Capítulo 11 #2
Como si la habitación tuviera preparada una respuesta, llamaron a la puerta.
Bianca se sorprendió. Constanza no se había dejado ver hasta entonces.
La comida, las toallas, el papel higiénico...
todo aparecía en el carrito auxiliar como por arte de magia.
Bianca sintió un cariño abrumador por los discretos cuidados de su casera.
Aunque quizá ahora quisiera asegurarse de que Bianca seguía viva.
Bianca abrió la puerta e intentó sonreír una vez más. Esta vez le salió bastante bien. Constanza le devolvió la sonrisa. —Tienes visita.
—¿Perdona?
—Una visita.
—Pero... ¡nadie sabe que estoy aquí! —Las palabras salieron más deprisa de lo que pretendía y, además, sonaron bastante horrorizadas. Constanza miró a Bianca desconcertada. Bianca se aclaró la garganta—. Quiero decir...
Constanza le quitó importancia con un gesto, se volvió y echó a andar. Bianca la siguió. —No estoy huyendo ni nada parecido —se apresuró a decir, mirando la espalda de la anciana—. No tienes por qué preocuparte.
Constanza se volvió hacia ella en el rellano. —Me alegra saberlo. —Le guiñó un ojo y Bianca sintió otra pequeña oleada de cariño.
Bajaron las escaleras y Bianca se asomó con inquietud a la vuelta de la esquina. —¡Sofia! —exclamó, acercándose a su amiga, que se había sentado a la mesa de madera de Constanza—. Creía que ya te habías ido. ¿Qué haces aquí?
—Comprobar si sigues viva —respondió Sofia, levantándose y dando a Bianca un breve abrazo.
Constanza se aclaró la garganta. —Voy a... dejaros tranquilas —dijo antes de entrar en la cocina.
Sofia colocó bien una silla, se sentó y miró a Bianca con preocupación. —Me marcho hoy. Solo quería ver cómo estabas.
—Estoy bien —dijo Bianca, sentándose frente a Sofia—. Fue la decisión correcta. Lo de estar aquí sola, quiero decir.
—Eso está bien. —Sonrió y le apretó brevemente la mano a Bianca—. No te molestaré mucho rato. Solo quería... bueno, recibir unas cuantas instrucciones. Y devolverte esto. —Sacó el móvil de Bianca del bolso y lo dejó sobre la mesa—. Me temo que ha muerto de agotamiento.
Bianca cruzó instintivamente los brazos sobre el pecho, como si así pudiera protegerse de lo que despertaba en ella ver el móvil. O, más bien, de todo lo que le evocaba. Sabía qué mostraría la pantalla si lo encendía. Incontables llamadas de Benedetto. Y probablemente también de sus padres.
—¿Tú...? —empezó, pero no pudo terminar la frase. Tampoco pudo apartar la mirada del móvil.
—¿Que si he hablado con Benedetto o con tus padres? No y sí.
—Pero él...
—¿Me llamó? Sí. Muchas veces. Bloqueé su número.
—¿Y mis...?
—¿Padres? Preocupados. De ahí que me haya presentado aquí para pedir instrucciones.
Bianca respiró hondo. —Supongo que... —Volvió a interrumpirse. Empujó el móvil con el codo hasta sacarlo de su campo de visión—. Creo que me ocuparé de todo a través de mi tía. Normalmente consigue mantener a raya a mis padres.
—De acuerdo. Entonces intentaré evitarlos.
—De acuerdo. Bien.
—¿Y piensas volver a casa en algún momento?
Bianca se encogió de hombros. No tenía respuesta para esa pregunta.
Al menos, todavía no. Claro que volvería a casa.
Simplemente no sabía cuándo. Por el momento, no sabía nada en absoluto.
Por el momento, solo intentaba existir. Su mirada se desvió hacia la cocina.
Oía a la anciana trajinar en la habitación contigua y se preguntó cuánto habría oído de su conversación.
Dado que no había ninguna puerta entre la cocina y el comedor, probablemente todo.
—¿Me dirás sinceramente cómo estás? —preguntó Sofia—. En una escala del diez al uno, donde diez significa «sigo viva» y uno, «tengo tendencias suicidas».
—En algún punto intermedio, supongo. —Y prefería no pensar en lo que eso significaba.
De algún modo, tenía la sensación de que debería sentirse peor.
También empezaba a darse cuenta poco a poco de que todas las lágrimas que había derramado habían nacido más del orgullo herido que de un corazón roto.
Cierto era que no sabía por experiencia propia qué se sentía al tener el corazón roto, pero había leído suficientes novelas desgarradoras para hacerse una idea aproximada.
Además, en el pasado había consolado a Sofia durante varios desengaños amorosos, antes de que Sofia decidiera esperar sin concesiones al hombre de su vida e ignorar con firmeza a todos los demás.
Sí, había leído sobre corazones rotos, los había visto en otras personas y sabía lo que implicaban.
Por eso estaba bastante segura de que ella no sufría uno en aquel momento.
Pero ¿qué decía eso de ella? ¿De las decisiones que había tomado durante los últimos meses?
¿De su disposición a casarse con un hombre al que, por lo visto, nunca había amado de verdad?
Negó con la cabeza, esperando ahuyentar las preguntas.
Lo único que estaba dispuesta a decir era: —Supongo que iba por el camino equivocado.
—Supongo que te has librado por los pelos —dijo Sofia.
Bianca intentó esbozar una sonrisa torcida, alargó el brazo por encima de la mesa y apretó la mano de Sofia.
—Supongo que te tenía a ti . Si tú no hubieras...
—No terminó la frase. No había nada más que decir.
Sofia sabía lo que había hecho. Sabía que había sido lo correcto y que había salvado a Bianca de cometer un error monstruoso.
Aun así, Bianca veía que se sentía mal por ello—. Gracias —dijo en voz baja.
Sofia sorbió por la nariz. Después descargó la mano sobre la mesa con un fuerte golpe. —¡ Odio a ese hombre! —estalló. El tintineo de la vajilla en la cocina se interrumpió durante un instante y Sofia agachó la cabeza—. Perdón —susurró.
Bianca le quitó importancia con un gesto. —Entonces, ¿te marchas? —preguntó.
—Sí. Tengo que hacerlo. El trabajo me reclama. Lo siento. Odio dejarte aquí sola.
—Quiero estar sola. Necesito pensar.
—Lo sé.
Se levantaron, se abrazaron brevemente y se besaron en la mejilla. —Conduce con cuidado —dijo Bianca.
—Claro. Me pondré en contacto cuando... —Sofia se interrumpió y miró el móvil de Bianca—. Bueno, ya sabes.
—Acabaré encendiéndolo, lo prometo.
—No tienes por qué. Si hay una emergencia, siempre puedo localizarte aquí.
Bianca asintió. Sofia volvió a despedirse con la mano y se marchó. Bianca se quedó allí de pie, indecisa, mirando el móvil. Se planteó arrojarlo sin más al mar. Pero eso sería demasiado dramático. Oyó pasos a su espalda y se volvió. Constanza estaba en el umbral. Sonreía con dulzura.
—Espero que no te hayamos molestado —dijo Bianca.
La anciana no respondió. En lugar de eso, se acercó. —¿Te apetece sentarte un rato en mi librería? Ayuda, créeme.
Bianca asintió, convencida por instinto de que Constanza tenía razón. —Te creo —dijo, y siguió a la anciana al exterior.