CAPÍTULO 43.
Joaquín Retana tenía setenta y dos años cuando recibió un mensaje de Martín compuesto por seis palabras. ELENA HA VUELTO. SARA ESTÁ ENFERMA.
Leyó la pantalla tres veces.
Luego llamó.
—¿Dónde?
—No puedo decírtelo todavía.
—Entonces ¿para qué me avisas?
—Porque Julián Ortega ha encontrado la finca de ALBA. Retana se incorporó en la silla.
—¿Quién es Julián Ortega?
Martín se lo explicó.
La hermana desaparecida.
Irene.
S-5.
El código que Nadia había mencionado cinco años atrás. Retana miró hacia el archivadorque seguía guardando en casa pese a haber jurado varias veces que lo entregaría todo.
— Voy a la finca.
—No.
—Martín, tengo setenta y dos años. La palabra no ha
perdido significado desde que te jubilaste de darme órdenes. —Nunca te di órdenes.
—Por eso eras un alumno mediocre.
Martín suspiró.
—Julián está dentro o ha estado dentro. Teresa Olmedo
también.
Retana reconoció el nombre.
—La bibliotecaria.
—Sí.
—¿Y Elena?
—En el hospital.
—Quiero verla.
—Ella no quiere verte.
—Eso es razonable. Yo sí.
Dos horas más tarde estaba en una cafetería frente al
hospital. Martín llegó con ojeras y una carpeta.
—No vas a entrar.
—Ya veremos.
—No es una invitación.
Retana abrió la carpeta.
Había copias de documentos encontrados por Julián,
fotografías de la finca, el expediente S-5 y una transcripción parcial de las cintas.
—¿Irene está viva?
—No sabemos.
—Datos insuficientes.
Martín lo miró.
—Te odio cuando haces eso.
—Es una buena frase. Deberías usarla más.
Retana leyó en silencio.
—Esto reabre delitos —dijo al terminar—. Detención ilegal, falsedad documental, lesiones, quizá más. Aunque algunos responsables hayan muerto o ciertos delitos hayan prescrito, el archivo sigue siendo evidencia.
—Teresa quiere entregarlo.
—¿Todo?
—Dice que sí.
—Entonces que no toque más de lo necesario y documente la cadena desde ahora. El pasado ya será difícil de probar. No lo hagamos imposible en el presente.
Martín asintió.
Retana cerró la carpeta.
—Ahora Elena.
—No.
—¿La estás protegiendo?
Martín sostuvo su mirada.
—Estoy protegiendo a una paciente terminal de un circo mediático.
—He preguntado por Elena.
—Y yo te he respondido sobre Sara.
Retana sonrió apenas.
—Has aprendido.
Martín no devolvió la sonrisa.
—Elena sabe que,si aparecen pruebas suficientes,puedo detenerla.
—¿Y tú sabes que quizá no aparezcan nunca?
—Sí.
—¿Puedes vivir con eso?
Martín miró por la ventana hacia el hospital.
—Tendré que hacerlo.
Retana pensó en el hombre joven que años atrás había llevado dos cajas a su cocina. Ahora parecía más viejo que la diferencia de años.
—La justicia no es saberlo todo —dijo—. A veces es saber exactamente qué no puedes demostrar.
—Ella odiaría esa frase.
—Por eso se la diré.
Martín negó con la cabeza.
—No vas a entrar.
El teléfono de Retana vibró.
Número oculto.
Contestó.
—¿Sí?
Después una voz de mujer.
—Siempre fue usted muy lento, comisario.
Retana reconoció la cadencia antes que la voz.
—Elena Duarte.
Martín levantó la cabeza.
—No diga mi nombre tan alto. Podría arruinarle la tarde a mi compañero.
Retana miró a Martín.
—Parece que tú decides cuándo hablamos.
—He adquirido malas costumbres.
—¿Sara?
Una pausa.
—Mal.
—Lo siento.
—No le llamo por eso.
—Ya lo sé.
—Julián ha ido a la finca.
—También lo sé.
—Quiero que el archivo termine en manos que no lo utilicen para fabricar otra religión.
Retana miró la carpeta.
—Eso excluye a mucha gente.
—Le incluye a usted por poco.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Los acepto todos a mi edad.
Elena guardó silencio.
—Hay algo más —dijo—. Si Sara muere, aparecerán personas que intentarán hablar por ella. No lo permita.
—No puedo controlar lo que diga el mundo.
—Puede controlar lo que diga usted.
Retana se quedó mirando el café.
—¿Quieres que la defienda?
—No.
—¿Que la justifique?
—No.
—Entonces ¿qué?
La respuesta llegó casi en un susurro.
—Que no la simplifique.
Retana cerró los ojos.
—Eso puedo prometerlo.
—Y sobre mí...
—¿Sí?
—No le prometo nada.
La llamada se cortó.
Martín seguía mirándolo.
—¿Qué ha dicho?
Retana guardó el teléfono.
—Que sigue siendo insoportable.
—Eso ya lo sabía.
—Y que quiere que conservemos el archivo.
Martín miró hacia el hospital.
—¿Vas a respetar su petición?
Retana abrió de nuevo la carpeta de S-5.
—Voy a respetar la evidencia.A veces coincide con lo que quiere la gente.
—Y a veces no.
—Exacto.
Retana pasó la primera página.
Irene Ortega.
El nombre real aparecía por fin junto al código.
—Empecemos por devolverles los nombres —dijo.