Capítulo 10
Bianca estaba sentada en un sillón de lectura tapizado de terciopelo morado.
Había encogido las piernas contra el pecho y contenía las lágrimas que amenazaban con desbordársele de los ojos mientras leía aquellas palabras.
Cerró el libro, cuya cubierta era del mismo color que el sillón.
Miró a su alrededor con disimulo. La tienda estaba llena de clientes aquel día, pero nadie parecía prestarle demasiada atención.
Había llegado hasta allí casi de forma automática.
En algún momento se había visto obligada a salir de la habitación del hotel.
Había llorado, sí. Había dejado que Sofia la consolara.
Era la absoluta incredulidad ante la situación lo que le había arrancado las lágrimas.
Y, al final, se había transformado en rabia.
Habían empezado a imaginar diversas formas de asesinarlo.
Algunas habían hecho reír a Bianca. Así había pasado los dos últimos días y sus noches desde la llamada en la habitación de hotel de Benedetto.
Pero aquel día ya no lo soportaba más. Tenía que salir. Tenía que moverse. Tenía que respirar , por el amor de Dios. Y tenía que decidir qué hacer a continuación.
—Eso no fue idea mía, para que lo sepas —oyó decir de pronto a alguien.
Alzó la mirada y vio a Constanza, la mujer cuya biografía sostenía entre las manos, la mujer que había hecho realidad aquel pequeño refugio idílico.
—¿Perdona? —preguntó Bianca.
—La biografía. No fue idea mía.
—Ah. Ya. Solo estaba… hojeándola. Es un libro precioso.
—Un libro precioso para una vida preciosa —dijo Constanza con una sonrisa. Entonces su expresión se volvió más seria—. ¿Puedo hacer algo por ti, cara ? Pareces un poco… desmejorada, si me perdonas que te lo diga.
Desde luego, no le faltaba razón…
—No, gracias. Con que me dejes sentarme aquí un rato es suficiente.
—Por supuesto. Aquí todo el mundo es bienvenido. Pero al menos me dejarás ofrecerte una buena taza de té, ¿no?
—No te molestes, por favor.
—No es ninguna molestia. Constanza se alejó y Bianca la observó marcharse.
Envidiaba a aquella anciana. Parecía tan…
despreocupada. ¿Cómo podía una mujer de edad tan avanzada, que sin duda debía de haber vivido tantas cosas, conservar aquella ligereza de espíritu, mientras que ella, Bianca, a menudo veía la vida como un maratón interminable de obligaciones?
Su móvil vibró y vio que Benedetto le había enviado un mensaje.
No habían hablado desde su llamada de dos días atrás, justo antes de que su mundo se viniera abajo.
Benedetto le había enviado unos cuantos mensajes intrascendentes, pero ella no había respondido.
Aquello no parecía molestarlo demasiado.
Ni siquiera parecía darse cuenta de que su «prometida» ya no se ponía en contacto con él.
¿Siempre había sido así?
¿Siempre había sido tan…? Bianca no encontraba la palabra adecuada para definir su relación. Sentía que tenía que cuestionarse toda su vida, todas las decisiones importantes que había tomado. Pero en aquel momento no tenía fuerzas. Suspiró y abrió el mensaje de Benedetto.
No llegaré hasta mañana. La reunión va a alargarse hoy. Un beso.
De su garganta escapó un sonido a medio camino entre una risa incrédula y un jadeo indignado.
Bianca negó con la cabeza, sin saber qué hacer.
¿Ignorarlo? ¿Bloquear su número? Ninguna de las dos opciones parecía especialmente útil.
Ambas se parecían demasiado a esconder la cabeza bajo el ala.
Tarde o temprano tendría que aclarar las cosas. Respiró hondo y escribió una respuesta.
Yo diría que mejor no vengas. Sé lo tuyo con Patricia. Que te vaya bien.
Envió el mensaje sin pensárselo ni un segundo más y después apagó el móvil.
Constanza regresó y dejó una taza de té en la mesita de madera situada junto a Bianca. La taza estaba decorada con rosas de color rosa.
—Gracias —dijo Bianca. Entonces recordó algo que Constanza había mencionado cuando se conocieron—. Dime, ¿no dijiste que tenías un piso para alquilar?
—Sí, así es. En la casa de atrás. Constanza señaló con la cabeza la pared situada detrás del rincón de lectura.
Bianca sonrió. —No estará libre por casualidad, ¿verdad?
Una hora más tarde, Bianca entró en su habitación del hotel. Sofia estaba otra vez sentada en la terraza, leyendo. Al oír a Bianca, se levantó de un salto. —Oye, ¿dónde te habías metido? Empezaba a preocuparme y, además, tenías el móvil apagado.
Bianca sacó el móvil del bolso y se lo entregó. —Sí, y de momento va a seguir así. ¿Puedes quedártelo tú?
Sofia lo cogió con cierta vacilación. —Eh… sí. Claro. ¿Va todo bien?
Bianca se encogió de hombros. —No lo sé. De algún modo, todo es… Creo que necesito tomar distancia. Necesito estar sola. Necesito pensar antes de enfrentarme a… Hizo un amplio ademán con la mano. —A todo esto.
Sofia asintió con comprensión. —Claro. Es perfectamente comprensible.
—He encontrado un pisito y creo que debería alquilarlo.
—Eh… vale.
—Necesito paz y tranquilidad. Y aquí, en el hotel…
Todo el mundo sabe ya que estoy organizando una boda.
No puedo quedarme. Y tampoco puedo volver a casa de mis padres.
Solo de pensar que tendría que hablar de todo esto con ellos…
Bianca apretó los labios y negó con la cabeza.
—Ahora mismo, sencillamente, no puedo hacerlo.
Necesito unos días lejos de todo y de todos.
—De acuerdo. De todos modos, yo tengo que irme pronto… Iba a preguntarle a mi jefe si podía alargar las vacaciones, pero…
—No, Sofia —la interrumpió Bianca, sonriéndole—. Ya has hecho muchísimo por mí. Pero ahora…
— …necesitas estar sola —terminó Sofia por ella—. Lo entiendo perfectamente.
—Gracias. ¿Por qué no te quedas tú con la habitación hasta que te vayas? No hay ninguna razón para que las dos hagamos las maletas y nos marchemos. Este sitio es demasiado bonito para eso.
Sofia intentó sonreír, pero tenía los ojos tristes. —Lo siento muchísimo. Por todo. Por la situación. No te mereces nada de esto. Yo podría… Ese hombre… Se interrumpió y negó con la cabeza con tanta energía que el pelo le salió disparado por el aire.
Bianca soltó una breve carcajada. —Sí. Yo también. Ya veremos, quizá lo haga. Pero ahora no. Ahora voy a hacer la maleta. ¿Me ayudas?
—Por supuesto. Y luego iremos a tomar algo, ¿de acuerdo?
—Desde luego.
Bianca miró a su amiga. La invadió una oleada de cariño y gratitud. Podía contar con Sofia. Sofia haría todo cuanto estuviera en su mano para apoyarla. Bianca solo tenía que decirle qué necesitaba. Pero ni ella misma lo sabía todavía.
Se acercó a Sofia y la estrechó entre sus brazos. —Gracias —susurró.
—Siempre —respondió Sofia de inmediato.