Capítulo 1
Tres semanas antes.
Bianca estaba sentada en su coche, en medio de las colinas toscanas, sin la menor idea de por dónde debía ir.
—La historia de mi vida —murmuró, fulminando con frustración el navegador, que se había dado por vencido ante un sinfín de caminos rurales sin nombre; llamarlos «carreteras» apenas parecía apropiado en aquel lugar.
Abrió la puerta, salió y miró a su alrededor.
Aquello no contribuyó en nada a mejorar su inexistente sentido de la orientación, pero al menos ya no estaba allí sentada, mirando al vacío.
Se inclinó por la ventanilla abierta, estiró el brazo por encima del asiento y sacó el móvil del bolso. Contempló la pantalla con indecisión, preguntándose a quién debía llamar. Y, lo que era más importante, qué debía preguntarle.
Hola, estoy en la esquina de Colina Verde con Arbusto de Lavanda. ¿Alguna idea de por dónde sigo?
Suspiró, se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón y volvió a mirar a su alrededor.
Entonces oyó un motor y se dio la vuelta de golpe.
Un pequeño Fiat rojo que parecía haber presenciado la Segunda Guerra Mundial en primera persona avanzaba resoplando hacia ella.
Bianca levantó un brazo y el coche redujo aún más la escasa velocidad a la que ya circulaba.
Un hombre menudo de unos sesenta años asomó la cabeza por la ventanilla.
—¿Una avería? —preguntó, observando su todoterreno con interés.
—No. No estoy del todo segura de por dónde debo ir. ¿Podría decirme dónde está el Hotel Toscana Mare ?
El hombre seguía con la mirada clavada en su coche. Resopló y luego miró directamente a Bianca.
—Sígame.
Bianca sonrió, agradecida.
—Gracias. Pero puede limitarse a explicarme el camino. No hace falta que se desvíe por mí...
—¿Tengo pinta de guía turístico?
—¿Cómo dice?
—Voy allí de todos modos. Sígame.
—Ah. De acuerdo. ¡Gracias! Bianca regresó a toda prisa a su coche, arrancó el motor y se disponía a apartar el todoterreno del camino para que el hombre mayor pudiera pasar con su cochecito.
Pero él no mostró la menor intención de esperar.
En vez de eso, arrancó de inmediato y ya había recorrido la mitad del espacio junto a su vehículo antes incluso de que ella pusiera las manos en el volante.
—¡Espere! —gritó, contemplando horrorizada cómo la carrocería roja y medio oxidada avanzaba tan pegada a su coche que apenas habría cabido una hoja de papel entre ambos. Cerró los ojos y rezó para no oír el crujido del metal al rozarse. Su padre la mataría.
Un frenético bocinazo hizo que volviera a abrir los ojos de inmediato. El anciano ya se había detenido delante de ella y gesticulaba como un poseso en el espejo retrovisor.
—Vale, vale —murmuró Bianca, haciéndole ráfagas con los faros—. Ya podemos irnos.
El coche de delante se puso en marcha y Bianca también pisó el acelerador.
Sin embargo, debía de haber unos cien caballos de diferencia entre el Fiat rojo y el todoterreno negro de la empresa, así que Bianca estuvo a punto de empotrarse contra la parte trasera del coche de su guía.
Pisó el freno a fondo y el vehículo se detuvo tan bruscamente que el cinturón de seguridad la dejó sin aliento.
El coche rojo también se detuvo y el hombre se asomó por la ventanilla.
—¿Qué se cree que está haciendo?
Bianca hizo un gesto de impaciencia y volvieron a ponerse en marcha. Se esmeró en pisar el acelerador con suavidad. Y así siguió al pequeño Fiat a lo que le pareció paso de peatón, con tiempo de sobra para disfrutar del paisaje estival de la Toscana.
Ir allí había sido una buena idea. Apenas había podido soportar los constantes cuchicheos de su familia y su impaciencia recelosa en todo lo relativo a su tía.
La tía Flora se había ido de vacaciones a la Toscana el año anterior y, sencillamente, nunca había regresado.
O, al menos, nunca por mucho tiempo. Visitaba de vez en cuando a la familia y asistía a los actos importantes de la empresa familiar.
Sin embargo, aparte de eso, su villa permanecía vacía y, al parecer, ella prefería vivir allí sola a estar rodeada de su familia en Ventimiglia.
En realidad, Bianca no veía nada malo en ello.
La tía Flora ya tenía una edad y sin duda estaba en su pleno derecho de vivir como le viniera en gana.
Pero la familia empezaba a impacientarse.
¿Qué hacía allí? ¿Había conocido a alguien?
¿Era siquiera decoroso algo así a su edad?
Dios no quisiera que cayera en las garras de un cazafortunas o de cualquier otro tipo de estafador.
Se oían historias... Y, al fin y al cabo, la tía Flora era rica. Como el resto de la familia.
Los ricos eran propensos a sufrir una paranoia extrema.
Bianca siempre lo había sostenido. La idea la hizo sonreír.
Su tío, el marido de la tía Flora y hermano del padre de Bianca, había muerto casi diez años atrás.
¿Por qué debía condenarse a la tía Flora a permanecer sola?
Solo cabía esperar que hubiese encontrado a alguien.
Y por eso estaba Bianca allí. Oficialmente, su familia la había enviado para llevar a su tía de vuelta a casa. Extraoficialmente, había ido porque la quería y la echaba de menos.
Y porque tengo que darle un mensaje personal...
La tía Flora siempre había sido la única persona con quien Bianca sentía que podía ser ella misma.
La única con quien podía hablar de sus deseos y sus sueños sin que la reprendieran ni se rieran de ella.
No es que la familia de Bianca no fuera cariñosa.
Bianca quería a sus padres, a sus dos hermanos mayores y todo lo que representaba la familia Donzeppi.
Salvatore, el padre de Bianca, y su hermano habían transformado una pequeña empresa familiar, tradicional y con una larga trayectoria en el comercio de joyas durante generaciones, en una enorme corporación.
Se habían asegurado de que a nadie le faltase nunca de nada y habían acumulado éxito, dinero, prestigio y poder.
Ya no se limitaban a comerciar con joyas, sino que también las fabricaban.
Además, habían desarrollado su propia línea de cosméticos e invertido gradualmente en propiedades.
Sí, Bianca siempre había disfrutado de una buena vida.
Pero todo estaba supeditado a la empresa familiar.
Cada cual tenía un papel que desempeñar.
Se esperaba de ellos que vivieran por y para la familia.
No había otro camino. El padre y el tío de Bianca nunca habían conocido otra forma de vida y esperaban que la siguiente generación siguiera sus pasos.
Por eso Bianca era hija antes que mujer independiente.
Y, como no tenía título universitario —Bianca se había negado en redondo a estudiar Administración de Empresas, algo prácticamente obligatorio en su familia—, el único papel que le quedaba era el de anuncio andante.
Era la bonita cara de muñeca de la empresa.
Sonreía desde folletos y carteles; de hecho, hasta sonreía desde el coche de empresa que su padre había insistido en que condujera cuando fuese a buscar a su tía.
La vida de Bianca consistía en obligaciones familiares, que soportaba con paciencia inagotable y una sonrisa constante solo porque, de vez en cuando, las animaba con pequeños actos simbólicos de rebeldía.
Unas semanas antes, por ejemplo, su padre había mandado imprimir la cara de Bianca en el envase de su última crema facial sin consultárselo.
Al día siguiente, Bianca había entrado con paso decidido en una peluquería y se había cortado su característica melena larga y lisa, dejándosela en un bob corto que ahora lucía con sus rizos naturales.
El cabello oscuro apenas le llegaba a la barbilla y un flequillo desenfadado le cubría la frente.
A su padre casi se le habían salido los ojos de las órbitas al ver la transformación, pero la había aceptado sin hacer comentarios.
La confrontación directa no era su fuerte.
Fabia, la madre de Bianca, solía encargarse de eso por él...
Bianca suspiró y sopló para apartarse el flequillo de la frente mientras seguía al Fiat rojo a paso de tortuga.
Con el todoterreno, podría haber recorrido en dos minutos la distancia que habían cubierto hasta entonces.
En aquel momento, sin embargo, no pudo evitar preguntarse si no habría llegado antes a pie.
—Da igual. Tengo tiempo —se dijo, apoyando el codo en la ventanilla abierta.
Hasta entonces, los hombres de su vida también habían constituido un largo desfile de actos de rebeldía.
Pero, con el tiempo, hasta Bianca se había cansado de la sucesión de músicos callejeros tatuados, universitarios idealistas que habían abandonado los estudios, activistas políticos veganos y deportistas profesionales obsesionados consigo mismos.
Al cumplir treinta y dos años, para ser exactos.
Fue entonces cuando descubrió que incluso ella —¿quién lo habría imaginado?
— tenía algo parecido a un reloj biológico que empezaba a hacer tic-tac.
Así que se había puesto a buscar algo sensato , significara lo que significase aquello.
No estaba del todo segura de si había seguido sus propios gustos o los de su familia, pero unos meses antes Benedetto había irrumpido por casualidad en su vida.
Era encantador, inteligente y rico, tenía los pies firmemente asentados en la tierra y procedía de —probablemente el mejor argumento de venta en opinión de sus padres— una buena familia.
—Dinero de toda la vida —había murmurado con aprobación el hermano de Bianca.
Ella no había deseado otra cosa que vomitar y emprender su siguiente acto de rebeldía.
Pero se lo había pensado mejor. ¿De verdad estaba bien dejar a un hombre que le gustaba por el mero hecho de que también gustara a su familia?
No.
Era feliz, ¿no? Podía imaginar un futuro con Benedetto. Y eso era lo que importaba al final, ¿verdad?
El resplandor de las luces de freno del coche que tenía delante la devolvió a la realidad.
El Fiat traqueteó al tomar una curva, recorrió un largo camino flanqueado por cipreses y se detuvo en un aparcamiento grande.
Bianca aparcó a su lado. Antes de que pudiera darle las gracias al hombre, este ya había desaparecido.
—Pues muchas gracias —murmuró Bianca, mirando a su alrededor.
El hotel donde se había instalado su tía era precioso.
Se trataba de un pequeño e idílico hotel boutique de estilo rústico, rodeado de un jardín con un paisajismo impresionante.
El aire olía a pinos, flores estivales y caffè bien cargado.
—Hablando de eso... —murmuró Bianca, contemplando la pintoresca terraza soleada del primer piso, que sin duda ofrecía unas vistas magníficas de las verdes colinas cubiertas de viñedos que descendían suavemente hacia el mar.
Pero no llegó hasta allí. Un grito de alegría la sobresaltó. Se volvió y vio a su tía Flora corriendo hacia ella con los brazos extendidos.
— Cara! —gritó, con una sonrisa de oreja a oreja—. Por fin, mia tesora .