Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Lo dices como si no tuviera importancia... Mis padres se casaron en la catedral de Ventimiglia —dijo Bianca, impaciente, porque ya le había contado aquella historia—. Y mis abuelos. También la tía Flora y mi tío. Y mis hermanos. No quiero que haya una discusión.

—Creía que tu tía se había casado en Venecia.

Bueno, había cosas que sí recordaba cuando se esforzaba.

—Sí. En secreto. Ellos dos solos, sin la familia. La boda de Ventimiglia fue solo de cara a la galería, según decía siempre mi tía. Pero, cuando mis abuelos lo descubrieron años después, se armó la de Dios es Cristo, te lo aseguro...

—Eres adulta, Bianca. Me niego a creer que tenga que recordártelo.

Benedetto parecía cada vez más impaciente.

Ella suspiró.

—Sí, tienes razón. Es solo que no quiero que se enfaden.

—No están enfadados. Te quieren. Quieren que seas feliz. Todos lo queremos.

—Lo sé, yo...

—Mira, si quieres casarte en otro sitio, por mí no hay problema. Organízalo y dime dónde tengo que estar el catorce de septiembre.

A Bianca le costó no interpretar aquella frase como pura indiferencia, pero se recordó que había interrumpido a Benedetto durante una reunión de trabajo.

—Entonces ¿no te importaría que organizáramos una boda pequeña? Tal vez... ¿aquí? ¿En la Toscana? ¿En Camaiore?

—Espera un momento...

Bianca oyó a Benedetto cubrir el teléfono con la mano y hablar con alguien al fondo. Después volvió a prestarle atención.

—Lo dejo en tus manos, ¿de acuerdo? Y no te preocupes por tus padres. Explícales por qué queremos casarnos en Camarona y...

—En Camaiore.

Benedetto soltó un suspiro irritado.

—... por qué queremos casarnos en Camaiore y no pasará nada. Al fin y al cabo, lo pago yo.

—No hace falta que...

—Lo sé, pero quiero hacerlo. Tu padre y yo ya lo hemos acordado.

Claro.

—Y si de verdad supone un problema tan grande, celebraremos dos bodas y punto —continuó Benedetto.

Su tono se había suavizado de nuevo.

—Podemos celebrar nuestra pequeña boda romántica en Camaiore y otra de cara a la galería en Ventimiglia. ¿De acuerdo?

Bianca sonrió.

—¿A ti... te parecería bien?

—Si tus padres insisten... Por mí, bien.

—De acuerdo, entonces... Lo pensaré durante los próximos días. Gracias.

—No tienes que darme las gracias.

—Estoy deseando que vengas.

—Yo también, amore. Dame unos días más, ¿de acuerdo? Todavía tengo que resolver unas cuantas cosas aquí.

—Sí. Hazlo. Hablamos pronto, Benedetto.

— Ciao .

Colgó y se preguntó qué debía pensar de la conversación que acababan de mantener.

Tenía la sensación de que las conversaciones con Benedetto seguían siempre el mismo patrón.

Él le mostraba afecto, pero enseguida perdía tanto el interés como la paciencia con las cosas que a ella le importaban.

Por lo general, lo justificaba diciendo que quería mantenerla con los pies en la tierra.

A ella, a Bianca, que había crecido protegida y rodeada de cuidados y que, al fin y al cabo, no sabía nada de nada.

Estás exagerando...

Pero ¿de verdad era así? Su relación con Benedetto había sido ambivalente desde el principio.

Había algo en ella que inquietaba a Bianca.

Se decía que eso era precisamente lo que hacía interesante la relación.

Electrizante. Emocionante. Lo necesitaba.

Si iba a escoger al hombre sensato , al menos quería que la relación fuera lo más emocionante posible.

Benedetto era exigente. Era dominante. Ambas cosas suponían desafíos que a Bianca le gustaba afrontar.

Y por eso la hacía aún más feliz que volviera a mostrar su lado cariñoso y tierno.

—Emocionante —se dijo—. Nunca me aburriré con él.

Repitió aquellas palabras en su mente como si fueran un mantra destinado a tranquilizarla.

Tenía que admitir que estaba nerviosa por la proximidad de la boda.

Y preocupada e insegura. Pero era perfectamente normal, ¿no?

Sí, de vez en cuando dudaba de que aquel fuera de verdad el camino correcto para ella.

Sin embargo, sabía que Benedetto era un buen partido.

No solo en términos económicos, porque aquello le importaba bien poco.

Era un hombre fuerte. Un hombre al que podía imaginar a su lado.

Se reprendió por cuestionarse, una y otra vez, si estaba haciendo lo correcto.

Ya no tenía dieciséis años. Había llegado el momento. Así de sencillo.

Se levantó con decisión, abrió la maleta y empezó a deshacerla.