Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5)
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Prólogo
Fue la visión del prado de flores silvestres lo que la serenó.
La misma que la había cautivado desde el primer instante.
¿Cuánto tiempo hacía de aquello? De aquel momento en que todo seguía estando bien.
Cuando sabía exactamente cómo serían los siguientes años de su vida.
Parecía que hubiera transcurrido una eternidad.
En realidad, solo habían pasado seis semanas. Desde entonces, todo había cambiado.
¿Y ella? ¿También había cambiado?
Solo podía confiar en que así fuera. Si todo el caos en que ahora consistía su vida había de servir para algo, tendría que ser, sin duda, para haber madurado como persona.
Por fin había intentado hacerse mayor y había fracasado. Había intentado, por primera vez en su vida, afrontar sus propios sueños y también había fracasado en eso. A partir de ahora, las cosas solo podían mejorar.
— ¿Verdad? —preguntó Bianca en voz baja, echando un poco la cabeza hacia atrás para que la intensa luz del sol le hiciera cosquillas en la nariz. Se subió las grandes gafas de sol hasta el pelo, cerró los ojos y saboreó el calor estival sobre la piel.
Más que nada en el mundo, deseaba quedarse allí para siempre.
Allí, en la pequeña casa de piedra a las afueras de Camaiore, desde la que se contemplaban los interminables viñedos de la Toscana.
En su querida terracita, respirando el aroma de la tierra calcinada por el sol, el romero silvestre y la fragante adelfa.
Volvió a bajarse las gafas, abrió los ojos y miró a su derecha.
El arbusto de adelfa, espléndido con sus flores rosadas, era casi tan alto como la casa de dos plantas en la que se había refugiado.
Se apretaba contra la pared como si quisiera abrazarla.
¿Cuánto tiempo llevaría allí? ¿Veinte años?
¿Treinta? Una imagen de permanencia en un mundo que cambiaba sin cesar.
— Qué fácil lo tienes —susurró Bianca, preguntándose si estaría perdiendo la cabeza por envidiar a una planta.
Sabía que algo tenía que suceder. Sencillamente, no sabía qué.
¿Qué camino debía tomar? Había llegado la hora de decidir.
¿Volver a casa, al seno de su familia, a terreno conocido?
Sería la opción más fácil. Estaría bien cuidada.
No tendría que correr ningún riesgo si no quería.
Podría regresar al calor del nido. Soportaría las sonrisas colectivas e indulgentes de su familia.
Y esas miradas de «ya lo sabíamos». ¿Por qué no?
Al fin y al cabo, así había pasado toda su vida.
O podía recomponerse. Afrontar la aventura.
Ser valiente. Valerse por sí misma. Emprender un camino sin familiares que le dedicaran sonrisas condescendientes, pusieran los ojos en blanco o le dieran palmadas en la espalda, pero también sin abrazos reconfortantes.
Un camino que tendría que recorrer sola cuando las cosas se pusieran difíciles.
¿Estaba preparada para eso? ¿Acaso era capaz?
Bajó la mirada hacia su regazo y acarició con ternura el viejo libro encuadernado en cuero morado que había llegado a sus manos poco después de su llegada.
Mi vida entre líneas.
Recorrió con el índice el título del libro y sonrió. Quizá, después de todo, el libro no hubiera llegado a sus manos por casualidad; tal vez la había atraído hacia él por arte de magia. Como todo lo demás de aquel lugar.
Dejó el libro a un lado, se levantó, se apoyó en la balaustrada de madera y dejó vagar la mirada por el prado de flores silvestres, que parecía no tener fin y descendía en suave pendiente desde la parte trasera de la casa.
— ¿Adónde se supone que debo ir? —preguntó.
De pronto, una tarabilla se posó en una rama de la adelfa y dejó oír su característico canto melodioso. Bianca observó al pajarillo y no pudo evitar sonreír.
En aquel momento, supo lo que iba a hacer.