CAPÍTULO 45.
Julián regresó al hospital dos noches después.
Subió por las escaleras. Necesitaba el esfuerzo físico para
mantener el pensamiento dentro del cuerpo.
Había copiado la cinta de Irene y dejado el original en la
finca. También había enviado todas las fotografías a un
servidor seguro con instrucciones para que se liberaran si
algo le ocurría.
No se sentía valiente.
Se sentía cansado.
Sara estaba despierta.
Elena dormía en la silla con un libro abierto en el regazo. —¿La encontraste? —preguntó Sara.
Julián sacó el reproductor.
No respondió.
Pulsó play.
La voz de Irene llenó la habitación.
Elena despertó al segundo párrafo.
Sara cerró los ojos.
Cuando terminó, Julián guardó el silencio unos instantes. —Tú la conociste.
—Sí —dijo Sara.
Elena la miró, sorprendida.
—¿Irene?
Sara asintió.
—En una sede del norte. Estuvo poco tiempo conmigo. Julián apretó el reproductor.
—¿La viste salir?
—La vi resistirse.
—¿Eso qué significa?
—Que no aceptaba las simulaciones. Se negaba a decidir
castigos. Hacía preguntas que Cardona odiaba. —¿Qué preguntas?
Sara abrió los ojos.
—«¿Quién nos dio derecho?».
Julián tragó saliva.
—¿Por qué no la ayudaste?
Elena se incorporó.
—Julián...
—No. Quiero que responda.
Sara lo sostuvo con la mirada.
—Porque yo estaba intentando sobrevivir.
—Eso no basta.
—No.
—¿La abandonaste?
Sara respiró con dificultad.
—Sí.
La palabra cambió la habitación.
Julián esperaba defensa.Una explicación.Cualquiercosa
que pudiera combatir.
Sara no le dio nada.
—La vi llorar una noche —continuó—. Me pidió que la
ayudara a salir. Yo sabía una ruta. No se la di.
—¿Por qué?
—Porque si descubrían que la había ayudado, me
devolverían al ciclo inicial. Yo ya había pasado demasiado.
Me dije que ella encontraría otra manera.
Julián cerró los ojos.
—Y no la encontró.
—No lo sé.
—En la cinta dice que la escondieron.
—Sí.
—¿Dónde?
—Había una residencia en la costa y otra en el norte.
Nunca supe cuál.
Julián se levantó.
—Diez años.
Sara no apartó la mirada.
—Lo sé.
—Mi padre murió buscándola.
—Lo sé.
—Mi madre dejó de pronunciar su nombre.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Sara bajó los ojos.
—Tienes razón.
Elena se levantó y se colocó junto a la cama.
—Lo siento —dijo—. No por ella. Por mí. Porque yo
también pasé años usando el dolor de otros para justificar lo
que hacía.
Julián soltó una risa amarga.
—¿Y eso arregla algo?
—No.
La sencillez de la respuesta lo detuvo.
—Irene no dejó su odio —dijo Julián—. Lo escucharon.
Dijo que no quería convertirse en una razón para hacerdaño. Sara asintió lentamente.
—Era más fuerte que nosotros.
—No —negó Julián—. Era distinta. Dejen de convertir el
sufrimiento en una escala.
Elena bajó la mirada.
Sara cerró los ojos.
—Tienes razón otra vez.
Julián respiró hondo.
—¿Qué hago ahora?
Sara abrió los ojos.
—Elige.
—Eso es exactamente lo que les enseñaron a decir. Una sombra de sonrisa cruzó el rostro de Sara. —Entonces elige no elegir como nosotros.
Julián miró el reproductor.
—Quiero saber.
—Bien.
—Quiero encontrarla si está viva.
—Bien.
—Pero no voy a matar a Cardona. Ni a nadie por ustedes. Elena lo miró.
—Me alegra.
—No lo digo para tranquilizarla.
—También me alegra.
Julián entendió que la culpa de aquellas mujeres no podía
separarse de lo que habían sufrido, pero tampoco quedaba
anulada por ello.
Tampoco era una consecuencia inevitable.
Ambas cosas coexistían.
Eso era más incómodo que elegir heroínas o monstruos. Y, quizá, más útil.