Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Una hora después, Bianca se reunió con su tía en el vestíbulo.

Flora se cogió de su brazo y la guio por los terrenos del hotel.

Le enseñó su lugar favorito para sentarse en la terraza panorámica, una plataforma elevada construida delante del hotel, pegada a una ladera en pendiente, que ofrecía unas vistas magníficas de la campiña.

Le presentó a algunos huéspedes del hotel, volvió a entrar para enseñarle la biblioteca y su rincón junto a la chimenea y después la arrastró de nuevo al exterior, hasta el alto pino situado junto al hotel, que envolvía toda la propiedad con su dulce aroma.

—Es precioso de verdad —dijo Bianca, asintiendo con aprobación.

Después miró a la tía Flora con curiosidad.

—¿Y de verdad quieres quedarte aquí? Quiero decir, ¿ vivir en el hotel?

La tía Flora se encogió de hombros.

—Pensé... ¿por qué no? He ido a ver unas cuantas casitas. Pero aquí soy feliz. Y mientras a Emilia y Aurelio no les importe... Además, está cerca de Gianni.

Bianca sonrió.

—Ah, ¿sí?

Flora asintió y señaló un estrecho sendero que salía de un lateral de los terrenos del hotel y conducía a una extensa propiedad vecina.

—Su casa está allí detrás. Lleva décadas viviendo en ella.

—Qué bien —dijo Bianca, aunque no alcanzaba a ver gran cosa.

La propiedad estaba rodeada por muros altos.

—No siempre estuvieron ahí. Solo los levantaron después de que Emilia pusiera en marcha el hotel —explicó su tía—. A Giampaolo le gusta la tranquilidad.

—Entonces quizá debería jubilarse.

La tía Flora le dio un codazo en el costado y Bianca rio.

—Era una broma. Me parece maravilloso que esté tan lleno de energía. Tú necesitas a alguien así. Tampoco es que seas precisamente de las que se quedan quietas.

—En eso tienes toda la razón, cara. Y hablando de energía...

La tía Flora volvió la cabeza tan deprisa que le crujió el cuello. Tiró de la manga de Bianca.

—Ese tampoco está nada mal.

Bianca siguió su mirada y vio a dos hombres con pantalones de trabajo junto a un arbusto de varios metros de altura, dándole forma con unas grandes tijeras de podar.

Mientras tanto, parecían hablar en voz baja sin parar; el mayor lucía una expresión claramente avinagrada, mientras que el joven, que tendría más o menos la edad de Bianca, negaba con la cabeza a intervalos regulares.

—Ese es Pepe —susurró su tía, aunque los dos hombres se encontraban a varios metros de distancia y no podían oírlas—.

Ya está jubilado. Antes era el encargado de mantenimiento de aquí.

Pero el actual ha caído enfermo, así que lo está sustituyendo.

Y el otro es su hijo. Amadeo. Pepe lleva días arrastrándolo al trabajo con él.

Dios sabe por qué. Ahí pasa algo, te lo digo yo.

Pero todas las huéspedes le están muy agradecidas... ¿No da gusto ver a semejante criatura?

La tía Flora emitió un sonido de arrobamiento, lo que llevó a Bianca a mirarla con detenimiento.

—Vaya, no se te escapa una, ¿verdad?

Flora apartó brevemente la mirada del atractivo jardinero.

—¡Todavía puedo mirar! —replicó indignada.

—Claro —dijo Bianca, examinando de nuevo a Amadeo de arriba abajo.

Su tía tenía razón. Era bastante guapo. Alto y musculoso, con la piel bronceada por el sol, el cabello negro azabache y revuelto y unos ojos color avellana cargados de picardía.

Y luego estaban los pantalones de trabajo y las herramientas...

Sí, toda la escena le daba un aspecto semejante al de uno de aquellos calendarios de bomberos sexis. Solo que para jardineros.

Bianca volvió la mirada hacia el hombre mayor. Entonces cayó en la cuenta.

—¡Lo conozco! —exclamó.

—¿A Amadeo? ¿De qué?

—No, al otro. ¿Pepe? Me guio hasta aquí.

—Ah, ¿sí? —preguntó interesada la tía Flora—. ¿Iba su hijo en el coche con él?

Le guiñó un ojo.

Bianca descartó la insinuación con un gesto.

—No. No había nadie más en el coche. Él condujo delante de mí y me mostró el camino. Un tipo bastante brusco.

—Pepe es muy amable y servicial. Solo tienes que aprender a apreciar su encanto —explicó la tía Flora.

De repente, Pepe dejó lo que estaba haciendo y las miró como si las hubiera oído.

La tía Flora lo saludó con la mano. Pepe alzó sus pobladas cejas, luego le dijo algo a Amadeo entre risas y señaló a Bianca.

Ella sintió que las mejillas se le ponían escarlata cuando Amadeo miró por encima del hombro y la observó con una sonrisa.

—¿De qué están hablando? —preguntó la tía Flora.

Bianca se encogió de hombros. Pepe volvió a señalarla y después extendió las manos frente a sí como si estuviera conduciendo un coche.

—Ah —dijo Bianca.

Le ardía la cara.

—¿Qué? —preguntó Flora.

—El todoterreno de la empresa debe de haberle causado una gran impresión.

—¿El que lleva una foto enorme de tu cara pegada en todo el lateral? —preguntó Flora.

—Ajá.

Flora soltó una carcajada y después se cogió del brazo de Bianca.

—Sí, probablemente se convierta en toda una atracción por aquí. No dejes que te moleste, niña. Tu cara es lo bastante bonita para que todo el mundo la vea.

Bianca agachó la cabeza, avergonzada, y se volvió.

—Deben de pensar que soy una especie de princesa de la gran ciudad —le susurró a su tía.

Flora hizo un gesto desdeñoso y tiró de ella.

—Vamos, sigamos. Te enseñaré las preciosas praderas de flores silvestres que hay detrás de la casa de Gianni. Después nos prepararemos. El aperitivo es a las siete y la cena a las ocho.

Bianca liberó el brazo y rodeó los hombros de su tía con él.

—Te has instalado de maravilla aquí, tía Flora.

Flora se detuvo un momento y miró feliz a Bianca.

—¿Sabes qué, bambina ? La verdad es que sí.