CAPÍTULO 38.
Julián Ortega había aprendido a recordar a su hermana por partes.
Si intentaba abarcarla entera, aparecía la desaparición.
Prefería detalles.
Irene cortándose el flequillo sola a los trece años y negando durante semanas que hubiera sido ella.
Irene dibujando espirales en los márgenes de los libros de texto.
Irene robándole camisetas y devolviéndolas lavadas con un suavizante que olía demasiado dulce.
Irene, a los diecisiete, diciéndole que había empezado a ver a una psicóloga porque «mamá cree que soy un mueble roto».
Julián tenía dieciséis cuando desapareció.
Durante años se reprochó no haber sabido hacer preguntas mejores.
La última tarde que la vio estaban en la cocina. Irene llevaba una mochila gris en el suelo y discutía por teléfono con alguien.
—No voy a volver allí —dijo.
Pausa.
—Me da igual lo que firmara mamá.
Otra pausa.
—No. No quiero hablar con Gabriel.
Julián estaba haciendo un bocadillo.
—¿Quién es Gabriel? —preguntó cuando ella colgó.
Irene se quedó quieta.
—Nadie.
—Parecía bastante alguien.
—Es del centro.
—¿Qué centro?
Ella abrió la nevera sin necesidad.
—Uno al que voy.
—¿Desde cuándo?
—Joder, Julián, desde hace meses.
Él se sintió ofendido por no saberlo y reaccionó como reaccionan los adolescentes cuando la preocupación les da vergüenza.
—Pues si llevas meses yendo, tan mal no será.
Irene cerró la nevera.
—No tienes ni idea.
—Entonces cuéntamelo.
—No puedo.
—Claro.
—No es eso.
—Siempre es eso contigo.
La vio recoger la mochila.
—¿Adónde vas?
—A casa de Laura.
—Mamá ha dicho que cenemos juntos.
—Dile que volveré.
No volvió.
Durante las primeras veinticuatro horas, la policía habló de una fuga.
A las cuarenta y ocho, también.
A la semana, descubrieron que Laura no la había visto.
El teléfono apareció apagado en una papelera junto a una estación de autobuses.
La mochila nunca se encontró.
Su madre se rompió de una forma silenciosa.
Su padre se volvió un hombre que llamaba semanalmente a la comisaría, aunque ya reconocía por la voz al funcionario que contestaría.
Julián empezó medicina porque durante años creyó que aprender a leer cuerpos le permitiría comprender lo que no había sabido leer en su hermana.
No funcionó.
Una tarde, meses después de la desaparición, encontró una espiral dibujada debajo del escritorio de Irene.
Tres brazos.
Un centro.
Al lado, una frase:
«Para no perderse, siempre tiene que existir un lugar al que volver.»
Julián arrancó el trozo de madera con una espátula y lo guardó.
Diez años después seguía en una caja de su habitación.
Por eso, cuando vio el mismo símbolo anotado en el expediente de Clara Muñoz, no sintió curiosidad.
Sintió una puerta abriéndose.
Durante los días siguientes investigó a escondidas.
Buscó primero el nombre del hospital anterior.
Luego la identidad de Clara. Había inconsistencias pequeñas: documentos demasiado recientes, un número de identificación emitido después del primer diagnóstico, un domicilio belga donde figuraban otras tres personas en distintos años sin relación aparente.
No era una identidad falsa construida por aficionados.
Era una identidad diseñada para resistir una comprobación ordinaria.
Eso le dio miedo.
Y esperanza.
La esperanza era más peligrosa.
Cuando entraba en la habitación 412, miraba a Sara y trataba de descubrir en su rostro si había visto alguna vez a Irene.
No preguntó al principio.
Temía dos respuestas.
No.
Y sí.
Una noche llamó a su madre.
—¿Conservas las cosas de Irene?
Al otro lado hubo silencio.
—¿Qué cosas?
—Todo.
—Claro que sí.
—Necesito que busques algo. Documentos del psicólogo. Centro. Fundación. Cualquier nombre que empiece por ALBA o Horizonte.
Su madre tardó demasiado en contestar.
—¿Por qué?
—He visto algo.
—Julián...
—Mamá.
La voz de ella cambió.
—Había un doctor Cardona.
Julián se sentó en el suelo del vestuario.
—¿Gabriel?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Lo dije a la policía.
—A mí.
—Tú tenías dieciséis años.
—Ahora tengo veintiséis.
—Y llevas diez años viviendo como si encontrarla fuera la condición para poder empezar tu propia vida.
Julián cerró los ojos.
—¿Qué era ALBA?
—No lo sé. Una derivación. Nos dijeron que trabajaban con adolescentes vulnerables. Irene estaba... mal. Yo pensé que la ayudaban.
La frase se quebró.
—Todos pensamos que ayudaban.
Julián recordó a Clara —Sara— respirando con dificultad en la cama.
—Puede que haya encontrado a alguien que lo sepa.
—¿A Irene?
La esperanza de su madre atravesó el teléfono y le hizo daño.
—No. A alguien que estuvo allí.
—Pregúntale.
—Lo haré.
—Y, Julián...
—¿Sí?
—Si te dice que Irene murió, no conviertas esa respuesta en otra desaparición. Llámame.
Él apoyó la cabeza contra la taquilla.
—Te llamaré.
Colgó.
Esa noche entró en la 412 con un libro bajo el brazo y una pregunta que llevaba diez años esperando tener a quién hacer.