Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) Capítulo 9
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Capítulo 9

—C reo que vi a Benedetto con otra mujer.

Las palabras fueron como una bofetada. O, más bien, como una bala en el estómago.

Bianca se puso en pie de un salto. Pero aquello no sirvió de mucho, y no sabía si debía echar a correr, gritar, reír o quedarse paralizada. Así que volvió a sentarse en la cama. Sofia la miraba fijamente, con los grandes ojos perfectamente redondos.

Bianca negó con la cabeza. —No sé qué quieres decir —dijo despacio.

—Acababas de marcharte para venir aquí. Yo salí esa misma noche. Y lo vi en el Palosanto . Con una... mujer joven.

—Su hermana...

—No.

—Su madre.

—No. Demasiado joven. Demasiado rubia.

—Una socia.

—Puede... Pero tú dijiste... —Se interrumpió. Si acaso era posible, su expresión se volvió aún más consternada.

Bianca volvió a negar con la cabeza. Y entonces cayó en la cuenta. Se suponía que él ni siquiera debía estar en Ventimiglia. Porque se había marchado el mismo día que ella. Por negocios. A Florencia. Donde aún seguía.

Supuestamente.

Respiró hondo. —¿Qué viste exactamente?

—Paseaba por el paseo del puerto con mi hermana.

Íbamos a La Tana a tomar un cóctel. Y ellos dos estaban sentados justo al lado de la ventana cuando pasamos por el Ristorante Palosanto .

Él no me vio. —Sofia se pasó una mano inquieta por el pelo—.

No sabía qué hacer. Quiero decir, tienes razón, podría ser una socia o lo que sea.

Alguna pariente a la que no conozco. Algo completamente inocente.

Él te adora, lo sé. Salta a la vista. Así que pensé que era mejor estar segura antes de decirte nada. Pensé...

—¿Qué pensaste?

Sofia negó con la cabeza. —Solo quería estar segura antes de preocuparte. Pero entonces, de repente, te pusiste a organizar la boda a la velocidad de la luz, así que vine corriendo. Y aun así no sabía si debía decir algo, ni cómo, ni qué... —Sofia se cubrió la cara con las manos—. Lo siento.

—No lo sientas. —Bianca clavó la vista en la pared.

Hablaba como un robot. Con voz monótona.

Sin emoción. No podía moverse. No podía articular un pensamiento coherente.

No tenía ni la menor idea de cuál era la reacción apropiada en aquel momento.

Las manos empezaron a temblarle. Se sujetó la izquierda con la derecha, la apretó y se obligó a conservar la calma.

Todo esto es un malentendido. Todo se aclarará.

—Gracias —dijo con voz inexpresiva.

Sofia se irguió. Tenía los ojos húmedos. —Lo siento —repitió.

Bianca negó con la cabeza. —Yo...

—¿Qué? —preguntó Sofia—. ¿Qué puedo hacer?

—Es que no sé qué hacer ahora. —Miró a Sofia con expresión suplicante—. ¿Qué hace la gente en una situación así?

Sofia tenía la misma expresión que un perro que se había portado mal y no sabía cómo reaccionarían sus dueños. —Eh... No estoy segura de haber hecho bien, pero he pasado todo el día intentando averiguar si Benedetto había ido de verdad a Florencia y, de ser así, en qué hotel se alojaba.

—Grand Hotel —dijo Bianca de forma automática. Solo entonces asimiló lo que acababa de oír. Miró a Sofia, entre incrédula y agradecida—. ¿Has hecho... qué?

Sofia se puso en pie de un salto. —Ya te he dicho que no sabía qué hacer. Incluso quería... Es decir, casi fui en coche hasta Florencia para... No sé... Solo para asegurarme. Es que no quería... ¡Mira lo que he hecho! —Miró a Bianca con los ojos muy abiertos.

Bianca se levantó y le dio un breve abrazo a su amiga. —No has hecho nada, Sofia. ¡Absolutamente nada! Solo estás preocupada por mí. Te lo agradezco, de verdad. —Bianca esbozó una sonrisa torcida—. ¿Así que te pusiste a espiarlo?

Sofia resopló. —Bueno, algo así, pero después pensé... Vale, todo esto es un poco invasivo. Seguramente sea mejor hablar contigo antes de ponerme a jugar a Sherlock Holmes.

La sonrisa de Bianca se ensanchó. —Vale. Sí, claro. Entonces... ¿has... ya sabes... averiguado algo? —Bajó la voz, como si Sofia y ella estuvieran urdiendo una conspiración secreta.

—El número de su habitación.

Bianca arqueó las cejas. —¿Cómo demonios lo has conseguido? ¡Los hoteles no pueden dar esa clase de información!

Sofia le quitó importancia con un gesto. —A un becario de su empresa se le escapó. Tuve que llamar a un montón de números y fingir que era una persona distinta cada vez. Su asistente... ¿Cómo se llamaba?

—Patricia.

—Sí, ella... Ni siquiera lo intenté con ella porque no me habría dicho nada de todas formas, pero pensé que si intentaba localizar a alguien que fuera nuevo o no tuviera experiencia...

En fin. Grand Hotel, habitación 406. Según mi información, ahí es donde debería estar.

—Miró la hora y luego volvió a mirar a Bianca—.

Quiero decir, ¿dónde iba a estar si no a estas horas?

Bianca reflexionó un momento. Seguía sin saber cómo afrontar la situación.

Estrictamente hablando, Sofia no había visto nada sospechoso.

Por otra parte, resultaba bastante extraño que Benedetto hubiera afirmado que viajaba a Florencia el mismo día en que Bianca había partido hacia Camaiore.

Aunque Bianca tenía que admitir que los planes de Benedetto cambiaban a menudo en el último momento. Todo podía ser perfectamente inocente.

—¿Qué opinas? —preguntó Sofia.

—Estoy intentando decidir qué hacer ahora. ¿Llamar directamente a la habitación del hotel? Es decir... él sabe que no tengo el número de la habitación. Parecería completamente...

Paranoica.

—Entonces llámalo al móvil.

Bianca la miró interrogante. —¿Y después?

—Después verás si contesta. Y, si lo hace, puedes hablar un momento con él.

Preguntarle cómo está. Dónde está ahora mismo.

Preguntarle como quien no quiere la cosa qué día se marchó.

Si... —Sofia no continuó. Bianca sabía lo que quería decir.

Si mentía, sabría que estaba pasando algo.

Si decía la verdad y admitía sin reparos que había viajado a Florencia más tarde de lo que le había dicho, en cambio, volvería a quedarse tranquila.

Bianca respiró hondo, asintió y cogió el móvil con determinación para llamar a Benedetto.

Sonó varias veces antes de que él contestara.

—Hola —dijo. Parecía contento y agobiado al mismo tiempo.

—Hola. —Bianca puso el altavoz del móvil e indicó a Sofia por señas que guardara silencio.

—Perdona, aún no he tenido ocasión de ponerme en contacto contigo.

—¿Muchas reuniones?

—Sí, por desgracia.

—Vale... ¿Estás...? ¿Sigues fuera?

—Sí. Una reunión detrás de otra.

Bianca aguzó el oído. Pero, por mucho que se concentrara, apenas percibía ruido de fondo. —Espero que al menos tengas un buen hotel donde puedas descansar en condiciones.

—Sí. Estoy en el Grand Hotel. Se está muy bien aquí.

—¿Desde ayer? —Intentó parecer lo más despreocupada posible.

—Desde anteayer. Me marché de Ventimiglia el mismo día que tú, amore.

A Bianca se le cayó el alma a los pies. —Ah. Sí, claro. Cierto.

Hubo una breve pausa. Entonces él dijo: —Te echo de menos. Necesito de verdad unos días de descanso.

—Sí... ¿Cuándo vienes?

—Mi última reunión es el viernes por la tarde. ¿Quieres que salga justo después?

—Si quieres.

—Veré lo cansado que estoy, ¿de acuerdo?

—Sí.

—Le diré a Patricia que organice lo del chófer para el viernes por la tarde, por si acaso.

Patricia. La asistente personal de Benedetto. Casada, con dos hijos. Alta, voluptuosa. Bastante guapa. Y rubia. Demasiado rubia.

—¿Patricia está contigo en Florencia?

Él vaciló un instante. Durante una fracción minúscula de segundo. Tan minúscula que Bianca no estaba segura de si se lo había imaginado. Entonces se rio.

¿Con nerviosismo?

—No —dijo él—. Quería decir que la llamaré para que lo organice desde la oficina.

—Ah. Ya veo. Vale.

—¿Está todo bien, amore ?

—Sí.

—Estás muy parca.

—Solo estoy cansada. Voy a acostarme ya.

—Sí, dormir suena bien. Creo que haré lo mismo. —Otra vez aquella risa.

—Buenas noches, Benedetto.

—Buenas noches, amore. Ti amo.

Bianca colgó y miró el móvil como si fuera una cucaracha que le reptaba por la palma. Lo dejó caer sobre la cama y tragó saliva. Sofia se sentó a su lado y respiró hondo. —Vaya —dijo.

—Vaya —convino Bianca.

—Eso ha sido...

—Malo.

—Horrible.

Bianca asintió. —¿Estás segura? —preguntó mirando a Sofia—. ¿Absoluta y completamente segura de que lo viste aquella noche?

—Sí —dijo Sofia con voz abatida—. Me temo que sí.

Bianca asintió de nuevo y clavó la vista en la pared. No sabía qué sentía. ¿Rabia? ¿Decepción? Por alguna razón, ninguna de las dos encajaba del todo. Desconcierto era probablemente la palabra más adecuada. Estaba completamente desconcertada.

—Voy a llamar al hotel.

Sofia inspiró con fuerza y después asintió. —Sí. Eso... Quiero decir, ha dicho que seguía fuera, ¿verdad? Así que no puede contestar.

Bianca volvió a coger el móvil. Buscó los datos de contacto del hotel, marcó el número y se presentó en recepción con el nombre de una empleada de Exor, la empresa de Benedetto.

—Es urgente, tenemos una emergencia en la empresa —dijo—.

Por favor, páseme directamente con la habitación de mi jefe. La 406.

—Un momento, por favor —dijo la recepcionista.

Bianca esperó. El corazón le latía en la garganta. Con un gesto nervioso, se apartó un mechón de pelo de la cara y luego se llevó una mano al pecho, como si así pudiera calmar sus latidos.

No contestes, pensó. No contestes. Estás fuera. Dijiste que estabas fuera, dijiste...

—¿Diga?

Alguien había descolgado el teléfono. Había alguien en su habitación del hotel. Una voz conocida. Pero no era la voz de Benedetto la que oía al otro lado de la línea.

Alta, voluptuosa. Bastante guapa. Y rubia. Demasiado rubia.

Era Patricia, la asistente de Benedetto.