CAPÍTULO 39.
Julián Ortega tenía veintiséis años y llevaba tres meses como médico interno residente.
Era alto, demasiado delgado y poseía una memoria visual que sus supervisores confundían con dedicación. En realidad, Julián no era especialmente disciplinado. Simplemente recordaba lo que veía.
La paciente de la 412 no encajaba.
No por la enfermedad.
Por la acompañante.
La mujer que decía llamarse Elena Muñoz no tenía el
comportamiento de un familiar corriente. Observaba las entradas, medía los tiempos del personal, nunca dejaba documentos abiertos y elegía siempre la silla desde la que podía ver la puerta y la ventana.
El segundo día, Julián revisó el historial de Clara. No encontró nada falso.
Eso le resultó más sospechoso.
—¿Nacionalidad belga? —preguntó mientras auscultaba
a Sara.
—Sí —respondió Elena.
—Tiene acento del sur.
—La lengua materna siempre escapa.
Sara abrió un ojo.
—Doctor, si sigue interrogándonos tendré que empezar a
cobrarle consulta.
Julián sonrió.
—No es interrogatorio.
—Eso dicen todos al principio.
Volvió al día siguiente. Y al siguiente.
Elena terminó por confrontarlo.
—Tienes más interés en esta habitación que en las
demás.
Julián cerró la puerta con suavidad.
—Puede.
—¿Eres periodista?
—No.
—¿Policía?
—No.
—Entonces ¿qué quieres?
Julián miró a Sara, que dormía bajo el efecto de un
analgésico.
—Mi hermana desapareció hace diez años.
Elena no se movió.
—Lo siento.
—No necesito que lo sienta.
La respuesta fue más dura de lo que pretendía. Julián respiró.
—Se llamaba Irene. Tenía diecisiete años. La última vez
que alguien la vio salía de un centro de intervención juvenil. Elena sintió una corriente fría en la espalda.
—¿Qué centro?
—Cambió de nombre varias veces. En los papeles de mi
madre aparece como Fundación Alba Norte.
Sara abrió los ojos.
No estaba dormida.
Julián sacó el teléfono, buscó una fotografía antigua y la
dejó sobre la mesa.
Una adolescente sonreía a la cámara. En la mochila llevaba dibujada una espiral de tres brazos.
—Encontré esto después de leer el dosier de Isaac Belmonte —dijo—. Mi madre no quiso volver a hablar del tema. Mi padre murió convencido de que Irene se había fugado. Yo no.
Elena miró a Sara.
Sara observaba la fotografía.
—¿Qué código tenía? —preguntó.
Julián frunció el ceño.
—¿Código?
—Si estuvo en ALBA, tendría uno.
—No lo sé.
—¿Año?
—2021.
Sara cerró los ojos un instante.
—Demasiado tarde para el primer centro. Pero no para las réplicas.
Julián se acercó.
—¿Usted estuvo allí?
Sara lo miró.
—Sí.
—¿Conoció a Irene?
—No lo sé.
—¿Cómo puede no saberlo?
—Porque durante años conocí a personas por códigos. Porque nos cambiaban de sede. Porque aprendí a no preguntar nombres.
Julián apretó la mandíbula.
—¿Quién es usted?
Elena dio un paso hacia él.
—Eso no te ayudará a encontrar a tu hermana.
—Tal vez sí.
Sara extendió una mano hacia la libreta negra. La abrió y escribió un nombre.
GAbrIEL S. CARDONA.
Julián lo leyó.
—¿Él se la llevó?
—Él diseñó la puerta —dijo Sara—. Otros aprendieron a
usarla.
—¿Dónde está?
—Si lo supiéramos, no estaríamos aquí hablando. Julián guardó silencio.
Sara arrancó la hoja y se la entregó.
—Si decides seguir, no busques culpables primero. —¿Qué busco?
—Cicatrices.
Elena la miró con desaprobación. —No lo metas en esto.
Sara sonrió.
—Ya estaba dentro antes de conocernos.