Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) Capítulo 4
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Capítulo 4

Después de una cena de cuatro platos, varias rondas de grappa , un sueño largo y profundo en una cama que parecía hecha de nubes y un espresso bien cargado para desayunar, Bianca comprendió con cada fibra de su ser por qué su tía quería vivir allí.

Ella misma ya se sentía como en casa, aunque había llegado hacía menos de veinticuatro horas.

Pero todos los huéspedes eran amables y abiertos, todo el mundo hablaba con los demás como si se conocieran de toda la vida y el personal trataba a los huéspedes como a miembros de la familia.

Era imposible no sentirse completamente a gusto allí, y Bianca tenía intención de envolverse en aquel ambiente como en un capullo.

Consideraba que se había ganado unas pequeñas vacaciones.

Los últimos meses habían sido estresantes, con innumerables compromisos de relaciones públicas y varios lanzamientos de productos nuevos, que a su vez habían supuesto una sucesión de fiestas de presentación.

¿Cuándo había tenido Bianca por última vez algo de tiempo para sí misma?

¿En Navidad? Su padre había cerrado la empresa durante las fiestas.

Dos semanas sin trabajar. Sin embargo, para Bianca apenas habían sido unas vacaciones.

Una reunión familiar había seguido a otra sin darle un respiro, y ella y Benedetto acababan de empezar a salir.

Eso había dejado muy poco tiempo para la propia Bianca, y las pilas de libros que cada año crecían más mientras esperaban a que los leyera habían vuelto a quedar desatendidas.

Bianca sonrió al posar la mirada en la mesilla de noche, donde la aguardaban cuatro gruesos libros que llevaba meses deseando leer.

Allí tendría tiempo para sí misma. Su tía se había ido a recostar un rato después del desayuno.

El calor del mediodía a veces le pasaba factura, así que prefería retirarse a su habitación durante las horas más calurosas del día.

Eso le brindaba a Bianca la oportunidad de explorarlo todo por su cuenta.

Los libros podían esperar hasta más tarde.

Salió de la habitación y bajó al vestíbulo. Tras la recepción había una mujer de la edad de Bianca a la que aún no conocía. Tenía un rostro afable, el pelo rubio dorado y unos grandes ojos azules que la observaban con franqueza.

—Tú debes de ser Bianca —dijo con una amplia sonrisa mientras se acercaba para estrecharle la mano—. Soy Emilia. La propietaria.

—Hola, encantada de conocerte. Y, en nombre de toda mi familia, me gustaría darte las gracias por cuidar tan bien de mi tía.

Emilia restó importancia al agradecimiento con un gesto. —Oh, no hay nada que agradecer. Es encantadora. Y nunca había visto a Gianni tan feliz.

—Qué bonito... Eh, ya que lo has mencionado, ¿puedo preguntarte por qué es el jefe de cocina? Quiero decir que es... Antiquísimo. ... no precisamente joven.

Emilia sonrió con complicidad. —Es una larga historia, y estaré encantada de contártela algún día después del trabajo, tomando una copa de vino. La versión corta es que lo hace feliz y no hay nadie mejor en lo suyo. Cenaste con nosotros ayer, ¿verdad?

Bianca asintió. El menú compuesto por vitello tonnato , ravioli verdes caseros con mortadela y pistachos como primo , una magnífica chuleta de ternera como secondo y una pequeña pero increíblemente intensa torta al cioccolato de postre la había entusiasmado y acompañado hasta en sueños.

—Entonces ya sabes a qué me refiero —dijo Emilia, interpretando correctamente su expresión, y se dio unas palmaditas en su esbelto vientre—. He engordado unos kilos desde que llegué aquí y no tengo la menor esperanza de volver a perderlos.

Bianca observó a Emilia y decidió que era preciosa. ¿Qué les pasaba a todas las mujeres de aquel lugar con sus vientres?

—Pienso probar todas las delicias que me pongáis delante —dijo Bianca—. Y no lamentaré ni un solo bocado.

—Esa es la única actitud sensata. Discúlpame, tengo que ocuparme de una cosa. Emilia alzó una mano para despedirse y volvió a desaparecer detrás de la recepción.

Bianca salió y dejó vagar la mirada por los terrenos del hotel.

Casi todas las tumbonas alrededor de la piscina estaban ocupadas y, sin embargo, el lugar entero parecía haberse rendido a una siesta colectiva.

Bianca cruzó unos metros del extenso césped y después alzó la vista hacia la terraza panorámica.

Allí había unas cuantas mesas pequeñas, rodeadas por una balaustrada de madera y protegidas bajo un dosel de tela blanca, con rosas rosas y rojas trepando alrededor de sus vigas.

Desde el frente de la terraza, la vista se extendía por viñedos en suave pendiente hasta el mar azul oscuro que centelleaba en el horizonte.

Imaginó cómo sería estar allí arriba: ella con un vestido blanco, Benedetto con su traje, apenas un puñado de personas a su alrededor, el sol en lo alto y el mar a lo lejos, en el horizonte.

—Precioso —susurró.

Sí, podía imaginarse perfectamente celebrando allí una ceremonia íntima.

A su madre no le haría ninguna gracia, pero la tía Flora y Benedetto tenían razón: era su boda.

Era adulta. Tenía que aprender a defender sus deseos.

Y, mientras que la idea de una celebración enorme orquestada por su madre le revolvía el estómago, la visión de aquel posible escenario para la boda la tranquilizaba y la llenaba de una tenue sensación de esperanza. Se veía allí.

Así que decidió seguir explorando. Al fin y al cabo, tendría que tomar una decisión muy pronto si de verdad quería cambiar el lugar. Su madre ya había empezado a planificarlo todo y, cuanto más esperara Bianca, más desagradable sería la conversación.

Bianca rodeó el hotel, contemplando los terrenos desde distintos ángulos, y decidió que quería saber algo más sobre el posible emplazamiento de su boda.

Fue hasta su coche y siguió las indicaciones hacia el centro del pueblo.

Aparcó en una calle lateral a la sombra y caminó hacia la Piazza .

La plaza principal era un gran óvalo, como era habitual en casi todos los pueblos y ciudades de Italia.

Las casas se alzaban pared con pared y formaban un círculo alargado alrededor de la plaza principal, con sus antiguos adoquines, sus bancos de piedra y su hermosa fuente, situada frente a una iglesia ancestral que dominaba la plaza.

Bianca se acercó a la alta puerta y leyó en un cartel junto a la entrada que aquella era la colegiata de Santa Maria Assunta, que se alzaba en aquel lugar desde hacía casi ochocientos años.

Bianca entró en la iglesia y se detuvo para empaparse de su atmósfera reverente.

Después volvió a salir al cegador sol del mediodía y miró a su alrededor.

Las casitas que rodeaban la Piazza estaban pintadas en colores pálidos: blanco, gris claro y amarillo.

Muchos postigos estaban cerrados para protegerse del calor, pero la plaza hervía de turistas.

Por el momento, Bianca apenas veía lugareños, aunque hacia las seis también ellos empezarían a regresar poco a poco del trabajo, de los viñedos o de la ciudad, para disfrutar de uno spritz o una copa de vino , picotear sin prisas delicias italianas e intercambiar los últimos cotilleos antes de volver a casa.

Entiendo por qué quieres quedarte aquí, tía Flora , pensó Bianca. A mí me pasa exactamente lo mismo.

Paseó por la Piazza , echó un vistazo a unos cuantos escaparates y después decidió abandonar la plaza abrasada por el sol y deambular por las callejuelas en sombra.

No tenía ni idea de lo grande que era el centro del pueblo y se limitó a vagar adonde la llevaran los pies.

Al final, se encontró en un callejón sin salida.

Frente a ella, la callejuela terminaba ante una estrecha casa de dos plantas cuyos postigos estaban pintados de un alegre tono morado que parecía no encajar en absoluto con los colores mediterráneos que predominaban en la zona.

Intrigada, Bianca se acercó a la casa y vio que era una librería.

El marco de la puerta estaba pintado del mismo color vibrante, mientras que la casa en sí estaba construida en piedra y parecía llevar allí siglos.

Miró por el escaparate junto a la entrada y descubrió al otro lado un maravilloso mundo en miniatura.

La imagen le dibujó al instante una sonrisa en los labios. La puerta principal estaba abierta y, junto a ella, había un letrero de colores decorado con flores, estrellas y una rueda de molino, bajo el cual aparecían escritas en letra fluida las palabras Al vecchio Mulino .

En el viejo molino.

Entró en la tienda y miró a su alrededor.

Le bastó una sola inspiración para que el corazón empezara a latirle con fuerza de emoción.

Algo se removió en su interior. Sensaciones cálidas y reconfortantes que le recordaban los días felices y despreocupados de su infancia.

Era el olor a madera y a libros lo que le aceleraba el corazón.

El aroma que compartían todas las bibliotecas del mundo.

Para Bianca, olía a refugio y relajación.

Olía a risas alegres de niños, a té caliente y a papel viejo.

Lo aspiró profundamente y saboreó el efecto que producía en ella.

Después avanzó unos pasos. Estaba sola en la tienda y podía contemplar sin prisas la escena que tenía delante.

Un escenario de cuento de hadas se desplegaba ante sus ojos.

Estanterías de madera hasta donde alcanzaba la vista.

Un suelo de madera que crujía y vigas de madera sobre su cabeza.

Solo había unas pocas ventanas pequeñas, pero numerosas lámparas de lectura envolvían la estancia en una suave penumbra y, al mismo tiempo, proporcionaban luz de sobra.

Junto a la entrada había un mostrador con una antigua caja registradora y, detrás, colgaban dos carteles en blanco y negro de Sophia Loren.

En uno, comía espaguetis; en el otro, estaba sentada en un sofá con la nariz hundida en un libro. Ambos carteles tenían marcos morados.

Bianca sonrió y dio unos pasos más por el crujiente suelo de madera.

En la parte trasera de la tienda encontró un acogedor rincón de lectura con robustos asientos de cuero y terciopelo oscuro.

Se volvió. También había unos cuantos sillones de lectura en la parte delantera de la tienda.

Estaban tapizados en terciopelo de diversos colores, lo que daba a la estancia un aire alegre.

Bianca alzó la cabeza y vio varias guirnaldas de luces de colores colgando sobre las estanterías.

—Son para las lecturas de Historias de la Luna —dijo alguien.

Bianca se volvió de golpe. Detrás del rincón de lectura había una estrecha puerta de madera, y una anciana acababa de aparecer en el umbral y la observaba con curiosidad—.

Las celebro todos los meses, siempre durante la luna llena —continuó mientras se acercaba a Bianca. Le tendió la mano—. Constanza.

Bianca tomó aquella mano nudosa. La piel de la anciana era sorprendentemente suave. —Bianca —se presentó—. Tienes una tienda preciosa.

— Grazie . Es mi niña. Una mujer necesita algo con lo que mantenerse ocupada cuando todos sus hijos han abandonado el nido.

Quedarse sentada sin más y alquilar un pequeño apartamento tampoco basta para llenar los días.

Sonrió, y sus ojos grises centellearon alegres.

A Bianca le cayó bien Constanza de inmediato.

Era una mujer atractiva, de espeso cabello blanco recogido en una gruesa trenza.

Su esbelta figura vestía unos elegantes pantalones de tela con una blusa a juego.

En su muñeca brillaba una pulsera con pedrería morada.

Solo entonces reparó Bianca en el bastón en el que se apoyaba Constanza.

Parecía más un accesorio que una necesidad, pues la mujer se mostraba en general asombrosamente ágil.

Constanza siguió la dirección de su mirada.

Alzó el brazo y le enseñó la pulsera más de cerca.

—Todo el mundo necesita un poco de color en su vida, ¿no te parece?

—Desde luego —respondió Bianca con una sonrisa.

—Las mujeres de mi edad siempre visten solo de negro o gris... Como si tuvieran algo de lo que esconderse.

—Algún día deberías conocer a mi tía. Piensa casi exactamente igual que tú.

—Bien por ella —dijo Constanza, asintiendo con aprobación—.

Tómate tu tiempo y mira cuanto quieras. Has tenido suerte: últimamente solo suelo abrir la tienda de viernes a domingo, a menos que alguno de mis clientes quiera venir otro día, en cuyo caso a veces abro de manera improvisada. Y hoy estoy esperando una entrega.

—Ah, espero no molestarte.

—En absoluto. Estás en tu casa. Mira todo lo que quieras. Dicho esto, Constanza pasó junto a ella y se dirigió hacia el mostrador.

Bianca no necesitó más alicientes. Fue mirando de una estantería a otra y admiró la irresistible lógica con la que Constanza había organizado su considerable surtido de libros.

No dudaba ni por un segundo de que la anciana conocía personalmente todos los libros de su tienda.

Probablemente sabía incluso el resumen del argumento, el autor, el género y su propia opinión sobre cada uno.

Era el tipo de tienda que estaba desapareciendo poco a poco del mundo. Una tragedia, a juicio de Bianca.

Avanzó junto a las estanterías que se extendían del suelo al techo, sacando un libro tras otro.

Clásicos, rarezas, libros infantiles, cuentos de hadas, varios títulos de no ficción que, según sospechaba Bianca, habían sido seleccionados personalmente por la propietaria y un rincón que contenía una mezcla de géneros, sobre el que colgaba una guirnalda de letras que formaba las palabras «Rincón favorito»; en rosa, naturalmente.

Bianca sentía curiosidad por descubrir qué libros había elegido Constanza como sus favoritos. El corazón le daba un pequeño brinco cada vez que encontraba uno que ella misma ya había leído y consideraba excepcionalmente bueno. Su mirada se detuvo en el lomo morado de un libro. Lo sacó.

Mi vida entre líneas, leyó.

Le dio la vuelta al libro y descubrió con asombro a una Constanza joven, en blanco y negro, que le sonreía desde la contraportada.

Bianca miró hacia el mostrador, donde la anciana hojeaba atentamente varias facturas.

Aún no sabía exactamente en qué clase de lugar había ido a parar.

Pero, en una fracción de segundo, la había cautivado.