Capítulo 16
Cuando Constanza cerró la tienda aquella tarde, Bianca la siguió hasta la cocina.
Como si fuera lo más natural del mundo, Constanza le pidió que sacara unos cuantos ingredientes de la despensa y, apenas diez minutos después, Bianca se había puesto un delantal y estaba ante la isla de la cocina, cortando por la mitad unos tersos tomates en rama de un rojo intenso.
—He pensado que hoy podríamos preparar algo ligero —dijo Constanza con naturalidad mientras colocaba una cacerola grande al fuego y añadía aceite de oliva y romero fresco—. Te gusta el atún, ¿verdad?
—Sí, por supuesto.
—Voy a preparar un plato de pasta veraniego muy sencillo. A los niños siempre les encantaba.
—¿Los niños? ¿Amadeo?
Constanza levantó la vista, sonrió y volvió a concentrarse en la cacerola. —¿Puedes picar el ajo? Está ahí.
Bianca hizo lo que le pedía y se lo llevó a Constanza.
—A la cacerola —le indicó. Después lo removió unas cuantas veces y pidió a Bianca que trajera los tomates y los añadiera también.
Dejó que todo se cocinara a fuego lento unos instantes y luego desglasó la cacerola con vino blanco.
Crepitó y desprendió aromas de verano, mar y Toscana.
El corazón de Bianca dio un pequeño vuelco y ella suspiró. —Se está de maravilla aquí contigo.
— Grazie .
Bianca observó cómo Constanza deshuesaba las aceitunas con destreza y las echaba en la cacerola, añadía un poco de salmuera y lo sazonaba todo con una guindilla fresca picada muy fina.
—Lo dejaremos cocer a fuego lento algo menos de media hora.
El atún se añade justo al final. ¿Te apetece un aperitivo ?
—Me encantaría.
—¿Bebes Negroni ?
—¡Por supuesto!
Constanza asintió satisfecha, como si aquella fuera la única respuesta correcta a su pregunta. —Es mi bebida favorita. La combinación perfecta. Tre-tre-tre.
Bianca la miró sin comprender.
—Tres centilitros de Campari, tres centilitros de vermú y tres centilitros de Spumante. Ven, te enseñaré.
Constanza cogió las botellas de un estante de la despensa, mezcló los ingredientes en una jarra medidora, llenó dos vasos de cristal con cubitos de hielo y vertió la mezcla.
Después cogió una naranja grande, cortó dos rodajas y las introdujo entre los cubitos.
—Vamos fuera. El sol está a punto de ponerse.
Bianca la siguió y se sentó junto a su casera. Era la primera vez que se sentaban así en la terraza, con la perspectiva de compartir una comida. Bianca miró de soslayo a Constanza. Estaba sentada en su silla con una leve sonrisa, contemplando cómo se ocultaba el sol.
—Gracias —dijo Bianca.
—¿Por qué? —preguntó Constanza.
—Por estar pendiente de mí, como le dijiste a mi tía que harías.
Constanza asintió brevemente, pero no dijo nada.
—Por cuidarme y obligarme a encontrar algo con lo que mantenerme ocupada.
Constanza la miró entonces. —Yo no obligo a nadie a hacer nada, Signorina. Sonrió con perspicacia mientras hablaba.
—Si tú lo dices. ¿Cómo lo supiste?
—¿El qué?
—Que me encantan los libros.
Constanza volvió la mirada hacia la puesta de sol.
—Supongo que, a medida que te haces mayor, desarrollas cierta intuición para conocer a la gente.
Pero no fue solo eso. Lo vi en tus ojos cuando te enseñé la tienda por primera vez.
Había en ellos una especie de magia que, por desgracia, ya no suele verse a menudo en los adultos.
Siempre aparece algo que se interpone y te hace perder al niño que llevas dentro.
Aprendes a ser responsable, a cumplir con tus obligaciones, a pagar las facturas.
Y olvidas cómo escuchar a tu niño interior.
—¿Por eso sigues llevando la tienda?
—Creo que sí. Quizá solo quiera ofrecer a la gente un lugar donde pueda olvidarse durante unos instantes de la vida cotidiana.
—Es precioso. A mí... a mí me ayudó.
—Me alegro. Cuando llegaste parecías muy perdida.
Aquello resumía su estado con bastante precisión. ¿Cuánto tiempo hacía que conocía a Constanza? ¿Apenas una semana? Y, sin embargo, aquella mujer la hacía sentir como si de verdad la conociera.
—Y bien, ¿Amadeo? —preguntó Constanza de la nada.
Bianca dio un respingo. —¿Perdona?
—Has preguntado por Amadeo.
—¡No es verdad!
—Sí, antes. Cuando yo...
—Yo no he preguntado por él. Solo era... charla de cortesía.
Constanza la miró de reojo. —Mmm —murmuró. Aquella sonrisa perspicaz había vuelto a aparecer en sus labios.
—Es simpático —dijo Bianca.
—Es especial.
—¿Ah, sí? A pesar de sí misma, Bianca aguzó el oído. Esperaba que Constanza continuara, pero la mujer no le hizo ese favor.
Bianca trató de concentrarse en la puesta de sol, pero no podía dejar el comentario de Constanza flotando en el aire sin averiguar qué había querido decir.
—¿Le gusta trabajar en el hotel? —preguntó con toda la naturalidad de la que fue capaz. No se le ocurrió nada mejor.
—No —respondió Constanza sin rodeos—. Lo más mínimo.
—Entonces, ¿por qué lo hace? ¿De verdad es jardinero?
—No. Es abogado.
Bianca volvió la cabeza de golpe. Miró fijamente a la anciana como si acabara de anunciarle que Amadeo era la viva encarnación del aprendiz de brujo. —¿Que es... qué?
Constanza la miró sorprendida. —Es abogado —repitió—.
Como su hermano mayor. Mi hijo Pepe está muy, muy orgulloso de haber costeado los estudios de sus dos hijos, incluida la universidad.
Él trabaja en un oficio manual. Nosotros...
no podíamos permitírnoslo, me temo. Pagar una educación mejor a nuestros hijos, quiero decir.
Mi difunto marido y yo éramos gente sencilla.
—Ya veo... —dijo Bianca pensativa—. Pero... Se interrumpió y Constanza la miró con curiosidad. —Nada. No quería entrometerse. Y desde luego tampoco quería que Constanza pensara que le interesaba Amadeo.
¡No me interesa! Esto es charla de cortesía, nada más.
Pensó en el jardín de cuento de hadas que Lorella había mencionado.
Y en la forma en que Amadeo desempeñaba su trabajo en el hotel.
Con precisión y destreza, seguro de cada movimiento.
Bianca nunca había dudado de que Amadeo ejercía el mismo oficio que su padre.
Cuidaba los parterres, conocía todas las variedades, arrancaba malas hierbas, podaba y cavaba como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida.
—Es complicado —dijo Constanza en medio del crepúsculo, como si pudiera oír los pensamientos de Bianca.
Bianca la miró. —¿Qué quieres decir?
Constanza negó con la cabeza. —Nada. Eso es todo. Es... complicado.