CAPÍTULO 47.
Sara murió a las cuatro y nueve de la madrugada. No hubo frase final.
No pidió sal.
No pronunció el nombre de Cardona.
La muerte real fue menos literaria que todas las que
habían imaginado.
Un monitor cambió de ritmo. Una enfermera llamó al médico. Julián entró corriendo. Elena se apartó para dejar trabajar a otros y, durante unos minutos, volvió a ser solo una mujer apoyada contra una pared mientras alguien intentaba conservar a su hermana en el mundo.
No pudieron.
A las cuatro y diecisiete, el médico dijo la hora en voz alta. Elena no lloró.
Julián sí.
Eso le produjo una gratitud absurda.
Alguien tenía que hacerlo.
Cuando el personal salió, Elena se sentó junto a la cama
y tomó la mano de Sara. Ya no estaba caliente del todo, pero todavía pertenecía a una persona y no a un recuerdo. —Te encontré tarde —susurró.
No esperaba respuesta.
—Y luego perdí años intentando entender qué parte de ti debía perdonar.
Miró el rostro inmóvil.
—Era una pregunta equivocada.
Julián permanecía junto a la puerta.
—¿Quieres que me vaya?
—No.
Se sentó al otro lado.
Durante un rato no hablaron.
La ciudad empezaba a aclararse detrás de la persiana.
—¿Qué va a pasar con el nombre de Clara? —preguntó Julián.
Elena miró la pulsera de identificación.
CLARA MUÑOZ.
— Nada. Clara morirá aquí.
—¿Y Sara?
—Sara lleva muerta oficialmente más de veinte años sin
estarlo. Supongo que puede seguir igual unas horas más.
Julián entendió la parte práctica. Certificado, documentación, riesgo de identificación, policía.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
—Entonces ¿por qué?
Elena miró a su hermana.
—Porque si digo quién es, la habitación se llenará de cámaras antes de que retiren el cuerpo. No quiero que su muerte se convierta en una exclusiva.
Julián asintió.
—Después.
—Después veremos.
—Siempre decís eso.
Elena lo miró.
—¿Quiénes?
—Los que habéis aprendido a sobrevivir aplazando la verdad.
La frase podría haberla enfadado. Esta vez no.
—Tienes razón.
Julián pareció sorprendido.
—No te acostumbres.
Sara fue trasladada a una sala privada antes del cambio de turno. Elena resolvió la documentación con una eficacia que hizo evidente cuántas identidades habían aprendido a sostener durante los años de fuga.
Al salir del hospital, el sol le dolió en los ojos.
No sabía adónde ir.
Había pasado media vida moviéndose hacia algo: un nombre, una prueba, Sara, una frontera. Ahora no había objetivo.
Caminó hasta el paseo marítimo.
El mismo banco seguía allí.
No era exactamente el mismo; la madera había sido sustituida y las farolas eran nuevas. Pero la ciudad insistía en conservar formas.
Se sentó.
Pensó en el primer papel doblado.
Te saltaste uno. Yo no lo haré.
Pensó en todos los nombres.
Eduardo.
Varela.
Méndez.
Gracia.
Vela.
Cardona.
Durante años había creído que una lista era una forma de
memoria.
Ahora comprendía que también podía ser una forma de borrar. Un nombre, una culpa,una sentencia.Todo lo demás desaparecía alrededor.
Sacó del bolso la libreta negra.
Quedaban páginas en blanco.
No la quemó.
Tampoco escribió.
—Sabía que te encontraría aquí.
Elena se volvió.
Martín estaba a tres metros.
Más canas. La misma forma incómoda de mirarla como si
quisiera comprender antes de juzgar.
Elena no se levantó.
—Has tardado.
—Cinco años.
—Me refería a esta mañana.
Martín soltó una risa breve, incrédula.
—Julián me llamó.
Elena miró el mar.
—Claro.
—Sara ha muerto.
—Sí.
—Lo siento.
—Yo también.
Martín se sentó en el extremo opuesto del banco. Durante varios minutos ninguno habló.
—Podría detenerte —dijo él.
—Sí.
—No pareces preocupada.
—Estoy cansada.
—No es una defensa legal.
—Nunca se te dieron bien los chistes.
Martín la miró de perfil.
—Hay investigaciones abiertas. Algunas cosas han
prescrito, otras no. No tenemos pruebas suficientes para todo lo que creo que hiciste.
—¿Y qué crees que hice?
—No me insultes.
Elena bajó la vista a la libreta.
—Maté a personas.
Era la primera vez que lo decía sin eufemismo.
Martín no se movió.
—¿Cuántas?
—No voy a darte una cifra en un banco.
—Elena.
—Las suficientes para saber que no existe una cifra que haga que la respuesta mejore.
Martín apretó las manos.
—¿Te arrepientes?
Ella pensó en la pregunta.
—De algunas cosas, sí. De otras, todavía no sé hacerlo. —Eso no es muy tranquilizador.
—No intento tranquilizarte.
—¿Volverías a hacerlo?
Elena miró la libreta.
—No.
Martín tardó en responder.
—¿Por Sara?
—Por mí.
El mar golpeó las rocas.
—Quiero haceralgo con el archivo —dijo Elena—.Con las cintas. Los testimonios. No una lista de culpables. Un lugar para guardar lo que las instituciones pierden.
—Eso puede convertirse en otra cosa.
—Lo sé.
—Puede hacer daño.
—Lo sé.
—Puede atraerte a la misma lógica.
Elena lo miró.
—Por eso necesito gente que pueda decirme que no.
Martín soltó aire lentamente.
—¿Me estás pidiendo ayuda?
—No te emociones.
—Cinco años esperando y lo haces como si solicitaras una fotocopia.
Elena sonrió de verdad. Duró poco.
—No puedo prometerte que nunca tendrás que decidir si detenerme.
—Yo tampoco puedo prometerte que no lo haré.
—Bien.
—¿Bien?
—Es la relación más sana que hemos tenido.
Martín miró el mar.
—Retana sigue vivo.
—Sara quería saberlo.
—Isaac también. Teresa ha empezado a entregar cajas del archivo.
—Entonces quizá todavía haya tiempo.
—¿Para qué?
Ella abrió la libreta por la primera página en blanco.
—Para aprender a recordar sin convertir el recuerdo en un arma.
Martín observó la página.
—Eso sí que va a ser difícil.
—Por eso empezamos hoy.