Capítulo 2
Bianca sonrió. El corazón le latía con fuerza de alegría y echó a correr hacia su tía.
La había echado muchísimo de menos. Se fundieron en un abrazo y se estrecharon con fuerza.
Entonces la tía Flora apoyó las manos en las mejillas de Bianca y la examinó con atención.
—Tan guapa como siempre. ¿Sigue todo donde debe estar?
—Creo que sí —murmuró Bianca con los labios fruncidos por la presión de las manos de su tía.
—Ay, mia bella bambina , cada año estás más guapa. ¡Mira qué ojos tan enormes, de cervatilla! ¡Ay! La soltó, retrocedió un paso y contempló el aspecto de Bianca desde algo más lejos. —Te has cortado el pelo.
—Me lo han cortado.
—Eso quería decir. Te da un aire muy elegante. Te sienta fenomenal. Estás preciosa, Bianca.
—Gracias.
—¿Y a qué se debe? No será por una ruptura, ¿verdad?
Bianca desechó la sugerencia con un gesto. Le pareció percibir una nota de esperanza en la voz de la tía Flora. —No —dijo—. Por la nueva crema facial de papá.
—Ah. La tía Flora asintió con aire entendido. Después se cogió del brazo de Bianca y tiró de ella. —Primero vamos a tomar un caffè , ¿sí?
—Me encantaría.
—Luego te lo enseñaré todo. Y te presentaré a todo el mundo.
—Estoy deseando verlo. Bianca contempló a su tía de reojo.
Era una mujer atractiva, con una presencia imponente.
Flora podía tener a una sala entera pendiente de ella antes siquiera de pronunciar una palabra.
Era la viva encarnación de una gran dama: vestía con gusto, llevaba siempre las uñas perfectamente arregladas y lucía con orgullo su todavía abundante cabello negro, surcado de mechones blancos y peinado, sin duda, por un peluquero de talento.
A Flora le gustaba decir que Bianca y ella tenían los mismos ojos, algo que, por supuesto, solo era cierto a medias, pues no las unía ningún vínculo de sangre.
Aun así, a Bianca le agradaba que su tía viera entre ellas un parecido al que tanto ella como el resto de la familia solían ser incapaces de encontrar.
—¿Qué tal el viaje? La tía Flora atravesó la entrada principal abierta del hotel y condujo a Bianca por el acogedor vestíbulo.
—Largo —respondió Bianca.
—Qué tontería. ¿Cuánto se tarda en llegar en coche desde casa? ¿Tres horas?
—Cuatro. Y solo si no te pierdes. Cosa que yo hice.
La tía Flora le lanzó una mirada de soslayo, evaluándola. —Pero tienes uno de esos chismes que te indican el camino, ¿no?
—Se declaró en huelga.
—¿Las máquinas también se declaran en huelga?
La tía Flora negó brevemente con la cabeza.
—En qué tiempos vivimos. Vamos. Arrastró a Bianca escaleras arriba por unos peldaños de piedra hasta la primera planta, recorrió con ella un breve pasillo y salió a la terraza bañada por el sol.
Saludó con la cabeza al puñado de huéspedes que también se encontraban allí.
—A última hora de la tarde —le susurró a Bianca, como si fuera un secreto—.
Entre las horas de más ajetreo. El hotel siempre está completo.
Los pobres propietarios, Emilia y Aurelio —son encantadores, te caerán de maravilla—, llevan siglos queriendo irse de luna de miel —continuó Flora con jovialidad—.
Se casaron a principios de marzo. Me invitaron.
¡Fue precioso! Le dirigió a Bianca una mirada cargada de intención, pero, como esta no reaccionó, prosiguió tan campante.
—Pero, como la temporada alta empieza en mayo, no pudieron marcharse enseguida, ¿entiendes?
Creo que han planeado el viaje para finales de otoño.
Mientras hablaba, Flora señaló hacia abajo, al otro lado de la balaustrada.
Bianca frunció el ceño, sin saber muy bien qué se suponía que debía mirar. Flora comenzó a señalar con mayor ímpetu. —¡Ahí, mira!
—Sí, sí, pero ¿qué estoy mirando? —preguntó Bianca, inclinándose sobre la balaustrada.
—¡La piscina!
—Sí, es preciosa. Y lo era de verdad. Una piscina infinita construida justo al borde de los parterres descendentes, de modo que desde el borde frontal se alcanzaba a ver hasta la costa.
—Preciosa. Y llena. Ahora Bianca comprendía a qué se refería su tía.
Todas las tumbonas que rodeaban la piscina estaban ocupadas.
Huéspedes jóvenes y mayores tomaban el sol o leían libros y revistas a la sombra de las sombrillas.
Todo aquel lugar irradiaba descanso y vacaciones de verano.
Era perfecto. Bianca se sentó con su tía a una mesa bajo una sombrilla y sonrió a Flora. —Qué vida tan estupenda tienes aquí.
—Ay, bambina , no tienes ni idea. Los ojos oscuros de la tía Flora se iluminaron y ella sonrió con picardía. Pero antes de que Bianca pudiera preguntarle qué pensamiento repentino había provocado aquel brillo, llegó un camarero y preguntó qué deseaban tomar las señoras.
— Un caffè —dijo la tía Flora justo cuando Bianca pedía un Aperol Spritz.
La tía Flora pareció sorprendida por un instante, pero enseguida sonrió radiante.
—Ay, pues yo tomaré otro. Ah, y due bicchieri di Limoncello, per favore.
Gracias, caro. El camarero asintió amablemente y desapareció.
Flora saludó a alguien con la mano y luego volvió a mirar a Bianca.
—¿Y bien? ¿Cómo está Benedetto? ¿También vendrá aquí?
Una vez más, Bianca percibió el trasfondo de la voz de la tía Flora; esta vez, con absoluta claridad.
En el fondo, lo agradecía bastante. Toda su familia había acogido a Benedetto con los brazos abiertos desde el primer momento, incluso antes de que él y Bianca fueran oficialmente pareja.
Solo la tía Flora no lo había hecho. Siempre lo había tratado con una reserva impropia de ella.
Bianca quiso responder, pero, justo cuando abrió la boca, alguien se acercó a la mesa y la tía Flora entabló una breve conversación.
Aquello dio tiempo a Bianca para escoger las palabras adecuadas con las que comunicarle la noticia que constituía el principal motivo de su visita.
O, mejor dicho, aquella noticia se parecía más a una pequeña confesión y aún no sabía cómo se la tomaría su tía.
Por supuesto, Flora estaba al tanto de su compromiso con Benedetto.
Había estado presente. La gran celebración de la empresa en marzo: Bianca, Benedetto, el resto de la familia Donzeppi y ciento cincuenta de sus amigos más íntimos, como siempre decía entre risas el padre de Bianca.
En aquel momento, Benedetto y Bianca solo llevaban cuatro meses juntos, pero él había decidido, por lo visto, que había llegado la hora.
Y se había presentado ante su padre.
Y le había pedido la mano de su hija.
A nadie le había parecido necesario informar a Bianca de aquella conversación.
En lugar de eso, Benedetto había subido al pequeño escenario de la celebración de la empresa y le había hecho una proposición de matrimonio romántica —y muy, pero que muy pública— delante de las más de ciento cincuenta personas.
Más de ciento cincuenta pares de ojos se habían clavado en ella.
Y no menos cámaras de teléfonos móviles.
Por no hablar de las cámaras profesionales del equipo de fotografía contratado especialmente por su padre.
En un momento así, solo cabía una respuesta.
Y no era la que Bianca había querido dar en realidad.
Eh, ¿puedo tomarme un momento para pensarlo? ¿Uno o dos… años?
No, así no se respondía. Se decía que sí. Al hombre. Y al anillo, cuya resplandeciente piedra preciosa podrían haber visto a simple vista los astronautas a bordo de la Estación Espacial Internacional.
Como si obedeciera a una señal, la mirada de Bianca se posó en el enorme pedrusco de su dedo anular izquierdo.
No pasaba nada. Quería a Benedetto. Y, después de todo, Benedetto y los padres de Bianca tenían razón, ¿no?
Ya era hora. Bianca había pasado de los treinta.
En algún momento tenía que empezar la vida seria.
¿Por qué no con un hombre apuesto y de éxito como Benedetto? ¿A qué estaba esperando?
Aun así, nunca había logrado librarse del todo de la sensación de que todo estaba ocurriendo demasiado deprisa. Muchísimo más deprisa de la cuenta. Por eso le había pedido a Benedetto que su compromiso durase un año.
Tiempo suficiente para estar absoluta y completamente segura.
A él le había parecido bien. Sin embargo, hacía poco el plan había cambiado.
Y eso, a su vez, era lo que Bianca debía confesarle a su tía.
Porque, a diferencia del resto de la familia Donzeppi, la tía Flora había sido la única a la que no se le habían llenado los ojos de lágrimas al presenciar aquella teatral proposición de matrimonio.
En vez de eso, había parecido horrorizada. Y un poco compasiva.
—Ese era Antonio Moretti —dijo la tía Flora, volviéndose de nuevo hacia ella—. Un buen hombre. Abogado. Viene a la Toscana todos los julios. Se inclinó hacia Bianca. —Sin su mujer ni sus hijos —susurró.
Bianca le sonrió. El camarero llegó y les sirvió las bebidas. Junto a los cuatro vasos de la bandeja había una pequeña fuente de canapés. —¿Hemos pedido eso? —preguntó Bianca.
—No. Es mi pequeño obsequio de la cocina —explicó la tía Flora, guiñándole un ojo al camarero—. Por favor, dile a Giampaolo que tiene que dejar de cebarme.
—El chef Rattibaldo dijo que eso sería lo que respondería. También me pidió que le dijera: «Este es su prosciutto favorito, que he ido al mercado a comprar expresamente». El camarero se aclaró la garganta y miró a su alrededor con disimulo. —¿Puedo marcharme ya?
—Puedes.
La tía Flora se inclinó mucho sobre el plato y, con los ojos cerrados de placer, olisqueó el surtido de crostini . Bianca se acercó y le dio un codazo. —¿El chef Rattibaldo? —preguntó.
La tía Flora asintió, con la mirada clavada con anhelo en los cuatro trozos de pan. —Giampaolo es el capocuoco. Todos en la cocina obedecen cada una de sus órdenes.
—¿Estás saliendo con el jefe de cocina? —preguntó Bianca, optando por un enfrentamiento directo.