Capítulo 2
Mariella abrió los ojos y el olor tan característico de la casa le recordó de inmediato dónde estaba. Numerosos ramos de lavanda seca adornaban el dormitorio de su abuela, y cojines bordados rellenos de hierbas y flores secas reposaban sobre la cama y en el pequeño estante de madera de enfrente.
Mariella retiró el pesado edredón y se incorporó.
Al instante, su estómago empezó a rugir en señal de protesta, recordándole que no había comido nada desde el velatorio de ayer.
Se puso en pie y se estremeció. Hacía bastante frío en el dormitorio de la planta superior de la casa, sobre todo porque Mariella no tenía ni idea de cómo funcionaba la calefacción allí.
Sencillamente, aún no había tenido tiempo de echar un vistazo como es debido y explorar la distribución de la vivienda.
Caminó descalza por el gélido suelo de baldosas y sacó una bata de su maleta, que aún no había deshecho. Pero claro, su intención inicial había sido marcharse pronto.
Su intención.
Ese había sido su primer impulso nada más llegar. ¿Qué se suponía que iba a hacer con esta casa vieja, aquí en medio de ninguna parte, lejos de todo lo que conocía? Gracias, Nonna , pero no, gracias.
Pero luego se había quedado a pasar la noche, una vez, dos veces.
Había empezado a recorrer la casa con sigilo, sintiéndose al principio como una intrusa a cada paso.
Pero la curiosidad era mayor que la inquietud.
Sentía la presencia de su abuela en cada rincón de esta casa, y eso era precisamente lo que no la dejaba marchar.
Mariella se ciñó la bata al cuerpo y fue hacia la ventana que había frente a la cama para abrirla. El aire fresco de la mañana entró de golpe y aspiró el aroma a lluvia, a naturaleza y —según notó con inmensa alegría— a café recién hecho.
—Aleluya —susurró Mariella y salió corriendo al pasillo estrecho y oscuro para llegar al baño de al lado.
Al llegar ya se había dado cuenta de que el cuarto de baño era una reliquia de otro siglo, con una chimenea en mitad de la pared de azulejos y una bañera exenta de patas doradas.
El inodoro estaba junto a la pared izquierda, y a la derecha había un tocador robusto con un enorme espejo de marco dorado.
Sobre la bañera colgaba un óleo que representaba, según supuso Mariella, a alguna diosa romana vertiéndose agua sobre el cuerpo desde una ánfora.
—Espero que no sea otro retrato de mi abuela —masculló Mariella y se acercó.
Le había llamado la atención desde la primera mañana e, incluso ahora, su mirada se sentía atraída magnéticamente.
No era de extrañar: el tamaño de la pintura sugería que realmente pertenecía a un palacio.
Evidentemente, su abuela había tenido predilección por la extravagancia.
Al mirar más de cerca, Mariella se dio cuenta de que no era un retrato de su Nonna . Aquella mujer de aspecto antiguo y larga cabellera oscura tenía unos rasgos mucho más suaves.
Mariella se dio la vuelta, se quitó la bata y entró con cuidado en la bañera para darse una ducha algo torpe con un cabezal demasiado corto.
Intentó salpicar la menor cantidad de agua posible por el baño, pero fue una tarea difícil y, al salir de la bañera, estuvo a punto de resbalar con las baldosas.
—¡Mierda! —exclamó y se agarró al borde de la bañera del susto.
Una de las primeras cosas que tenía que comprar era una alfombrilla antideslizante. Costaba creer que su anciana abuela se las hubiera apañado para ducharse sin romperse nada.
Mariella se puso unos vaqueros y una blusa arrugada y bajó por las escaleras del salón hasta la planta baja.
La casa de su abuela tenía una distribución bastante interesante.
Aunque la superficie no era muy grande, había tres habitaciones en la planta superior y otras tres en la inferior.
En el piso de arriba, un pasillo estrecho conectaba las tres estancias contiguas.
Abajo, había que pasar por una habitación para llegar a la siguiente.
Desde las estancias exteriores de la planta baja, dos escaleras de madera abiertas y sin barandilla subían al piso superior.
En la mitad derecha de la casa, se podía ir desde el vestíbulo de entrada por las escaleras directamente al salón de la planta superior, pasar por el baño y el dormitorio a través del oscuro pasillo de conexión, y bajar directamente a la cocina por las escaleras de la mitad izquierda de la casa.
Abajo, entre la cocina y el vestíbulo, estaba la pequeña tienda que su abuela había regentado.
Sin embargo, Mariella aún no la había inspeccionado de cerca porque las dos puertas que conducían a ella estaban cerradas con llave y aún no había encontrado ninguna que encajara.
Además, solo sabía que había una tienda en esa habitación porque había oído hablar de ella a los amigos y vecinos de su abuela en el funeral.
—Vale, primero a por la alfombrilla antideslizante y luego buscaré las llaves —dijo Mariella; abrió la puerta principal y salió.
Era la primera vez desde el día del funeral que se sentía preparada para salir de casa.
Hasta ahora, había vivido de lo que compró en la tienda de alimentari el día de su llegada y de las sobras del velatorio.
Había tenido suministros suficientes para poder atrincherarse más o menos en la casa.
En el funeral, todos los ojos estaban puestos en ella; todos sentían curiosidad, todos querían saber por qué la forastera, la straniera , estaba allí.
Al menos, así se había sentido Mariella.
Había necesitado ordenar sus pensamientos primero, instalarse antes de poder enfrentarse de nuevo al mundillo de ahí fuera.
Pero hoy era el día. Ya había visto desde la ventana del dormitorio de dónde venía el seductor aroma a café, y se dirigió directamente a la pequeña osteria de al lado de la casa de su abuela.
Mariella sonrió al observar el encantador local.
Justo enfrente había ocho pequeñas mesas de madera bajo un toldo verde oscuro.
Sobre ellas trepaba una enredadera verde y tupida que cubría la mitad de la fachada naranja.
La puerta de la osteria estaba abierta, así que Mariella entró. En el interior solo había unas cuantas mesas pequeñas y la estancia estaba dominada por una gran cocina abierta donde se encontraba una mujer de mediana edad.
— Buon giorno —dijo Mariella y levantó la mano a modo de saludo.
La mujer se volvió hacia ella y sonrió.
—¡Oh! Tú estuviste en el funeral, ¿verdad? —preguntó Mariella.
—Sí. Rosa. Rosa Davinio —la alta mujer italiana salió de la cocina y le tendió la mano a Mariella.
—Mariella Engels —dijo esta, observándola. Parecía una modelo italiana, con su melena negra y brillante, labios carnosos perfectamente maquillados y grandes ojos oscuros que chispeaban de curiosidad.
—Eres la nieta de Maria, ¿ sì ?
—Sí. Así es. ¿Supongo que ya se ha corrido la voz? —preguntó Mariella.
Se sonrojó, pues era plenamente consciente de que no había estado a la altura de su papel en el funeral.
No había tenido ni idea de cómo comportarse, se había quedado rezagada en la última fila y no había hablado con nadie.
Había querido pasar lo más desapercibida posible, algo que lógicamente solo había logrado a medias dado que se encontraba en una comunidad vecinal muy cerrada.
Aquí todo el mundo se conoce , pensó Mariella. Yo soy la extraña .
—Aquí se sabe todo , cielo —explicó Rosa entonces, dedicándole una sonrisa deslumbrante—. ¿Te apetece un espresso ?
—¡Sí! Me encantaría —dijo Mariella.
—Sale enseguida. ¿Por qué no te sientas fuera? Salgo en un momento.
Mariella hizo lo que le decía y se sentó en una de las mesas de madera. Giró la silla para tener una vista de toda la piazza .
Poco después llegó Rosa y dejó en la mesa un aromático espresso y una porción de tarta.
—Muchas gracias —dijo Mariella.
Rosa se sentó con ella. —No hay de qué.
—¿Has hecho tú la tarta?
—No, yo no horneo. Mi especialidad es la pasta. Esta es de Letizia.
—¿Letizia? —preguntó Mariella, saboreando el café abrasador.
—Es la dueña de la osteria del otro lado de la piazza . —Rosa hizo un gesto vago en esa dirección—. Ella y su marido, Andrea, también estuvieron en el funeral. Una mujer de mediana edad, de pelo negro largo, bajita.
Rosa puso la mano plana a poca distancia del suelo para que Mariella se hiciera una idea de lo que quería decir con «bajita», y Mariella asintió sin saber de quién estaba hablando.
La descripción encajaba con casi todas las mujeres que vivían allí, a excepción de Rosa, que era bastante alta para ser italiana y le sacaba una cabeza entera a la propia Mariella.
—¿Y bien? ¿Qué planes tienes? ¿Vas a quedarte unos días de vacaciones? —preguntó Rosa.
Mariella se encogió de hombros. —No tengo ni idea.
Rosa la miró sorprendida. —¿Ni idea? ¿No te espera nadie en casa? ¿Un marido? ¿Un jefe, tal vez?
—Mi marido era mi jefe, por así decirlo —masculló Mariella, hincándole el diente a la tarta—. Mmm, esto está delicioso.
—Pasta brisa con crema de limón y piñones. Lo llamamos Torta della Nonna . Nada del otro mundo —dijo Rosa, y a Mariella le pareció detectar un deje de desaprobación en su voz—. ¿Por qué has dicho «era»? —insistió Rosa.
—¿Perdón? —preguntó Mariella.
—Has dicho que tu marido era tu jefe.
—Ah, ya entiendo. Sí. Me he divorciado hace poco.
—¿Ah, sí? Lo siento.
—No tiene por qué. Fue decisión mía.
—Mmm —murmuró Rosa, con los labios curvados en una sonrisa misteriosa.
Mariella la miró con curiosidad y Rosa hizo un gesto de desdén con la mano—.
Yo también estoy divorciada, pero durante mucho tiempo me costó admitirlo con la misma naturalidad con que acabas de hacerlo tú.
Supongo que en Alemania es más fácil que aquí en Italia.
—Puede ser, pero mi divorcio fue aquí en Italia. Mi marido... mi exmarido es siciliano.
—¡Oh! —exclamó Rosa, echándose hacia atrás y poniéndose una mano en el escote, con tono de auténtica sorpresa—. No habrá sido nada fácil librarse de... uno de esos.
—¿De... uno de esos ?
Rosa se rió. —Nosotros los llamamos terrone, sì ? Paletos.
—Ay.
Rosa se encogió de hombros. —Es una cosa entre italianos del norte y del sur. Viene de hace siglos.
—¿Y eso significa que uno de esos no tendría ninguna oportunidad con usted? —preguntó Mariella sin rodeos, pues no sabía cómo interpretar a Rosa.
—Yo no he dicho eso. Solo diré una cosa: mi ex era un auténtico florentino.
Con esas palabras, Rosa se puso en pie y desapareció en el interior de la casa.
Mariella se quedó mirándola, perpleja. Todavía intentaba procesar lo que acababa de oír cuando, de repente, un fuerte estrépito a su derecha rompió la idílica paz matinal.
Mariella giró la cabeza bruscamente y Rosa salió corriendo de nuevo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, mirando a su alrededor.
Mariella se preguntaba lo mismo. Vio cómo dos hombres forcejeaban en el suelo a unos diez metros de distancia. Un escaparate junto a ellos se había hecho añicos y, antes de que Mariella pudiera asimilar del todo lo sucedido, uno de los hombres saltó y volvió a abalanzarse sobre el otro.
—¡Dios mío! —exclamó Mariella—. ¡Hay que llamar a la policía!
—No, no hace falta —respondió Rosa con calma.
Se cruzó de brazos sobre su busto generoso y contempló la salvaje escena con evidente regocijo.
—¿Los conoces?
— No. Pero son bastante sexis, ¿ sì ?
—¿Qué? Eso no es sexi, es... ¡ay! —Mariella abrió mucho los ojos, horrorizada, al ver que un hombre le propinaba un puñetazo al otro de lleno en la cara.
—Arcaico —concluyó Rosa su frase, con los ojos chispeantes de emoción.
—Bueno, si aquí las cosas siempre son así, que Dios nos pille confesados —masculló Mariella, dejándose caer de nuevo en la silla.
De repente, aullaron las sirenas. Los dos hombres se soltaron, miraron hacia atrás y salieron huyendo. Uno corrió hacia la izquierda; el otro —el que acababa de asestar el fuerte golpe— se dirigió directamente hacia Mariella y Rosa.
—¡Viene hacia aquí! —gritó Mariella, retrocediendo con tal brusquedad que su silla estuvo a punto de volcar.
—Pues yo le concedería asilo encantada —dijo Rosa con una sonrisa.
El hombre aminoró el paso al acercarse a las dos mujeres que estaban frente a la osteria .
Finalmente se detuvo, miró de Rosa a Mariella, curvó una comisura de los labios hacia arriba y dijo: — Buon giorno , señoras.
—Se llevó una mano a la boca, se limpió un poco de sangre del labio y miró a Mariella.
Ella estaba totalmente conmocionada y no podía hacer otra cosa que mirar al hombre, hechizada. Era alto, de tez bronceada por el sol, con una melena de rizos negros, una mandíbula marcada y unos ojos de un gris verdoso impactante con los que escudriñaba a Mariella con evidente interés.
—¿Puedo ayudarlo? —preguntó Rosa, interponiéndose entre Mariella y el hombre, de modo que ahora, en lugar de aquellos rasgos atractivos, Mariella veía la espalda de Rosa.
—No, a menos que su puestecillo tenga un pasadizo secreto. O una salida trasera.
—Me temo que no.
A su derecha, chirriaron unos neumáticos y los tres se giraron al mismo tiempo. Los Carabinieri habían llegado a la piazza ; saltaron del coche y corrieron hacia el hombre.
—Pues nada, que tengan un buen día —dijo él, dándose un toque en la frente, inclinándose hacia un lado y guiñándole un ojo a Mariella. Luego echó a correr y desapareció en un callejón estrecho unos segundos después.
—¿Pero qué ha sido eso? —preguntó Mariella, mirando fijamente hacia el lugar donde el hombre había estado parado hacía un momento.
—Si no fuera porque no quiero precipitarme, diría que era mi próximo amore .
Con esas palabras, Rosa volvió al interior de la osteria y Mariella se quedó mirándola, desconcertada. Luego sacudió la cabeza, terminó su espresso , se levantó y regresó a su casa.
Aquello había sido emoción más que suficiente para una sola mañana.