Capítulo 14
Bianca estaba a punto de seguir a Constanza al interior de la librería cuando oyó una voz que le resultó familiar. Se quedó paralizada y aguzó el oído.
—No deberías ir siempre por la vida con esa actitud —dijo Constanza.
Parecía estar sentada con su visita en el rincón de lectura, junto al pasillo que conducía al almacén. Su voz llegaba con claridad.
—¿Y qué otra actitud se supone que debo tener? ¡¿Una cena con ella y mis padres?! Por el amor de Dios...
Constanza se echó a reír. —Amadeo, lo estás viendo todo demasiado negativo.
¡¿Amadeo?!
—Siempre es lo mismo... —dijo él.
—Tú tampoco se lo pones precisamente fácil, mio caro.
Bianca retrocedió. Se le cayó el alma a los pies. Alargó una mano en busca de algo en lo que apoyarse, pero lo único que consiguió fue tirar los libros colocados en lo alto de una pila.
¡Mierda!
Se planteó la posibilidad de hacerse la muerta. Claro que no era una opción demasiado sensata, puesto que Constanza sabía que estaba allí.
¡¿Qué hace Amadeo aquí?!
Bianca respiró hondo. Se apresuró a colocar los libros tal y como estaban y se preguntó qué debía hacer ahora. ¿Sabía Amadeo que ella estaba allí? Pero ¿cómo...?
—¿Estás bien ahí dentro? —oyó llamar a Constanza.
Ay, madre...
—Ajá —logró responder con los labios fruncidos, alzando la voz lo justo para confiar en que el sonido llegara hasta el rincón de lectura.
Se miró. Llevaba unos pantalones cortos informales y una camiseta holgada, no se había maquillado y...
Pero ¿en qué demonios estás pensando?
Su aspecto no importaba lo más mínimo. Lo que ocurría era que Amadeo resultaba bastante atractivo y, hasta ese momento, solo la había visto debidamente arreglada. No era vanidosa, pero tampoco quería parecer Cenicienta después de limpiar la casa.
Se pasó los dedos por el pelo a toda prisa y entonces oyó unos pasos. Retrocedió de nuevo y chocó por segunda vez con la pila de libros. Se volvió de golpe y abrazó los volúmenes con ambos brazos para impedir que volvieran a caerse.
—¿Está todo bi...? ¡Ah!
Bianca cerró los ojos. Era él. Y ahora estaba justo detrás de ella. Permaneció en aquella postura tan poco favorecedora, con la espalda encorvada, la barbilla apoyada sobre la pila y los brazos aferrados a los libros. A esas alturas, tampoco importaba demasiado.
—¿Qué... esto... estás haciendo? —preguntó Amadeo.
Bianca se enderezó enseguida, recolocó algunos libros con exagerada concentración y se volvió hacia él. —Estoy echando un vistazo —dijo—. ¿Qué haces tú aquí?
—Visitar a mi Nonna .
— ¡¿Nonna?! —preguntó Bianca.
Amadeo la miró sorprendido. —Sí. Constanza es mi abuela.
Ella se quedó mirándolo fijamente. No sabía qué decir.
No había nada que decir. La situación era sencillamente...
Se aclaró la garganta y no pudo evitar sonreír.
De repente, todo parecía de lo más surrealista.
La boda cancelada. Patricia, la rubia. La dichosa pedrada.
Aquel rincón de cuento junto al viejo molino.
La ramita de lavanda. ¡Y Amadeo, cuya abuela le había dado alojamiento, por el amor de Dios!
Había querido exiliarse y había acabado viviendo con la familia de aquel hombre que podaba setos, le regalaba flores, tenía los ojos del color del turrón y resultaba absolutamente exasperante.
Se le escapó un bufido. Se tapó la boca con una mano y ahogó una risita.
—¿Qué tiene tanta gracia? —preguntó Amadeo.
Ella hizo un gesto desdeñoso con la mano. —Nada. No es nada. Solo...
—¿Sí...?
Inclinó la cabeza hacia atrás, clavó la mirada en las enormes vigas del techo y buscó una respuesta. O una señal. Como era de esperar, no encontró ninguna de las dos cosas.
Volvió a mirarlo. —De todos los lugares posibles...
Él esperó, pero ella no continuó. —¿De todos los...?
Ella le sonrió. —De todos los lugares que podría haber elegido para mi exilio, he acabado aquí.
Él parecía visiblemente desconcertado. —No sé qué se supone que significa eso.
Bianca asintió. —¿Sabes qué? Yo tampoco. —Señaló las escaleras—. Vamos. Volvamos con tu Nonna.
Aquella misma tarde, Bianca estaba sentada sobre el murete de su pequeño balcón, apoyada contra la cálida pared de la casa y con un libro cerrado en el regazo.
El sol empezaba a ponerse y bañaba el paisaje con una luz anaranjada y rojiza.
Cerró los ojos y se concentró en lo que la rodeaba.
¿No se suponía que había que vivir el momento?
¿Que eso ayudaba a encontrarse a una misma?
Y Dios sabía que Bianca necesitaba hacerlo desesperadamente.
Aunque tenía la sensación de que aquel lugar mágico la estaba sanando por obra de algún encantamiento, seguía sintiéndose perdida.
Su irracional ataque de risa de antes había dejado meridianamente claro que le faltaba un tornillo. Por eso había huido.
Otra vez.
Había dejado a Amadeo y a su Nonna en la librería, había mascullado una excusa poco convincente y se había refugiado allí.
Allí todo estaba bien. Allí estaba sola y tenía algo de paz.
Allí no tenía que pensar en hombres ni en regalos florales.
Sintió el calor sobre la piel, inspiró los aromas, los distinguió y olfateó.
Un dulzor intenso: adelfa. Un dulzor especiado: lavanda.
Algo acre: tierra abrasada por el sol. Oyó el murmullo de las hojas en el bosquecillo que había junto a la librería, el trino de los pájaros, el zumbido de los insectos y el tintineo de la vajilla.
Abrió los ojos y sonrió. Constanza había vuelto a la cocina.
Pronto se sumarían más aromas a aquel fragante cóctel.
Mantequilla derritiéndose en la sartén. Ajo crepitando.
Romero y orégano. El estómago de Bianca empezó a rugir.
Sí, podría seguir así una temporada. De algún modo, de aquella manera, encontraría el camino para seguir adelante.
Oyó unos pasos y miró hacia abajo. La terraza contigua a la cocina de Constanza quedaba en diagonal bajo el balcón de Bianca. Vio que la puerta estaba abierta y, unos instantes después, una espesa mata de pelo negro apareció en su campo de visión.
Amadeo.
Llevaba una bandeja grande cubierta de tomates partidos por la mitad. La dejó sobre la mesa y la movió para que recibiera los últimos rayos de sol.
—¿Seguro que quieres dejarlos fuera esta noche, Nonna ? —preguntó por encima del hombro.
Bianca no oyó la respuesta. Amadeo acercó la mesa a la balaustrada, seguramente al lugar que recibía primero el calor del sol por la mañana.
Tomates secados al sol, recogidos a mano y seleccionados con mimo.
Permanecerían allí, al sol, durante unos días y después Constanza los conservaría en aceite de oliva.
Bianca ya podía saborearlos. El dulzor, la frescura, la luz del sol atrapada en ellos. Se le hizo la boca agua.
—Eh —oyó decir a Amadeo.
Sonrió. La había visto. —Hola.
—Tengo algo para ti —dijo él antes de desaparecer en la casa sin darle tiempo a responder.
Poco después, llamaron a su puerta. Bianca abrió y se encontró mirando una bolsa grande que Amadeo sostenía delante de su cara. La cogió. Pesaba bastante. —¿Qué es esto?
—Libros —dijo Amadeo.
—¿Libros?
—Libros para Belle. —Amadeo le guiñó un ojo, pero Bianca estaba demasiado desconcertada para reaccionar, así que se aclaró la garganta y explicó—: Libros de escritores jóvenes, autores locales, poetas de verdad y aspirantes a poetas, cosas así.
A Nonna se los envían con regularidad. Es una crítica literaria bastante respetada —dijo, con un orgullo más que evidente en la voz—. Aunque no le gusta que la llamen así.
Amadeo entró en el dormitorio y miró a su alrededor. Bianca examinó por encima el contenido de la bolsa. —¿Y qué se supone que debo hacer con ellos?
— Nonna ha dicho que pareces alguien que entiende de libros.
Bianca negó con la cabeza. —No, yo... No, no entiendo. No tengo formación en ese campo ni nada por el estilo.
— Nonna tampoco. —Amadeo se volvió hacia ella—. Así que te has instalado bien, ¿no?
—Sí.
Él señaló la bolsa con la cabeza. —¿Les echarás un vistazo? Después podrás decirle si merece la pena encargar más ejemplares de alguno.
—Pero...
—Es un cumplido, Belle. Acéptalo.
—¿Un cumplido de quién a quién? —preguntó Bianca, perpleja.
—De mi Nonna . Parece que le caes bien. Y... —Se interrumpió y se echó a reír.
—Y... ¿qué?
—Ha dicho que necesitas algo con lo que mantenerte ocupada.
—¡Estoy aquí de vacaciones!
—Aun así. Lo hace con buena intención. Ella es así. —Entonces reparó en que la puerta del balcón estaba abierta—. Ese era mi lugar favorito.
—También es el mío. Me gusta sentarme ahí arriba a leer. O a relajarme. O a pensar. O...
—... ¿a meditar? —Sonrió.
—Algo así. Este lugar es precioso.
—Sí, lo sé. De pequeño estaba aquí todo el tiempo. Esta era nuestra habitación, para ser exactos. La de mi hermano y la mía. Siempre que mis padres tenían que trabajar, Nonna cuidaba de nosotros. —Se volvió y salió al balcón.
Ella lo observó sin saber qué hacer. Así que se quedó allí, indecisa, devanándose los sesos en busca de un tema de conversación.
— El nombre de la rosa —le oyó decir.
Ella sonrió. —Sí. Debo confesar que nunca lo he leído.
Yo... —Se quedó inmóvil cuando lo vio coger el libro de la silla donde ella lo había dejado antes.
Se le ocurrió algo. Algo profundamente desagradable—.
Espera, yo... —empezó, pero ya era demasiado tarde.
Él lo sostenía en las manos y había visto el marcapáginas.
O, más bien, lo que ella usaba como marcapáginas.
La ramita de lavanda seca.
Él no dijo nada y volvió a dejar el libro. Ella se acercó. Amadeo la miró. La situación la incomodaba. Parecía mucho más de lo que era.
¿O no?
—Aquí son preciosas —dijo a toda prisa—. Nunca puedo resistirme.
—¿Mmm?
—Las flores de lavanda. Yo... siempre tengo que cogerlas. A todas horas.
Él asintió y la estudió con atención. —Maria cultiva una variedad concreta.
—¿Quién?
—Maria. Tiene un puesto en el mercado de las flores.
Emilia y Aurelio le compran esta lavanda para los parterres del hotel.
Los parterres que cuido yo. —Hizo una breve pausa y le sonrió.
Después señaló la ramita de lavanda—. Es una variedad concreta.
De un color más intenso, más resistente, con más flores y menos hojas. Un cultivar particular.
—Ya veo...
—Un ojo experto la reconoce al instante.
Ella apartó la mirada. Él se acercó un poco más. —No tienes por qué avergonzarte —dijo con dulzura.
—No me avergüenzo —respondió ella enseguida.
—Y, sin embargo, pareces un ciervo a punto de salir corriendo como alma que lleva el diablo.
Ella soltó una breve carcajada y lo miró. —Tú y tus comparaciones...
—Estaré encantado de traerte un ramo entero si quieres.
—No.
—¿No?
Ella negó con la cabeza con energía y retrocedió unos pasos. Tenía que poner algo de distancia entre Amadeo y ella. Aquel hombre la ponía nerviosa. —No, eso sería... inapropiado.
—Supongo que era inapropiado cuando aún llevabas ese pedrusco en el dedo...
—Sigue siendo inapropiado. Acabo de separarme y tú...
—¿Yo?
—Tienes a alguien.
Él enarcó las cejas. —¿Ah, sí?
—Oí vuestra conversación. Cuando entraste en la librería y te sentaste con Constanza en el rincón de lectura. Una cena con tus padres y una mujer . Tu novia, supongo.
Amadeo la miró atónito. Entonces rompió a reír.
Bianca lo fulminó con la mirada, entornando los ojos. —¿Qué tiene eso de gracioso?
Él le quitó importancia con un gesto. —Nada. Nada en absoluto.
Ella se volvió.
—No te gusta, ¿verdad?
—¿El qué? —preguntó ella.
—La idea de que tenga novia.
Ella se volvió de golpe. —¡Venga ya! Me da exactamente igual.
—Claro. Te importa tan poco como a mí cuando descubrí una piedra reluciente del tamaño de Francia en el dedo de esa mujer fascinante cuya sonrisa del cartel del todoterreno no lograba quitarme de la cabeza.
Bianca lo miró con los ojos muy abiertos. Él esbozó una sonrisa ladeada. —Ya te lo dije: me fijé en ti enseguida.
—Yo... tienes que dejar de hacer eso —dijo Bianca, bajando la mirada hacia el suelo.
—¿De hacer qué?
—Coquetear.
—¿Por el compromiso roto y la novia misteriosa?
—Porque... porque... ahora mismo no puedo hacer esto.
—¿Coquetear? —Él avanzó unos pasos hacia ella. Bianca no podía retroceder más porque ya estaba pegada a los muebles de la cocina—. Sí, tienes razón. Hasta ahora tu actuación no ha sido especialmente impresionante. Pero todo lo demás lo compensa. Y esa sonrisa tan bonita.
No quería, pero no pudo evitarlo. Sus labios cobraron vida propia.
Él había mencionado su sonrisa y ella no pudo contenerse.
Se la ocultó detrás de las manos. Amadeo le cogió las manos con suavidad y se las apartó de la cara.
Después volvió a soltarlas. Estaban muy cerca, pero él no hizo ademán alguno de aproximarse más. Se limitó a mirarla. La veía a ella .
—Ni siquiera me conoces —dijo ella en voz baja.
—No.
—Yo tampoco te conozco —prosiguió.
—Así es.
—Exacto.
Durante un instante, se hizo el silencio. Entonces él se encogió de hombros. —Y, aun así, no consigo quitármelo de encima.
Ella alzó la cabeza y lo miró. —¿El qué?
—Las ganas de regalarte flores. —Llevó una mano al bolsillo trasero del pantalón, sacó una ramita de lavanda y se la tendió—. Para el próximo libro, Belle —dijo. Después se volvió y se marchó.