CAPÍTULO 46.
Sara empeoró de madrugada.
Una hemorragia interna provocó una caída brusca de tensión. Las alarmas sonaron. Elena fue la primera en levantarse; Julián, el primero en llegar al pasillo.
Durante cuarenta minutos la habitación dejó de pertenecerles.
Médicos, enfermeras, medicación, bolsas de sangre, órdenes breves.
Consiguieron estabilizarla.
El pronóstico era malo.
Julián se sentó junto a la cama cuando terminó la urgencia. Elena permanecía de pie frente a la ventana.
—Va a morir —dijo.
No era una pregunta.
Julián tardó en responder.
—Es posible.
—No me hables como médico.
—Entonces sí. Puede morir pronto.
Elena asintió.
Se sentó.
Durante años había imaginado la muerte de Sara. Primero como explicación. Después como miedo. Más tarde como amenaza. Nunca como una habitación de hospital iluminada por fluorescentes, con una bolsa de suero y un vaso de plástico sobre una mesa.
—No sé hacer esto —dijo.
Julián la miró.
—¿Qué?
—Perderla de una manera normal.
La frase lo golpeó.
Julián sacó una hoja de su libreta y escribió algo. La dobló y la dejó bajo la mano de Sara.
Elena lo observó.
—¿Qué has puesto?
—Que voy a continuar buscando. Pero no como ellos. —¿Ellos quiénes?
—ALBA. Cardona. Ustedes.
Elena aceptó la palabra sin defenderse.
Dos días después, Sara despertó durante unos minutos. Elena y Julián estaban allí.
—¿Qué harán ahora? —susurró.
Elena tomó su mano.
—Lo que tú querías hacer al final.
Julián abrió una libreta negra nueva.
—No escribiremos nombres para castigar —dijo—. Solo para recordar. Y para contar la verdad a quien todavía esté a tiempo de sobrevivirla.
Sara lo miró.
—Eso suena menos emocionante.
Julián sonrió.
—Es la idea.
Sara volvió los ojos hacia Elena.
—¿Y tú?
Elena apretó su mano.
—Voy a dejar de decidir quién merece morir.
—Te costará.
—Sí.
—Bien.
Sara respiró con dificultad.
—Lo que cuesta quizá sea lo único que elegimos de verdad.
Elena sintió que las lágrimas le llegaban por fin.
No las detuvo.
—Te llamarán monstruo —dijo.
Sara sonrió apenas.
—Ya lo hicieron.
—También sombra.
—También.
—Yo sabré que fuiste mi hermana.
Sara cerró los ojos.
—Eso basta.
Murió esa noche, a las cuatro y nueve.
Sin frase final.
Sin símbolo.
Sin sal.
Elena permaneció junto al cuerpo hasta el amanecer.
Cuando una enfermera entró para preparar el traslado, encontró a Elena con la mano de Sara entre las suyas y la libreta negra abierta sobre las rodillas.
La primera página seguía en blanco.