Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Lorella le quitó importancia con un ademán.

—Sí, bueno, lo es. Estamos prometidos. Pero, en serio, ¿cómo suena eso?

Mi prometido. Parece algo de la Edad Media.

Somos pareja y punto. —Pero la expresión dichosa de Lorella desmentía sus palabras, y una punzada dolorosa atravesó el corazón de Bianca.

Inspiró profundamente, como si así pudiera expulsar al exhalar aquella sensación desagradable y, cuando eso no funcionó de inmediato, se limitó a seguir hablando—. Letizia dice que es artista, ¿no?

—Artista de la madera. A él y a Amadeo les gusta hacer cosas juntos en el jardín de cuento. —Bajó la voz—. Soy la única que llama así al jardín. A ellos no les gusta porque dicen que suena infantil. Hombres… —Soltó una risita.

—¿Y qué clase de… jardín de cuento es? —preguntó Bianca con interés.

Lorella reflexionó un momento. —Un lugar precioso. Difícil de describir con palabras. A Pasquale le gusta ir allí para inspirarse. Si quiere, puede ver algunas de sus piezas en nuestra tienda.

—Sí, me encantaría. —Su mirada se desplazó hacia Amadeo. Estaba charlando con una huésped de la edad de Flora mientras recortaba la lavanda con despreocupación.

Lorella le estaba contando algo sobre su tienda, pero Bianca apenas podía concentrarse en sus palabras porque, en aquel momento, Amadeo se dio la vuelta y echó a andar hacia ellas.

Bianca bajó la vista y empezó a retorcerse los dedos.

Se tocó el anular y recordó, avergonzada, que una semana antes le había plantado el diamante delante de las narices a Amadeo.

Se sentía ridícula. El rostro le ardió de vergüenza al recordarlo.

Encogió los hombros y deseó que Amadeo no le prestara ninguna atención.

—Eh, Lorella —dijo él cuando estuvo frente a ellas—. Bianca. —Ella asintió brevemente, con la mirada fija en sus pies y en el capazo para las flores, donde se amontonaban en completo desorden malas hierbas, ramitas de lavanda y herramientas de jardinería.

—¿Buscando inspiración? —preguntó. Bianca levantó la cabeza porque no sabía a cuál de las dos se refería. Su mirada se posó un instante en ella, y Bianca intentó que aquellos ojos soñadores no la turbaran. Después él miró atentamente a Lorella y Bianca comprendió que se dirigía a ella.

—Siempre —respondió Lorella—. ¿Y tú?

—Yo también, siempre. —Los dos se pusieron a hablar de flores y jardines, pero a Bianca le costaba seguir la conversación porque Amadeo no paraba de mirarla de reojo y sonreír. Así que decidió agachar la cabeza y clavar la vista en sus zapatos.

—Oh, ahí está Pepe. Tengo que preguntarle una cosa —dijo Lorella de pronto, poniéndose en pie de un salto.

Bianca se irguió de golpe y sintió el impulso irracional de seguirla.

Miró de reojo a Amadeo, que la observaba atentamente.

De modo que permaneció sentada y aferró con los dedos el borde del banco de piedra.

—No te he visto por el hotel ni durante la cena —dijo él en voz baja—. Empezaba a pensar que te habías marchado.

—Así es.

Él rio por lo bajo. —¿Ah, sí? ¿Y qué estoy viendo ahora, entonces? ¿Un holograma tuyo?

—Quería decir que me he marchado del hotel .

—Ya veo. —Cuando no añadió nada más, Bianca levantó la cabeza y lo miró. Él frunció los labios y dejó vagar la mirada por los terrenos del hotel. Era evidente que no sabía qué decir.

Pero Bianca tampoco, y se instaló entre ellos un silencio decididamente incómodo.

Ella se aclaró la garganta y él volvió a mirarla.

Su mirada descendió hasta posarse en la mano izquierda de Bianca, que abandonó su rígida postura, cruzó los brazos sobre el pecho y escondió bien la mano en el hueco del brazo.

—Se acabó el pedrusco —dijo sin rodeos, aunque no logró obligarse a mirar a Amadeo mientras hablaba. Soltó un bufido que pretendía ser una risa, pero sonó bastante amargo.

—Sí, he oído algo al respecto… Lo siento.

—No tienes por qué.

—Lo sé. Pero aun así siento que todo se haya ido al traste. Parecías feliz.

Ahora volvió a mirarlo. —¿Lo parecía?

Él se encogió de hombros y esbozó una sonrisa torcida. —No, la verdad es que no.

—¿Y qué parecía?

—¿Por qué me lo preguntas?

—Estoy intentando hacer una reflexión brutalmente sincera sobre mí misma.

—Interesante —dijo él—. Valiente.

—Tampoco es para tanto. ¿Y bien? —insistió ella.

—Una reflexión sobre ti misma, ¿eh? ¿No debería, como su propio nombre indica, salir de ti?

—Imagino que ayuda contar con una segunda opinión objetiva.

—De acuerdo… Bueno, parecías un poco como una niña cuyos padres, por amor y devoción a la familia, la llevan a la Galleria degli Uffizi y le hacen prometer que se portará bien a cambio de un helado al terminar.

Tú los acompañabas obedientemente, fingiendo interés y asintiendo en los momentos oportunos, mientras tus pensamientos seguían fijos en aquel delicioso helado.

Bianca se quedó boquiabierta. Se le ocurrieron varias respuestas mordaces.

Y otra de una frialdad cortante. Pero, por algún motivo, no logró pronunciar ninguna.

Reflexionó sobre sus palabras, volvió a cerrar la boca y sintió que algo se removía en su interior.

Algo desconcertantemente agradable. Se abrió paso hacia arriba y estalló en una carcajada entrecortada.

Se tapó la boca con ambas manos, pero no pudo contenerse.

Rio y rio hasta que se le saltaron las lágrimas. Se las secó e intentó serenarse.

Amadeo la miró desconcertado. —Tampoco era tan gracioso.

Ella asintió, inspiró profundamente, se apartó varios mechones de pelo de la cara y volvió a asentir. —Tienes razón. Pero ha sido la analogía más acertada que podías haber hecho.

Él sonrió. —Bien. Me preocupaba ofenderte.

Ella negó con la cabeza y volvió a mirarlo.

Durante un instante, ninguno de los dos habló.

Transcurrieron varios segundos en los que se limitaron a mirarse a los ojos.

Ella seguía sentada en el banco de piedra, mientras él permanecía de pie ante ella con el capazo en la mano derecha.

El corazón de Bianca empezó a latir más deprisa.

Un torbellino de emociones desconcertantes se agitó en su interior.

Bajó la cabeza a toda prisa y volvió a clavar la vista en los zapatos de Amadeo.

—Bueno, pues… Tengo que… ya sabes… volver al trabajo. —Más que pronunciar las palabras con claridad, las masculló.

Bianca asintió, todavía incapaz de alzar la cabeza y mirarlo.

Él se movió y sus zapatos desaparecieron de su campo de visión.

Y justo cuando Bianca estaba a punto de sacudirse aquella parálisis, una diminuta ramita de lavanda apareció ante sus ojos.

Alargó la mano hacia ella con vacilación y levantó la vista. Amadeo se había marchado.