CAPÍTULO 36.
La ambulancia llegó a las tres y doce de la madrugada, sin sirena.
La paciente iba conectada a oxígeno y suero. Tenía el rostro afilado por meses de tratamiento, los labios secos y el cabello reducido a una sombra irregularsobre el cráneo.Aun así, sus ojos seguían mirando con una claridad casi incómoda.
La mujer que la acompañaba entregó la documentación. Nombre: Clara Muñoz.
Nacionalidad: belga.
Diagnóstico: linfoma en fase avanzada.
Motivo del traslado: complicación hematológica durante
estancia familiar.
La enfermera identidad belga y el informe oncológico. Todo parecía correcto.
— ¿Parentesco? —preguntó.
—Hermana —respondió Elena.
Decir la palabra después de tantos años todavía le
resultaba extraña.
La habitación asignada fue la 412, en un ala antigua del hospital. Paredes grises, ventana a un patio interior, una cámara en el pasillo, pero ninguna dentro.
Cuando se quedaron solas, Elena cerró la puerta. Sara respiró con dificultad.
—No deberíamos haber vuelto.
—El oncólogo de Marsella dijo que necesitabas
transfusión y seguimiento hospitalario.
—Hay hospitales en otros países.
—No podía dejarte morir en otro idioma.
Sara soltó una risa seca que terminó en tos.
—Sigues siendo dramática cuando estás asustada. Elena ajustó la manta.
de admisión revisó el documento de —Y tú sigues siendo insoportable cuando estás enferma. —Me alegra que algo permanezca.
Sobre la mesita había una libreta negra.
Años atrás había contenido nombres.
Ahora las páginas estaban en blanco.
Después de desaparecer, las hermanas habían pasado
por cuatro países y siete identidades. Al principio huyeron. Después empezaron a buscar antiguas pacientes de ALBA, no para reclutarlas sino para escuchar. Sara insistió en que cualquier red que construyeran debía servir para conservar testimonios, no para dictar sentencias.
No siempre lo habían logrado.
Había gente que seguía usando la espiral como amenaza. Personas que confundían memoria con permiso. Elena dedicó años a impedir que el símbolo se convirtiera en una orden.
La ironía no se le escapaba.
Había pasado media vida matando en secreto y la otra media intentando convencer a otros de que no hicieran lo mismo.
—¿Duele? —preguntó.
Sara abrió los ojos.
—Solo cuando respiro.
—Muy tranquilizador.
—Preguntaste.
Elena miró por la ventana.
La ciudad seguía encendida al otro lado del patio.
—Creo que alguien nos ha reconocido.
Sara giró lentamente la cabeza.
—¿Quién?
—Una enfermera miró dos veces. Y hay un interno que lleva tres rondas pasando por aquí sin motivo.
—¿Policía?
—No lo parece.
—Periodista.
—Tampoco.
Sara cerró los ojos.
—Entonces quizá solo sea curioso.
—La curiosidad nos ha dado más problemas que la policía.
—También nos salvó.
Elena se sentó.
—No somos aquellas sombras.
—No.
—Si nos descubren, no podemos volver a huir como antes.
Sara miró la libreta vacía.
—Entonces tendremos que elegir otra vez.
—¿Entre qué?
—Entre desaparecer o enseñar.
Elena frunció el ceño.
—¿Enseñar qué?
Sara sonrió con cansancio.
—A recordar sin convertirse en nosotros.