Capítulo 2 #3
Bianca reflexionó durante un momento. Nunca se lo había preguntado de verdad.
O, para ser más exactos, nadie le había preguntado nunca a ella eso .
—Pequeña —dijo—. Quiero una boda pequeña.
Nada demasiado formal. En algún lugar bonito.
Quizá en un hotelito lejos de casa. Solo con las personas que más me importan a mi alrededor.
Tal vez… Se interrumpió al ver la expresión triunfal de la tía Flora. —¿Qué? —preguntó con recelo.
—Nada, solo que… parece que al final hice bien las cosas —respondió su tía con un guiño.
Bianca la miró sorprendida. —¿Qué quieres decir?
—He estado haciendo algunas averiguaciones por aquí.
Estableciendo contactos. Pensé que debías disponer de todas las opciones posibles para celebrar la boda de tus sueños.
No sabía qué estabas planeando. Creía que teníamos hasta el año que viene y que tendrías tiempo de verlo todo con calma.
Ventimiglia, Génova, Florencia, Venecia.
O aquí. Deberías tener todo lo que desees, cara.
Al fin y al cabo, se supone que será el día más feliz de tu vida.
Pero, si ahora todo tiene que hacerse tan deprisa…
bueno… creo que aquí podrías celebrar una boda relajada.
Pequeña pero perfecta, solo con las personas que más importan.
Y aquí también tendrías mucha ayuda. De personas que sí te preguntan qué quieres…
Flora le dirigió una mirada cómplice que aludía con toda claridad a la madre de Bianca, demasiado aficionada a controlar todos los aspectos de la vida de los miembros de su familia más cercana. Tanto profesionales como privados.
Bianca contempló atónita a su tía. —¿Ya has estado haciendo averiguaciones aquí? ¿Sobre… cosas de bodas?
— Sí.
Bianca sonrió y sintió cierto alivio. La tía Flora estaba de su parte.
Eso significaba que todo iba bien. Miró a su alrededor.
Flora tenía razón. A primera vista, aquella encantadora finca parecía perfecta.
Hablaría de ello con Benedetto. A él tampoco le entusiasmaba precisamente la idea de tener que soportar una boda enorme e impersonal, organizada por otras personas. —Me lo pensaré. Gracias, tía Flora.
—Lo que sea por ti, mia tesora.
Bianca dio un sorbo y decidió quitarse también de encima el otro motivo de su visita. El asunto que debía plantear en nombre de la familia. —Sabes por qué estoy aquí en realidad, ¿verdad?
—¿Para visitar a tu tía favorita? Flora volvió a cogerle la mano.
—También. Mis padres…
—¿Están bien?
—Están preocupados.
—¿Por ti? El rostro de la tía Flora era la viva imagen de la inocencia. Frunció los labios, cogió su Limoncello y bebió un sorbo.
—¡Por ti! —replicó Bianca.
La tía Flora hizo un gesto desdeñoso y concentró su atención de manera exagerada en las vistas de la piscina.
—Flora… —la advirtió Bianca—. Solo quieren asegurarse de que estás bien.
—Mira a tu alrededor, bambina. Flora hizo un gesto que abarcó todo cuanto las rodeaba.
—Es precioso. Pero no entienden por qué prefieres estar aquí sola en lugar de en Ventimiglia con tu familia. ¿Y tu casa? ¿Tus amigos?
—El jardinero y la cocinera cuidan de la casa, y si mis viejos amigos quieren verme, pueden visitarme aquí cuando quieran. Además, no estoy sola.
—Ah. El jefe de cocina. Ya veo. Esto… ¿no es un poco joven para ti, si no te importa que te lo pregunte?
—¿Joven? —preguntó la tía Flora, genuinamente desconcertada.
—Bueno, si trabaja aquí, todavía no puede rondar los sesenta y cinco o ya estaría jubilado. Y tú…
—¡Cuidado! —espetó la tía Flora, entornando los ojos hasta convertirlos en dos rendijas.
—Solo digo… Bianca se encogió de hombros.
—¿Así que una dama hermosa, elegante y distinguida como yo no puede tener un hombre más joven? ¿Eso intentas decirme?
— Yo no intento decirte absolutamente nada. Ni siquiera quiero mantener esta conversación. Me han enviado mis padres. Pero sí, creo que lo apropiado sería que nos presentaras a ese hombre. Así se quedarían tranquilos y podrían cerciorarse de que aquí no ocurre nada indebido.
La tía Flora la miró con recelo. —Hablas como tu madre.
—Eso ha dolido.
—Pero muy bien, tienes razón. Te lo presentaré. Y mira tú por dónde, qué casualidad. Ahí viene. El rostro de la tía Flora se iluminó. Alzó un brazo y saludó a alguien que se encontraba detrás de Bianca.
Bianca se volvió y dio un respingo de sorpresa.
Primero se quedó atónita y luego confusa.
El hombrecillo que se acercaba a ellas sonriendo no tenía nada de joven.
Era viejo. Más viejo que la propia vejez.
Antiquísimo, arrugado y con unas gruesas gafas que hacían que sus ojos pareciesen enormes.
Avanzaba con pasitos cortos hacia ellas, sacando pecho con orgullo y saludando cortésmente con la cabeza a los huéspedes junto a los que pasaba.
Sobre la cabeza llevaba un alto gorro de chef que parecía casi más grande que él.
Bianca se volvió hacia su tía y la miró atónita. —¿Se supone que ese es el jefe de cocina?