Noches de sal CAPÍTULO 37.
72%

CAPÍTULO 37.

El doctor Daniel Ruiz supo que Clara Muñoz no se llamaba Clara Muñoz antes de terminar la segunda visita. No sabía quién era.

Solo sabía que los papeles tenían la clase de coherencia

demasiado perfecta que producen las identidades

construidas.

El historial de quimioterapia estaba completo. Las dosis

cuadraban. Las imágenes diagnósticas correspondían al

cuerpo de la paciente. Los marcadores biológicos eran

reales. Pero los informes procedían de tres países, los

apellidos de dos médicos habían cambiado de ortografía

entre copias y el número belga de identificación había sido

emitido después del primer ciclo de tratamiento.

Ruiz llevaba veintisiete años en oncología. Había tratado

a fugitivos de deudas, mujeres escondidas de parejas

violentas, inmigrantes con papeles prestados, diplomáticos

con nombres que no aparecían en ningún registro ordinario

y una vez a un testigo protegido al que dos policías llamaban

señor García, aunque todo el mundo sabía que no era

García.

Su trabajo empezaba por una pregunta distinta. ¿Está enferma?

Sara lo estaba.

Mucho.

El resto podía esperar unas horas.

—Necesito hablar con usted a solas —dijo a Elena al

tercer día.

Ella lo siguió hasta un despacho pequeño.

Ruiz cerró la puerta.

—No voy a preguntarle quiénes son.

Elena no cambió de expresión.

—Entonces esta conversación será breve.

—Voy a preguntarle si hay alguna razón médica para que

yo no sepa quién es mi paciente.

—No.

—¿Algún tratamiento que no figure aquí?

—No.

—¿Alguna alergia, ensayo clínico, intervención,

medicación experimental?

—Todo está en la documentación.

Ruiz la miró.

—Eso es lo que me preocupa. Está demasiado bien

hecha.

Elena se cruzó de brazos.

—¿Va a llamar a la policía?

—¿Debería?

—No lo sé.

La sinceridad lo sorprendió.

—¿Representan un peligro para otros pacientes? —No.

—¿Hay alguien que pueda venir a hacerles daño? Elena tardó.

—No lo creo.

—Esa pausa me gusta menos.

—A mí también.

Ruiz se sentó.

—Su... amiga.

—Hermana.

—Su hermana está en una fase muy avanzada. Podemos

intentar estabilizarla, tratar complicaciones, ajustar el dolor.

Pero necesito poder hablar con ella de expectativas reales. —Lo sabe.

—Saber que uno puede morir y escuchar a un médico

explicar cómo puede ocurrir son cosas diferentes. Elena miró hacia la ventana.

—Ella no le tiene miedo a morir.

—Casi nadie teme solo a la muerte. Temen el dolor,

perder el control, dejar asuntos abiertos, convertirse en

carga. Todo eso también es medicina.

Elena volvió la mirada.

—¿Por qué me está diciendo esto?

—Porque usted lleva tres días comportándose como si

pudiera protegerla de la biología mediante vigilancia. Elena soltó una risa sin humor.

—¿Y no puedo?

—No.

La palabra quedó limpia.

Elena bajó los ojos.

—Gracias.

Ruiz no esperaba agradecimiento.

—Quiero preguntarle otra cosa. Su interna documentación

habla de episodios disociativos antiguos y de un programa

llamado ALBA.

Elena se tensó.

—¿Dónde?

—En una nota escaneada de hace años. Probablemente

entró por error entre informes hematológicos.

—Bórrela.

—No.

—Doctor.

—No voy a borrar parte de una historia clínica porque

usted me lo pida. Sí puedo restringir el acceso si hay un

riesgo de confidencialidad.

Elena lo estudió.

—No sabe qué significa.

—No. Y no necesito saberlo para proteger la privacidad

de mi paciente.

—Podría meterse en algo que no entiende.

Ruiz se apoyó en el respaldo.

—Eso describe bastante bien la medicina.

Por un instante, Elena casi sonrió.

—Julián Ortega ha visto el símbolo —dijo ella. —Lo sé.

—¿Se lo contó?

—No. Los internos creen que los adjuntos no vemos nada.

Es una tradición útil.

—Su hermana desapareció.

Ruiz se quedó quieto.

—¿Julián tiene una hermana desaparecida?

—Sí.

—Eso no está en su expediente laboral.

—No todo está en un expediente.

Ruiz entendió que acababa de escuchar una frase central

en la vida de aquella mujer.

—¿Está relacionado con ALBA?

—Puede.

—¿Él corre peligro?

—Si sigue buscando, quizá.

Ruiz respiró despacio.

—Entonces dígaselo.

—No puedo decidir por él.

—Me alegra escucharla decir eso.

Elena levantó la mirada.

—¿Qué sabe de mí?

—Nada.

—Miente mal.

Ruiz abrió un cajón y sacó el móvil. Mostró una noticia

antigua:una fotografía borrosa de dos mujeres bajo un titular

sobre «las mujeres del mito».

—La enfermera de admisión la encontró.Yo la vi después. Elena no tocó la pantalla.

—¿Y?

—Y una fotografía borrosa no es una identificación clínica. —Podría avisar.

—Podría. También podría confundir a una paciente

terminal con una leyenda de internety convertir su habitación

en un circo. No me parece una decisión médica sensata. Elena lo miró durante un largo momento.

—¿Por qué confía en nosotras?

—No confío.

La respuesta la dejó inmóvil.

—Confío en ciertas obligaciones. No es lo mismo. Ruiz guardó el móvil.

—Si la policía viene con una orden,haré lo que legalmente

corresponda. Si no, mi paciente es una mujer con linfoma y

un nombre que quizá no sea suyo. Hoy eso es suficiente. Elena abrió la puerta.

—Doctor.

—¿Sí?

—No le diga a Sara que sabe.

—No prometo mentirle a una paciente.

—Entonces no saque el tema.

—Eso sí puedo hacerlo.

Elena salió.

Ruiz permaneció sentado.

Años después recordaría aquella conversación no por

haber tenido a una mujer buscada en su despacho, sino por

la frase que se dijo a sí mismo cuando volvió a revisar el

historial:

No saber quién es alguien no te libera de saber qué le

debes.