Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) Capítulo 15
54%

Capítulo 15

Bianca estaba sentada en la terraza contigua a la cocina de Constanza, disfrutando del cargado café matutino, cuando su casera asomó la cabeza por la ventana y le pidió que la ayudara un momento. Bianca apuró el café de un trago y entró.

—La librería abre a las doce —dijo Constanza sin más preámbulos.

—¿Sí?

—¿Podrías ayudarme un momento?

—Yo … esto… —Bianca miró alrededor de la cocina, buscando una excusa sin saber muy bien por qué.

No es que le gustara interpretar el papel de mujer traicionada que se quedaba sentada, abatida y sumida en sus pensamientos.

Al principio se había dicho que necesitaba paz y tranquilidad.

Distancia y tiempo a solas. Y quizá había sido así.

Pero no tardó en empezar a sentirse mucho mejor.

Ahora se sentía desorientada e inquieta.

Porque, a decir verdad, sencillamente no sabía qué hacer a continuación.

Constanza no esperó respuesta, sino que señaló dos paquetes que, según supuso Bianca, estaban llenos de libros nuevos. —¿Podrías llevármelos?

—Sí. Claro.

—Y trae también los libros que te trajo Amadeo ayer. Gracias.

Constanza cogió su bastón y desapareció antes de que Bianca pudiera decir nada.

—Bueno, pues vale —murmuró mientras recogía uno de los dos pesados paquetes y lo llevaba a la librería.

Luego volvió, fue a buscar a su habitación de arriba la bolsa con los demás libros, se la colgó del hombro y cogió el segundo paquete de la cocina.

Cargada hasta los topes, cruzó la pequeña colina y entró en la librería—.

¿Dónde los pongo? —preguntó a Constanza, que estaba detrás del mostrador revisando una especie de lista.

La anciana hizo un gesto vago hacia el rincón de lectura, y Bianca dejó allí los libros.

Antes de que pudiera plantearse si ofrecer a Constanza más ayuda, la otra mujer le dijo desde el otro extremo de la tienda: —Las tijeras están en el estante que hay junto a la entrada del almacén.

Todos los libros son reposiciones. Seguro que te las apañas.

Bianca vaciló un momento. La invitación a seguir ayudando no podía haber sido menos sutil, pero ¿qué otra cosa tenía que hacer? Se encogió de hombros y se resignó a su suerte.

Resultó que, en efecto, no tardó en cogerle el tranquillo. Notaba que Constanza la observaba de vez en cuando e intentó ignorarlo. Justo cuando colocaba el último libro en el estante, Constanza apareció detrás de ella. Bianca dio un respingo.

—Gracias por ayudarme —dijo Constanza.

—Ha sido un placer. Ya he terminado. Si tú…

—¿Has tenido ocasión de echar un vistazo a los libros nuevos? A los que te trajo Amadeo.

—Esto … no, la verdad.

—Podrías mirarlos ahora…

Bianca frunció los labios y miró por encima del hombro hacia el rincón de lectura.

¿Por qué no?

—De acuerdo.

—Bien. Estaré delante si necesitas algo. Los primeros clientes no tardarán en llegar.

Y Constanza demostró tener razón. Poco después del mediodía, una madre joven entró en la tienda con sus dos hijas. Saludó a Constanza con dos besos y se puso a charlar con ella. Las dos niñas recorrieron la tienda a la carrera y enseguida se sentaron junto a Bianca.

—Hola —dijo la mayor.

Bianca bajó el libro que estaba hojeando. —Hola —respondió.

—¿Qué estás leyendo?

Bianca cerró el libro y leyó el título en voz alta. — El velo blanco .

—¿Está bien?

Bianca sonrió. —¿Sinceramente? No.

—¿Conoces algún libro bueno?

—Mmm, tendré que pensarlo. No soy tan experta como Constanza, ¿sabes?

—¿Qué te gustaba leer cuando eras pequeña?

La niña más pequeña la contemplaba con curiosidad y los ojos muy abiertos.

Bianca se quedó pensativa unos instantes.

Tal vez no fuera más que una pausa dramática destinada a mantener en vilo a la pequeña curiosa.

Sabía perfectamente qué libros habían marcado su infancia.

—Verás, mi nonna solía leerme muchos cuentos.

Siempre conocía las mejores historias y probablemente fue la principal razón por la que me convertí en una ratona de biblioteca.

—¿Qué clase de historias?

—Mmm… —Bianca le guiñó un ojo, se levantó y se acercó a la estantería que ocupaba toda la pared de enfrente del rincón de lectura, donde estaban los álbumes ilustrados y los cuentos de hadas. Encontró lo que buscaba, lo sacó y se lo llevó a las dos niñas.

La mayor lo cogió. —¿De qué trata?

—El libro se titula Strega Nona y está ambientado en Calabria. Cuenta las aventuras de una anciana. Se llama igual que el título del libro: Strega Nona. Es muy sabia y ayuda a los habitantes de su pueblo con toda clase de problemas. Las ilustraciones son preciosas. Mirad.

Y eso hicieron. Bianca recogió el libro que había estado leyendo.

Sonriendo, observó a las dos niñas hojear el suyo, fascinadas.

La mayor no paraba de leerle en voz alta a su hermana pequeña.

Bianca tenía intención de volver a prestar atención a su propio libro, pero no llegó a hacerlo.

Entraron más clientes en la tienda. Algunos sabían exactamente lo que buscaban, pero muchos querían que los aconsejaran.

Bianca no podía quitarse de encima la sensación de que Constanza dirigía adrede a algunos clientes hacia ella, al fondo de la librería, y, antes de darse cuenta, se afanaba por toda la tienda, sacando libros de los estantes, subiendo al almacén, buscando, asesorando, hojeando ejemplares y llevando la mercancía a Constanza, en el mostrador.

Estaba asesorando a una clienta mayor que buscaba un regalo de cumpleaños para su hija cuando, de pronto, oyó junto a la entrada la voz inconfundible de su tía.

Bianca se volvió de golpe y apenas pudo dar crédito a sus ojos.

¡Eran ellos de verdad! La tía Flora y Giampaolo estaban entrando en la tienda.

Saludaron a Constanza e hicieron un gesto a Bianca.

Desconcertada, se acercó a ellos. —¿Qué hacéis vosotros dos aquí?

—preguntó mientras besaba a Flora en la mejilla.

—Busco a mi sobrina desaparecida —dijo Flora, dirigiéndose más a Constanza que a Bianca.

—No se preocupe, la estoy cuidando bien —respondió Constanza, para sorpresa de Bianca.

Flora asintió y sonrió. —Sí, ya lo veo. —Se volvió hacia Bianca—. Parece que te va bien por aquí.

Bianca adoptó una expresión compungida. —Siento haber estado tan desconectada… Es que necesitaba…

Flora le quitó importancia con un gesto. —Solo quería asegurarme de que todo iba bien. Y Giampaolo necesitaba salir un rato de la cocina del hotel. Lleva días trabajando demasiado.

—Bueno, sí, querida, seguro que tienes razón. —Miró a Bianca—. Me gustaría sentarme un rato.

Bianca señaló vagamente el rincón de lectura, pero dirigió a Flora una mirada avergonzada. —Tenía intención de ponerme en contacto más a menudo…

—Ay, mia bambina , no te sientas culpable. Si alguien te comprende, esa soy yo.

—Lo sé.

Flora miró a su alrededor. —¿Así que estás ayudando aquí? —preguntó. Luego, antes de que Bianca pudiera responder, se volvió hacia Constanza—. Tiene usted una tienda preciosa.

—Gracias. Yo…

—He dicho que me gustaría sentarme —interrumpió Giampaolo a Constanza. Dirigió a Bianca una mirada expectante.

—¡Sí, vale! —replicó ella y le ofreció el brazo, que él ignoró de forma ostensible. Perpleja, Bianca lo siguió hasta el rincón de lectura—. ¿De verdad necesitabas que te acompañara hasta aquí? —preguntó cuando él se dejó caer en el sofá con un gruñido.

—Siéntate.

—De acuerdo… —Bianca hizo lo que le había dicho.

—Bueno… Estoy organizando una fiesta para tu tía.

—¿Estás… qué?

—Una fiesta. Por su cumpleaños.

Bianca miró por encima del hombro a su tía, que charlaba animadamente con Constanza. —¿No habíamos enterrado ya esa idea?

—No. En cierto momento, Flora dijo que podíamos hacer algo si queríamos. Yo me lo tomé como una señal.

—¿Una señal?

—Sí. Para mí. Como su… ya sabes.

—¿Novio?

—¡ Compagno ! —respondió indignado.

—Muy bien. ¿Cuándo se supone que será la fiesta?

Él la miró, incrédulo. —¡El día de su cumpleaños, claro! ¿Cuándo si no? El trece de agosto. Acabo de conseguir que me lo dijera a duras penas. Tú no fuiste de ninguna ayuda.

Bianca frunció el ceño. —¡No sabía que se suponía que debía ayudarte con nada en particular, Giampaolo!

Él le quitó importancia con un gesto. —Ahora escucha. Esta es mi idea: es la noche de las estrellas fugaces.

—¿Perdona?

—La noche de las estrellas fugaces. Las Perseidas.

—¿Las… qué?

—¡Per-sei-das! ¿Cómo es posible que no las conozcas? Sí sabes lo que es una estrella fugaz, ¿verdad? —La miró por encima de las gafas como si se preguntara si hablaban el mismo idioma.

—Sí, claro. También sé que en agosto suelen verse estrellas fugaces de vez en cuando…

—No de vez en cuando . Durante las Perseidas .

También se las llama Lágrimas de San Lorenzo.

Poético, ¿giusto? Es una lluvia de meteoros que alcanza su mayor actividad alrededor del doce de agosto.

Así que me pareció muy apropiado. Una mesa fuera.

Un banquete. Cocinaré yo. Letizia me ayudará para que también pueda atender a Flora.

De lo contrario, ¿qué clase de anfitrión sería?

Después contemplaremos las estrellas fugaces desde la terraza panorámica del hotel.

Emilia apagará las luces. Se informará a todos los huéspedes con suficiente antelación.

Será una celebración preciosa, con todos sus amigos. Y con la familia.

—Estaré encantada de ir, si eso era una invitación.

—¡Claro que vas a venir! —espetó él—. Me refería a los demás.

—Ah.

—¿Ah?

—Es… esto… complicado.

—¿Por qué? Flora habla con mucho cariño de su familia. No tiene nada de complicado.

—Me refería a… —La expresión de Giampaolo se ensombreció y Bianca se interrumpió—. Veré qué puedo hacer —se apresuró a decir.

—Bien. —Se levantó—. Más te vale.

—Por supuesto.

—Pero date prisa.

Ya de pie, hizo una leve inclinación y se alejó a toda prisa. Bianca lo vio marcharse con un mal presentimiento. Aquella conversación no iba a ser agradable. Flora se acercó a ella. —Nos vamos otra vez, bambina .

—De acuerdo.

—Me alegro de que te encuentres mejor.

Bianca asintió, miró a Giampaolo y se aclaró la garganta. —Mis padres…

Flora le quitó importancia con un gesto. —Ya está solucionado.

Bianca se puso en pie de un salto. —¿Qué significa eso?

—Llamé a tus padres y lo arreglé todo.

—Pero… ¿ cómo ?

—Les dije que Benedetto es un grande bastardo —perdona mi lenguaje— que no merece respirar el mismo aire que tú, y mucho menos volver a aparecer ante tus ojos.

—¿Y ellos…?

—Se quedaron sorprendidos, por decirlo suavemente.

—Pero…

Flora apoyó el índice en los labios de Bianca. —Estoy aquí, Bianca. Siempre estoy aquí. Incluso cuando no me lo pides.

Los ojos de Bianca se llenaron de lágrimas y abrazó a su tía con tanta fuerza que Flora rio, sorprendida. —Gracias —susurró Bianca.

Flora se zafó con suavidad del abrazo. —No tienes que darme las gracias. Además, no creo que esto te libre de hablar con ellos. Están esperando tu llamada.

—Lo sé.

—Tu madre estaba al borde de la histeria.

—Qué sorpresa…

—Dijo que era inadmisible que ya no fuera uno, sino dos miembros de la familia los que habían desaparecido en la Toscana…

Bianca asintió. —Sí, eso es muy propio de ella.

Flora se encogió de hombros. —Ya se calmará.

Bianca sonrió. —Eres la mejor.

—Eso dicen.

Bianca miró por encima de la cabeza de Flora a Giampaolo, que hablaba con Constanza junto a la entrada. —Está organizando una fiesta. Lo sabes, ¿verdad? —dijo, sintiendo la necesidad de corresponder de algún modo a su tía.

—Lo sé.

—¿Por qué has cambiado de opinión?

Flora suspiró. —Parecía muy inquieto. Estaba obsesionado con el asunto y… Bueno, me dio pena. Quería ponérselo más fácil. ¿Qué quieres que te diga, bambina ? Si tanta ilusión le hace, que lo haga.

Bianca asintió. —¿Me lo contarás?

—¿Contarte qué? —preguntó Flora.

—Por qué no quieres celebrarlo.

Flora le quitó importancia con un gesto. —Nunca me han gustado demasiado los cumpleaños . No los entiendo. Lo único que hacen es recordarte que ha pasado otro año. Y desde luego mi nacimiento no fue un logro mío , sino de mi madre.

Bianca la observó unos instantes. —Pero antes sí lo celebrábamos. Con fiestas por todo lo alto. Las recuerdo perfectamente.

Flora asintió y no dijo nada.

—Cuéntamelo.

Flora suspiró. —Celebramos aquellas fiestas hasta que murió tu tío. Después, nunca más. —Hizo una pausa, fijó la mirada en algún punto lejano y sonrió—. Que Dios lo tenga en su gloria.

—¿Así que no quieres celebrarlo porque él ya no puede estar presente?

—¡Claro que no! Celebrábamos ese día porque era el día en que nos conocimos tu tío y yo.

Nos conocimos cuando cumplí diecinueve años.

Eso era lo que celebrábamos. Y por eso dejé de hacerlo cuando tu tío se marchó.

Siempre encontraba alguna excusa. Organizar las bodas de tus hermanos.

Los nacimientos de tus sobrinos. Siempre había algo más importante y nunca tuve que dar explicaciones a nadie. Eso es algo que se aprende, ¿sabes?

—¿Qué se aprende?

—Que la gente está mucho más preocupada por sí misma y por su propia vida de lo que imaginas. ¿Y sabes qué?

—¿Mmm?

—En realidad, así está bastante bien. —La tía Flora le guiñó un ojo, la besó en la mejilla y se marchó. Bianca la vio alejarse. Tenía razón.