CAPÍTULO 42.
La mujer del abrigo gris se llamaba Teresa Olmedo. Al menos eso dijo.
—El correo a mi universidad —dijo Julián—. ¿Fue usted? —Sí.
—Podía haber escrito con su nombre.
—Necesitaba que alguien llegara al archivo sin volver a
ponerlo en manos de quienes lo habían protegido. Y todavía estaba aprendiendo a dejar de esconderme.
Julián no sabía si creerla.
En la finca de ALBA, creer se había convertido en un lujo.
—Fui bibliotecaria —repitió investigadora. Organizaba sesiones, mantenía el archivo audiovisual.
—Eso la convierte en parte.
Teresa no se defendió.
—Sí.
La respuesta desconcertó a Julián.
—¿Y vuelve aquí por nostalgia?
—Vuelvo porque alguien tiene que impedir que esto desaparezca del todo.
—¿Para conservar el experimento?
—Para conservar la prueba.
Julián miró las estanterías.
—Podría entregarla a la policía.
—Parte se entregó.
—Entonces ¿por qué queda todo esto?
Teresa pasó los dedos por el lomo de una carpeta.
—Porque cuando llegaron las primeras investigaciones, hubo gente interesada en que pareciera que ALBA había sido una ocurrencia de Cardona y cuatro locos. No fue así.
—¿Quién lo financiaba?
ella—. No terapeuta. No expedientes, transcribía
—Fundaciones. Donaciones. Convenios. Programas piloto. Dinero público que cambiaba de nombre al atravesar suficientes formularios.
—Nombres.
Teresa lo miró.
—Eso es lo primero que os enseñaron a buscar: un nombre al que colocar toda la culpa.
—Mi hermana desapareció.
—Lo sé.
Julián dio un paso hacia ella.
—¿La conoció?
—Transcribí sus sesiones.
La habitación pareció perder aire.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—No le creo.
—Tienes derecho.
—No me hable como si esto fuera terapia.
Teresa apartó la mirada.
—Tienes razón.
Se sentó en una silla oxidada.
—Cuando Irene llegó, el programa ya estaba descomponiéndose.Habían empezado a cuestionarlo desde fuera. Algunos profesionales se marchaban.Cardona estaba obsesionado con demostrar que los sujetos podían construir una moral autónoma.
—¿Sujetos?
—Así los llamábamos.
—Personas.
Teresa asintió.
—Personas.
Julián dejó que el silencio la obligara a continuar.
—Irene no aceptaba la premisa. En las simulaciones se negaba a decidir castigos. Cuando le presentaban a un agresor hipotético, preguntaba por las pruebas. Cuando le decían que las pruebas eran insuficientes pero que «sabíamos» que era culpable, respondía que entonces no sabíamos.
Julián sintió una sonrisa dolorosa.
—Eso era muy ella.
—Cardona la consideraba frustrante y fascinante. Decía que su empatía interfería con la restauración.
—Su humanidad, quiere decir.
—Sí.
Teresa respiró hondo.
—La clasificaron como S-5. Reacción desadaptativa al castigo. No integrada.
—¿Y qué significa «reubicada»?
—Que dejó el programa principal.
—¿A dónde fue?
—A una casa de transición cerca de la frontera. Después perdí el rastro.
—¿Por qué?
—Porque yo la ayudé a salir.
Julián tardó en comprender.
—¿Qué?
—Me pidió acceso a una salida de servicio. Le di una llave. Dos días después, su expediente oficial cambió. Decía que había sido trasladada. Era mentira.
—Entonces sabe que escapó.
—Sé que salió de este edificio.
—¿Con quién?
—Sola.
—¿Y nunca la buscó?
Teresa se levantó.
—La busqué durante un año. Dejé mensajes en lugares que ella conocía. Nada.
—¿Por qué no llamó a mi familia?
La mujer cerró los ojos.
—Porque tenía miedo.
Julián sintió que la rabia le subía por el cuello.
—Qué palabra tan útil.
—Sí.
—Todos tenían miedo. Mi madre. Los médicos. Los administrativos. La vecina de alguien. Y mientras tanto, ellas desaparecían.
Teresa aceptó el golpe.
—Por eso estoy aquí.
—No. Está aquí porque ahora es seguro arrepentirse.
La mujer metió la mano en el bolsillo y sacó una llave pequeña.
—No es seguro.
—¿Qué abre?
—La sala de las cintas.
Julián no la tomó.
—¿Por qué no las destruyeron?
—Cardona creía que el archivo era su legado. Cuando todo empezó a caer, algunos quisieron quemarlo. Yo hice copias. Escondí originales. Pensé que conservar voces compensaba haber ayudado a registrarlas.
—¿Compensa?
—No.
Otra respuesta sin defensa.
—Entonces ¿por qué?
—Porque compensar no es el único motivo para hacer algo correcto demasiado tarde.
Julián miró la llave.
—¿Está la voz de Irene?
—Sí.
—¿Y Sara?
—También.
—¿Elena?
—No como sujeto formal. Hay fragmentos de sesiones familiares.
Julián tomó la llave.
Teresa mantuvo la mano extendida un segundo más.
—Escucha una cosa antes de entrar.
—¿Qué?
—No conviertas las cintas en oráculos. Son grabaciones producidas dentro de un sistema de coerción. Lo que dijeron allí no es toda su verdad.
Julián cerró los dedos sobre el metal.
—Al menos es su voz.
—Sí.
Teresa se apartó.
—Y a veces una voz es suficiente para empezar a devolver un nombre.
Julián caminó hacia el pasillo.
—Teresa.
Ella se volvió.
—Si Irene está viva, ¿cree que querría que la encontrara?
La bibliotecaria lo miró con una tristeza vieja.
—Eso solo puede responderlo Irene.
—Llevo diez años sin poder preguntárselo.
—Entonces no permitas que el tiempo responda por ella.
Julián siguió hacia la puerta de hierro.
Detrás, Teresa empezó a recoger carpetas.
No como quien protege un santuario.
Como quien prepara pruebas para un juicio que quizá llegaba demasiado tarde.