Capítulo 3
—Flora, querida —dijo el hombre mientras tomaba la mano de la tía Flora y la rozaba con un beso—. Me había llegado el rumor de que tu sobrina estaba aquí.
Su mirada se posó en Bianca. Ella le ofreció la mano con cierta vacilación y él también la rozó con un levísimo beso.
—Es un honor —dijo—. Giampaolo Rattibaldo.
Se presentó dándose un breve golpecito en el pecho y después señaló con un dedo nudoso su gorro de chef.
— Capocuoco del Hotel Toscana Mare.
—Eh, sí. Eso había oído. Guau.
Él frunció el ceño.
—¿Qué significa eso? ¿«Guau»?
—Es una expresión de asombro.
Bianca se aclaró la garganta y susurró:
—¿Falta de personal?
—¿Cómo dices? —exigieron la tía Flora y Giampaolo con idéntica indignación.
—¡Nada! —se apresuró a decir ella—. Me parece estupendo. Que siga entregado a su vocación incluso a una edad tan avanzada...
Se interrumpió al ver cómo sus expresiones se volvían más serias a cada segundo.
—Nada —repitió—. El Aperol está muy bueno.
—Se lo transmitiré al camarero —respondió Giampaolo, desconcertado—. ¿Ha probado ya los crostini ?
—No.
—Pues tiene que hacerlo. He preparado el pan yo mismo.
Miró a la tía Flora.
—De masa madre —le confió en tono conspirador.
—¡Oh! —exclamó encantada la tía Flora.
Él asintió con entusiasmo.
—Quería probar algo nuevo para variar.
—Pues estoy deseando probarlo, Gianni.
—Mmm. Y el prosciutto ...
—¿De Castelfalfi? ¿DOP? ¿Curado durante dieciocho meses?
Giampaolo se inclinó un poco hacia la tía Flora y asintió con los ojos muy abiertos por la emoción. Bianca miró de uno a otro y tuvo la sensación irracional de estar presenciando una conversación extremadamente íntima. Apartó la mirada y alargó la mano hacia uno de los canapés .
—¡Espere! —bramó Giampaolo de repente, haciendo que Bianca diera un respingo—. ¡Tiene que comerse primero los otros!
—¿Cómo dice?
Giampaolo señaló los otros dos crostini , que no llevaban prosciutto por encima, sino una pasta verde. Ella miró al anciano con gesto interrogante. Él explicó:
—Un pesto suave de rúcula con un levísimo toque de guindilla. Solo perceptible en el paladar, como un delicado cosquilleo. Despierta las papilas gustativas. Así podrá apreciar mejor el jamón derritiéndosele en la lengua, ¿lo entiende?
—Eh... sí.
Giampaolo asintió para animarla. Bianca cogió con vacilación una de las rebanaditas de pan.
Se sentía un poco como si estuviera haciendo el examen de conducir, con el examinador pendiente de cada movimiento y de cada respiración demasiado ruidosa, tomando notas secretas de todo.
Giampaolo tenía la misma mirada evaluadora.
Bianca mordió el pan crujiente y se quedó maravillada ante la explosión de sabores que le inundó la boca en cuestión de segundos.
—Mmmm —murmuró.
Masticó unas cuantas veces más de lo que habría hecho sin público antes de tragar.
—Absolutamente delicioso.
— Grazie. Esto no es meramente decorativo, ¿sabe?
Una vez más, señaló orgulloso su gorro.
Bianca le sonrió.
—Así que mi tía y usted, ¿eh?
La expresión orgullosa desapareció del rostro del chef al instante y dejó tras de sí una mezcla de vergüenza y el semblante de un hombre al que habían pillado.
Volvió a inclinar la cabeza ante Bianca, apretó la mano de Flora y se marchó con una sonrisa cortés.
Bianca miró a su tía con expresión inquisitiva y recibió a cambio una mirada de reproche.
—¡Es un hombre a la antigua, cara !
—No tengo ni idea de qué se supone que significa eso en este contexto —replicó Bianca mientras se metía el resto del pan en la boca.
—No se puede preguntar algo así de una forma tan directa. No a un hombre como Giampaolo.
—¿Qué tenía de directa? —preguntó Bianca con la boca llena.
—Es un caballero. Y ahora piensa que estabas tratando de fisgonear.
Bianca tragó.
—¿Nos hemos metido en una novela de Jane Austen? ¿Desde cuándo eres tan conservadora?
—No lo soy. Es solo que no quiero que Giampaolo se sienta presionado. Es viudo.
Bianca miró a la tía Flora, perpleja.
—Tú eres viuda. ¿Estamos manteniendo siquiera la misma conversación?
—¡Sí! Los dos acabamos de empezar a descubrir cómo... funciona todo esto.
Bianca levantó una mano en actitud defensiva.
—Por favor, ahórrame los detalles.
—¡De verdad! No me refería a eso. Pero todo es muy tímido y romántico, vacilante y un poco incómodo: una caricia suave aquí, el roce de un beso allá... Pasitos diminutos.
—Una novela de Jane Austen. Lo que yo decía.
La tía Flora cruzó los brazos y fulminó a Bianca con la mirada. Pero entonces sus labios se curvaron en una sonrisa feliz.
—¿Sabes qué? Sí, tienes razón. Una novela de Jane Austen. ¿Satisfecha? Da gusto saber que también puedes sacar a relucir tu pasión por la lectura en conversaciones como esta. Pásame la bandeja de crostini.
Bianca sonrió y le dio a su tía una rebanada de pan cubierta de pesto.
—Cuidado, son adictivos —dijo Bianca.
—No me digas —replicó su tía, señalando con resignación su vientre perfectamente plano.
Las dos se comieron el pan y terminaron sus bebidas. Entonces su tía se puso en pie de un salto.
—Ahora te lo enseñaré todo —anunció entusiasmada.
Bianca también se levantó.
—Me encantaría que me lo enseñaras, pero antes quisiera asearme un poco, si no te importa.
—¡Oh, claro! Te enseñaré dónde está recepción. Tómate el tiempo que necesites para instalarte en tu habitación.
La tía Flora miró su reloj.
—Nos vemos dentro de una hora, va bene ?
Bianca abrazó a su tía, recogió el bolso y regresó al aparcamiento para sacar la maleta del coche.
Después entró en el pequeño y acogedor vestíbulo del hotel.
Una joven empleada le dio la bienvenida, se ocupó del registro y la acompañó hasta su habitación en la planta baja.
La estancia estaba decorada en un estilo típicamente toscano, con muebles robustos de madera, una cama con dosel de sólida estructura metálica y ropa de cama blanca, vigas de madera oscura atravesando el techo y varios cuadros en las paredes que representaban distintas escenas de la campiña toscana.
En la mesilla de noche había un ramo de flores secas.
Bianca se sintió como en casa al instante.
Se acercó a la puerta acristalada situada frente a la cama, apartó las cortinas de un blanco inmaculado y miró al exterior.
La puerta daba a una pequeña terraza con vistas a la piscina.
—De ensueño —susurró.
Pensó en lo que la tía Flora había dicho antes.
Ventimiglia, Génova, Florencia, Venecia. O aquí. Deberías tener todo cuanto desees, cara.
¿Aquí? ¿Sería posible? ¿Una boda pequeña y preciosa, de ensueño, en una finca de ensueño?
Pero ¿cómo reaccionaría su familia? Al fin y al cabo, se esperaba que Bianca invitara a todas las personas que importaban.
Y eso significaba, literalmente, todo el mundo .
Entre doscientas y trescientas personas.
Como mínimo. Sin contar el servicio de catering ni el equipo de fotografía.
Bianca suspiró. No quería una boda así. No iba con ella. Y algo de ese calibre ni siquiera era una boda, sino un evento. Un evento que giraba en torno a todos salvo a los novios.
—No, gracias —dijo.
No quería nada parecido y sabía que Benedetto opinaba lo mismo. Bueno, al menos creía que era así. En realidad, no lo habían hablado.
La organización de la boda queda en tus manos, amore. Quiero que tengas todo cuanto deseas. Tienes mi bendición para lo que quieras. Pero, por favor, hazme un favor a cambio: organízala tú sola, ¿de acuerdo?
Al principio, Bianca no había sabido si interpretar la declaración de Benedetto como desinterés o como una prueba de su amor. Había optado por lo segundo. Así que él se pondría de su parte. ¿Y sus padres? Tendrían que resignarse, sin más. Al fin y al cabo, era su día.
Decidida, se sentó en la cama y llamó a su prometido.
— Ciao, amore ! —dijo él al responder unos segundos después.
Parecía agobiado.
—¿Va todo bien? ¿Has llegado sin problemas?
—Sí. ¿Te molesto?
—Tú nunca me molestas. Estoy en una reunión que ya dura tres horas. La verdad es que estaba rezando para que hubiera un pequeño descanso. Y mira por dónde: has llamado tú.
Bianca rio.
—Solo quería oír tu voz. Ya se lo he contado a mi tía.
—Lo dices como si acabaras de someterte a una endodoncia.
—No, es solo que... Ha dicho algunas cosas que me han dado que pensar. Eso es todo.
—¿Sobre qué?
—Oh, sobre esto y aquello —respondió Bianca con evasivas.
—Te preocupas demasiado. Todo el mundo se puso muy contento cuando nos prometimos. Tanto tu tía como tus padres.
Claro. Al fin y al cabo, los tres planeasteis juntos la pedida de mano.
—Claro —dijo en su lugar—. Pero todo está sucediendo muy deprisa, y además tenemos que organizar esa celebración enorme en un tiempo récord.
—¿Tenemos?
—Tengo.
—Más bien tu madre. Y seguro que ya lo tiene todo preparado, dado que tu familia lleva generaciones casándose por tradición en la Cattedrale di Santa Maria Assunta de Ventimiglia.
—Bueno, precisamente quería hablarte de eso...
—¿Ah?
Su voz se oyó amortiguada; Benedetto parecía estar hablando con alguien que había al fondo mientras cubría el teléfono con la mano.
—¿Hola? —preguntó Bianca.
—Perdona —dijo Benedetto, ya con la voz clara de nuevo—. ¿Por dónde íbamos?
—Por la boda enorme en Ventimiglia.
—Ah, sí. ¿Y cuál era el problema...?
Bianca suspiró. Con Benedetto solía ocurrir aquello.
A menudo tenía la sensación de que no prestaba toda su atención.
Intentaba ser comprensiva. Él trabajaba muchas horas, estaba sometido a un estrés constante y hacía malabares con un millón de cosas a la vez.
Además, había dejado claro que no quería participar en la organización de la boda.
Aun así, ¿de qué servía tener pareja si no podía estar a su lado en una crisis?
—No sé si esto es lo que quiero de verdad, Benedetto.
—¿El qué?
—Esta boda. En Ventimiglia. Con un millón de personas a las que ni siquiera conozco.
—Entonces nos casaremos en otro sitio.