incómodo.
Oyó a su espalda el fuerte repiqueteo de unos tacones y, sin pensárselo demasiado, buscó la mano de Amadeo.
Él abrió mucho los ojos, sorprendido. Bianca se volvió y se colocó justo a su lado.
Clara estaba a punto de saludarlos cuando su mirada se posó en sus dedos entrelazados. Apretó los labios.
— Buongiorno , Clara —dijo Pepe, saludándola educadamente con la cabeza. No se había percatado de lo que ocurría a su lado.
— Buongiorno —respondió Clara, apartando la vista de las manos entrelazadas de Amadeo y Bianca y centrando su atención en Pepe—. ¿Cómo… está? —Su mirada volvió fugazmente hacia Amadeo.
—Bien —dijo él.
—Bien —dijo también Pepe.
Nadie dijo nada más y, poco a poco, la tensión se volvió palpable. —Tenemos que irnos, cariño —se oyó decir Bianca de pronto.
Amadeo y Pepe se volvieron bruscamente. Pepe miró a Bianca como si acabara de materializarse de la nada.
—Eh … sí —dijo Amadeo—. Bueno, pues…
Se alejaron a toda prisa. Los dedos de Amadeo aferraban con firmeza la mano de Bianca. Caminaron deprisa y en silencio hasta el aparcamiento, subieron al coche, se miraron y rompieron a reír.