CAPÍTULO 40.
Julián empezó por las publicaciones médicas.
Había aprendido durante la carrera que los egos académicos dejan rastros más persistentes que los delitos. Una empresa puede desaparecer; un investigador quiere que su nombre permanezca.
Encontró a Gabriel Cardona en 2008, coautor de un artículo sobre neuromodulación conductual y trauma temprano. Después apareció en congresos, informes de fundaciones y una ponencia sobre «reconstrucción moral en sujetos con disociación reactiva».
El nombre ALBA se repetía como una sombra.
Una versión archivada de un artículo retirado en 2010 contenía un párrafo que Julián leyó tres veces:
«La introducción de elementos simbólicos rituales —espiral triple, sal y geometría circular— favorece la estabilización de estructuras éticas proyectadas durante la simulación de justicia.»
Julián sintió que el estómago se le cerraba.
Irene dibujaba espirales desde los dieciséis.
En casa decía que eran «puertas para no perderse». Guardó los documentos en una carpeta cifrada. Buscó sociedades vinculadas a Cardona. Una finca rural
aparecía como sede de una fundación extinguida en 2023. Estaba a treinta kilómetros de la ciudad.
Antes de cerrar el portátil recibió un correo en su cuenta universitaria.
Sin asunto.
Algunas puertas no se abren.
Otras solo se cruzan una vez.
Estás a punto de entrar en la segunda.
Debajo, la espiral.
Julián fue directamente a la habitación 412.
Elena estaba sola.
—¿Ha sido usted?
Le mostró el mensaje.
Elena lo leyó.
—No.
—¿Sara?
—Está sedada desde hace dos horas.
—Entonces alguien sabe que estoy buscando. —Sí.
—¿Quién?
—Eso es precisamente lo peligroso.
Julián caminó hasta la ventana.
—He encontrado una finca.
Elena no mostró sorpresa.
—No vayas.
—¿La conoces?
—Conozco el tipo de lugar.
—Mi hermana puede haber estado allí.
—Tu hermana desapareció hace diez años. Una finca vacía no va a devolvértela.
—¿Y qué me propones? ¿Que espere otros diez?
Elena sostuvo su mirada.
—Te propongo que no confundas desesperación con dirección.
Julián se acercó.
—Usted desapareció durante años.
Elena se endureció.
—No sabes quién soy.
—Sé que se llama Elena. Sé que su hermana estuvo en ALBA. Sé que hay fotografías suyas en internet asociadas a una inspectora desaparecida.
El silencio cambió de temperatura.
Julián había cruzado la línea.
Elena cerró la puerta.
—Si sabes eso, también sabes que buscarme no terminó bien para mucha gente.
—No tengo miedo de usted.
—Eso no es una virtud.
—Tengo miedo de no encontrarla.
Elena entendió entonces que no podía detenerlo. Había visto aquella mirada antes.
La tuvo ella durante veintiún años.
—Si vas —dijo—, no lleves el móvil encendido. No toques nada que no tengas que tocar. Fotografía antes de mover. Y si encuentras a alguien, no intentes ser valiente.
Julián sonrió sin humor.
—Eso suena mucho a instrucciones.
—Lo son.
—¿Viene conmigo?
—No puedo dejar a Sara.
Julián se dirigió a la puerta.
—Entonces iré solo.
—Julián.
Él se volvió.
—Si encuentras una sala con cintas —dijo Elena—,no las escuches todas.
—¿Por qué?
Elena pensó en recuerdos que durante años creyó propios y quizá habían sido construidos.
—Porque hay verdades que, una vez dentro, no saben salir de la cabeza.