Capítulo 9
Lo sucedido la noche anterior pesaba como el plomo en el estómago de Mariella.
Llevaba una hora metida en un baño de agua caliente, sintiéndose incapaz de afrontar el día.
La aparición del hombre de la oficina de licencias comerciales había sido una humillación indescriptible.
Todo el mundo lo había visto; absolutamente todos.
Mariella sentía ganas de vomitar al pensar en aquellos espantosos minutos en los que, frente a su puerta y con las rodillas temblando, había pedido a sus invitados que se marcharan.
Y todo bajo la mirada inquisidora del funcionario de la autoridad comercial.
—¡Dios mío! —susurró Mariella, dejándose resbalar en el agua caliente hasta que su cabeza quedó sumergida.
Contuvo la respiración durante unos segundos y volvió a incorporarse. Tenía la cabeza encendida, aunque no sabía si era por el calor o simplemente por el rubor de la vergüenza que le subía a la cara.
Entonces recordó la expresión de Rosa y una oleada de furia se apoderó de ella.
Salió de la bañera, se secó a toda prisa, se puso unos pantalones de chándal y una sudadera con capucha, y bajó las escaleras con el pelo aún mojado.
Abrió la puerta principal de par en par y se dirigió a casa de su vecina.
—¡Rosa! —gritó, plantándose ante la puerta de la mujer.
— Buon giorno —canturreó Rosa desde la cocina—. ¿ Espresso?
—No. Quiero hablar contigo.
—¿Ah, sí? —Rosa se dio la vuelta, se secó las manos en un paño de cocina y se acercó a Mariella con una sonrisa—. ¿Qué ocurre?
—¡Lo de ayer!
—¡Ay, sí! ¡Cielo santo! —Rosa puso una mueca como si una rata acabara de pasarle por encima de los pies.
—¡Fue culpa tuya! —le espetó Mariella. Se arrepintió de las palabras de inmediato. Había querido hablar con Rosa con calma, con sensatez y compostura. En lugar de eso, se estaba comportando como una niña pequeña caprichosa.
—¿ Chiedo scusa? —preguntó Rosa, abriendo mucho los ojos.
—¡Dijiste que podía ofrecer Aperol y Campari!
—¡ No, no, no! Desde luego, yo no lo dije así .
—¡Claro que lo hiciste!
Rosa se puso las manos en las caderas. —¡Vamos, por favor!
— Tú dijiste que podía...
—¡Yo solo quería ayudar! —interrumpió Rosa.
—Dijiste que podía arreglarlo. Con... —Mariella miró a su alrededor, dio un paso hacia Rosa y susurró—: ...un soborno.
Rosa puso los ojos en blanco y sus labios se curvaron en una sonrisa divertida. —Por favor, no me digas que de verdad intentaste sobornar al hombre.
—¡Pero si tú dijiste que...!
El brazo de Rosa salió disparado hacia adelante tan repentinamente que Mariella dio un salto hacia atrás, asustada. —¡Ni se te ocurra echarme la culpa a mí! Quieres ser empresaria, ¿no? Eso requiere responsabilidad personal. Algo que parece que te falta por completo.
Mariella jadeó indignada. —No es eso en absoluto... ¡Y además! ¿Cómo te sentirías si alguien te llevara como a un cordero al matadero, eh? ¿Y si informo a las autoridades de que tú estás ofreciendo cosas que tu licencia no cubre en absoluto?
Rosa se cruzó de brazos sobre su amplio pecho. Inclinó la cabeza y miró a Mariella con tal lástima que la mujer más joven deseó que se la tragara la tierra. —Adelante, querida. Yo tengo todas las licencias y cualificaciones que necesito. ¡ Buona giornata!
Mariella estaba sentada en la osteria de Letizia, atiborrándose de cantuccini caseros y a punto de romper a llorar.
— Su con la vita, cara —murmuró Letizia, dándole una palmadita en el hombro—. Ánimo. No es para tanto.
—Sí lo es —respondió Mariella con la boca llena. Tragó un trozo de galleta a medio masticar e inmediatamente cogió la siguiente—. Mi tienda está cerrada antes de que haya podido abrirla como es debido. Mi vecina es una bruja malvada y...
—Rosa no es una bruja malvada; es solo que...
—¿Sí? —preguntó Mariella con intención.
—... ¿está centrada en... su propio éxito? —La frase sonó más como una pregunta que como una afirmación, y Letizia soltó una carcajada.
—Ya veo.
—Intenté advertirte.
—Quizá deberías haber sido más clara.
—No me gusta hablar mal de la gente. No es apropiado.
—Vale. ¿Y ahora qué? ¡Yo no sé hacer estas cosas!
Letizia ladeó la cabeza y miró a Mariella un momento. —¿Qué es lo que no sabes hacer exactamente ?
—¡Esto! ¡Todo esto! Nunca antes he hecho nada parecido. Nunca he estado sola. Siempre he tenido a alguien a mi lado. Mis padres, mi exmarido... ¡No puedo hacerlo! Más me valdría vendérselo todo a Rosa, coger el dinero y...
—¿Quieres rendirte? ¿Ya?
—No me rindo; todo esto fue una idea loca de todos modos.
—No quiero oír hablar así, cara . Así son las cosas cuando intentas algo nuevo. ¡Si supieras las adversidades contra las que tuvo que luchar Emilia! Su familia, sus empleadores, las autoridades, Giampaolo...
—¡Sí, exactamente! ¿Cuál es su problema en realidad? —le espetó Mariella a Letizia.
—¿El de Giampaolo? —preguntó Letizia, sorprendida.
—Fue de lo más grosero conmigo.
—Oh, en el fondo es buena persona. —Letizia se levantó y se entretuvo alisando unos manteles.
—Conmigo no fue buena persona. Fue grosero.
—Es que es viejo.
—¿Y?
—Es complicado.
Mariella se levantó de un salto y siguió a Letizia por el restaurante. —¿Qué se supone que significa eso? ¿O sea que sí sabes por qué tiene un problema conmigo?
—Ya sabes que no me gusta hablar de los demás.
Mariella puso los ojos en blanco y suspiró molesta.
—Sí, ya me he dado cuenta. —Consideró la posibilidad de seguir insistiendo a Letizia hasta obtener respuestas, sobre todo porque se había dado cuenta de que Letizia estaba encantada de difundir cotilleos, solo que según sus propias reglas.
Pero, fundamentalmente, todo aquello no le importaba.
Su tiempo allí era limitado. Si no encontraba la forma de ganar dinero, pronto tendría que marcharse de allí para siempre.
Volvió a su mesa, se dejó caer en la silla y sacó unos cuantos cantuccini más de la bolsita de tela que tenía delante.
—Creo que tuviste una idea maravillosa, cara —dijo Letizia después de un rato, sentándose de nuevo con ella—. No deberías rendirte tan pronto.
—¿Qué se supone que debo hacer? Incluso si quito los productos prohibidos de la carta de bebidas.
.. El hombre básicamente me prohibió usar ni un solo electrodoméstico en mi cocina.
Estaba muy enfadado y no creo que esté dispuesto a hacer la vista gorda.
Ni siquiera un poquito. No puedo vivir solo de las ventas de la tienda y. ..
—Estás pasando algo por alto —interrumpió Letizia.
—¿Y qué es?
—Aún puedes buscarte a alguien que figure como responsable comercial.
—¿Y de dónde voy a sacar yo a alguien así? Estamos aquí en medio de los viñedos, en un pueblo minúsculo que... —Mariella cerró la boca y dejó la frase sin terminar.
—¿Se te ha ocurrido alguien? —preguntó Letizia con los ojos brillantes de esperanza.
Mariella tomó aire profundamente y asintió con la cabeza.
Sí. Ciertamente se le había ocurrido alguien.
¡Maldita sea!
Mariella se levantó despacio. Se cruzó de brazos, echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando a la pared. —¿No sabrás por casualidad dónde puedo encontrar a la vieja Signora Celenta?