Capítulo 24 #2
A medida que se calmaba, decidió seguir también el otro consejo de Letizia.
No rechaces a las personas que quieren ayudarte , le había dicho. Y tenía razón. Mariella había sido demasiado orgullosa y testaruda para aceptar esa ayuda. Aún no estaba preparada para ponerse en contacto con su madre, pero había algo más que podía hacer.
Miró el pequeño paquete que tenía delante.
Lo había envuelto en papel azul y le había puesto un lazo dorado.
Cogió el regalo y se lo apretó contra el pecho.
Se quedó así en la cocina, mirando por la ventana.
Cada noche, cuando el ajetreo del restaurante de al lado se calmaba poco a poco, Rosa salía, iba a su coche y se marchaba.
Mariella suponía que cerraba la tienda del paseo marítimo y luego volvía a subir para revisar las cuentas del restaurante antes de irse a la cama.
Mariella esperaba ese momento. Vio como se marchaban los últimos clientes y, poco después, Rosa salió del edificio y subió a su coche.
Mariella esperó otros dos minutos y luego se acercó.
Entró en el restaurante y miró hacia la cocina abierta.
No se veía a nadie, ni tampoco encontró a Celio en la sala contigua donde estaba la pastelería.
Así que recorrió el pasillo hasta el despacho.
También estaba vacío, pero desde allí Mariella vio que la pequeña puerta de madera que daba al patio trasero, junto al jardín de Mariella, estaba abierta.
Caminó hacia ella y llamó suavemente al marco de la puerta.
—¿Quién anda ahí? —oyó preguntar a Celio. De repente, él estaba de pie frente a ella con un cubo grande en la mano—. ¡Mariella! Hola.
—Hola. ¿Interrumpo la... retirada de basuras?
Los labios de Celio dibujaron una sonrisa torcida. —Hoy he mandado a los de la cocina a casa temprano para que pudieran tomarse un respiro. ¿Necesitas algo?
—Eh... quería darte una cosa.
Celio bajó la mirada y vio el regalo que Mariella seguía apretando contra su pecho. —¿Ah, sí? Entremos en el despacho.
Mariella lo siguió. Se sentaron a la mesa pequeña y Mariella depositó el regalo encima.
—¿Qué es? —preguntó él.
—Un agradecimiento. Y una disculpa. Tú solo intentabas ayudarme...
—¿Estamos hablando del día en que eché la puerta abajo? Porque de eso hace ya bastante...
—...tiempo, sí. A veces tardo un poco más.
—Ah. —Celio alargó la mano hacia el regalo y lo examinó con gesto evaluador.
—No muerde.
Celio levantó la vista y se encontró con sus ojos. —Contigo nunca se sabe.
—Ábrelo y ya está. —Mariella hizo un gesto impaciente con la mano.
Celio desató el lazo y abrió el paquete. Arqueó las cejas. —Un libro —observó.
—Te gusta leer. No ficción, ¿si no recuerdo mal?
Celio le dio la vuelta al libro lentamente, pues hasta entonces solo había visto la parte de atrás. —Cien mandalas. El libro para el desahogo creativo cuando los vecinos son molestos —leyó en voz alta. Luego se echó a reír—. ¿Hablas en serio?
—¡Oye, que el libro ya existía así! No lo han creado especialmente para mí.
Celio le dedicó una amplia sonrisa. —No está mal, Mariella.
—¿Pelillos a la mar?
—¿Qué?
Mariella tragó saliva. —Lo... lo del heroico numerito de escalada y la puerta y mi reacción, nada heroica, al respecto.
—Ah, ese asunto. —Celio le lanzó a Mariella una mirada breve, pero cargada de significado—. Está bien. Podemos olvidarnos de ese asunto.
Mariella sonrió agradecida e ignoró deliberadamente la ligera indirecta en las palabras de Celio.
Se miraron a los ojos y ninguno habló. Y, por un momento, aquello estuvo bien.
En aquel instante y en aquel lugar. Mariella no podía preocuparse por nada más.
Sencillamente no tenía energía para enfrentarse a este hombre ahora mismo.
Lo deseaba, lo sentía. Era interesante y divertido, inteligente y fuerte; tenía el toque justo de arrogancia, que a veces resultaba molesto pero muchas más veces atractivo. Y esa sonrisa. Esos ojos.
Pero no podía. Sentía que su vida era un caos. No, se sentía ella misma así. ¿Cómo podía lanzarse a lo que fuera que Celio le estuviera ofreciendo? Fuera lo que fuese.
Rompió el contacto visual y miró la superficie de la mesa.
—¿Te apetece tomar algo, quizá...? —empezó Celio e hizo amago de alcanzar la mano de Mariella.
Ella se levantó de un salto. —Tengo que irme —se apresuró a decir antes de que Celio pudiera terminar la pregunta. Si esta reacción precipitada lo irritó o incluso le hizo gracia, no lo demostró—. De acuerdo —dijo él simplemente y se levantó también—. Nos vemos.
Mariella asintió y levantó la mano a modo de despedida. Luego desapareció antes de que la conversación amenazara con derivar hacia una dirección con la que no pudiera lidiar de nuevo.
Caminó de vuelta a su casa. Para su sorpresa, se encontró con una visita esperándola en la puerta.
—¡Giampaolo! —saludó sorprendida al anciano.
— Signorina —dijo él con una inclinación de cabeza educada.
—¿Qué puedo hacer por usted? —Miró el reloj de pulsera—. ¿Está todo bien?
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque es muy tarde. Pensaba que ya estaría durmiendo a estas horas.
—No soy un niño pequeño.
—No pretendía sugerir eso. ¿Puedo ofrecerle algo?
—No. He venido a entregarte algo. —Giampaolo pronunció las palabras con tal dignidad que Mariella casi esperaba que le presentara una corona y un cetro. En su lugar, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un sobre blanco—. Ten.
Mariella miró el sobre con recelo y lo cogió con vacilación. —¿Qué es?
—Una carta.
—¿De quién?
—De tu Nonna .
Mariella se quedó mirando a Giampaolo como si le hubiera caído un rayo. Mil preguntas le cruzaron la mente a la vez, pero antes de que pudiera atrapar una para decirla en voz alta, Giampaolo levantó la mano.
—Deja que me explique, niña. Tu Nonna estuvo en una residencia durante las últimas semanas de su vida. Ya no podía vivir en su propia casa porque no se encontraba muy bien. La visitaba a menudo. Y acabo de visitarla también ahora. En su tumba.
De nuevo, Mariella miró su reloj de pulsera casi automáticamente. No le gustaba ir a los cementerios ni en el mejor de los casos, pero de tener que hacerlo, desde luego no sería en plena noche.
Giampaolo sonrió con complicidad. La miró como si hubiera adivinado sus pensamientos. —Cuando seas tan vieja como yo, perderás el miedo a los fantasmas, niña mía. Me invitaron a cenar a casa de un amigo y luego sentí ganas de visitar a María.
Mariella asintió como si lo entendiera, aunque en realidad no comprendía nada en ese momento. —¿No quiere entrar?
—No. Emmi vendrá a buscarme en breve. Estuve en la tumba de tu Nonna porque quería asegurarme una vez más de si era el momento adecuado.
—Señaló con la cabeza el sobre que Mariella tenía en la mano—.
Para darte eso. Escribió la carta en los últimos días antes de fallecer y me la confió la última vez que la visité.
Me dijo que te había nombrado heredera en su testamento.
Pero no estaba segura de si llegarías a aparecer.
Por si lo hacías, me dio la carta. Pero tuve que prometerle que primero me formaría una impresión de cómo eres, de quién eres, antes de entregártela.
Bien, ya lo he hecho. Y ahora es el momento adecuado. Buenas noches.
Giampaolo se dio la vuelta y se alejó con tanta agilidad como si solo tuviera cincuenta o sesenta años y no fuera un anciano de —según suponía Mariella— más de ochenta.
Lo siguió con la mirada hasta que dobló la esquina y luego bajó la cabeza lentamente.
Miró el sobre como si fuera un preciado tesoro arqueológico.
¿Qué demonios le quedaba por decir a su abuela?