Noches de sal CAPÍTULO 27.
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CAPÍTULO 27.

Durante la semana siguiente, Retana e Isaac construyeron una cronología.

No una teoría.

Una cronología.

ALBA aparecía por primera vez en documentos de finales de los noventa como una asociación para «intervención psicoeducativa en trauma infantil». Cambió de forma jurídica tres veces. Recibió donaciones privadas, convenios municipales menores y subvenciones canalizadas a través de otras entidades.

Gabriel Cardona figuraba como asesor clínico, investigador o director según el año.

Los términos se repetían.

Resiliencia dirigida.

Reconstrucción narrativa.

Simulación moral.

Anclaje simbólico.

Isaac encontró un artículo de 2008 firmado por Cardona sobre «neuromodulación conductual en contextos de trauma temprano». No decía nada ilegal. En notas bibliográficas aparecía, sin embargo, un «Instituto ALBA de Intervención psicoética en Menores» del que no existía registro sanitario claro.

Dos años después, otro artículo había sido retirado por cuestiones éticas.

El título bastó para que Retana llamara a Martín a medianoche.

«Construcción de símbolos restaurativos en sujetos disociativos mediante simulación de justicia moral supervisada».

En una versión archivada del resumen se leía:

«La introducción de elementos rituales —espiral triple, sal, geometría circular— facilita el anclaje del sujeto a estructuras de conducta proyectadas por el terapeuta.»

— La sal no es una firma criminal —dijo Martín cuando llegó a casa de Retana—. Es una herramienta terapéutica.

—Fue una herramienta terapéutica —corrigió Retana—. Después alguien la convirtió en otra cosa.

Isaac amplió varias fotografías de casos antiguos.

La espiral aparecía grabada en madera, dibujada con polvo, tallada en una piedra, bordada en una prenda.

Retana pidió la última fotografía oficial conocida de Elena Duarte.

La imagen había sido tomada durante un acto policial meses antes de su desaparición.

Amplió el cuello del abrigo.

En la etiqueta interior, apenas visible porque una ráfaga de viento había levantado la solapa, había una pequeña espiral cosida con hilo oscuro.

Martín se acercó a la pantalla.

—Eso no estaba en su ropa antes.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ese abrigo lo llevaba todos los días.

Isaac los miró.

—¿Se lo puso ella o alguien se lo puso?

—Buena pregunta —dijo Retana.

—¿Qué crees?

Retana apagó la pantalla.

—Que no es una firma.

—¿Entonces?

—Una marca de pertenencia. O una advertencia. Algo pensado para ser visto únicamente por quien sabe dónde mirar.

Martín se dejó caer en una silla.

—¿Cuántas personas?

—No lo sabemos.

—¿Cuántas víctimas?

—Tampoco.

—¿Y Cardona?

Isaac abrió otro documento.

—Hace dos meses abandonó la dirección de Horizonte. Oficialmente está en un retiro profesional en Marruecos.

Retana sonrió sin humor.

—Demasiado oportuno.

—Hay más —continuó Isaac—. Horizonte ha anunciado «reestructuración interna» y el edificio principal está cerrado temporalmente.

—¿Vigilancia?

—Una empresa privada recoge correspondencia dos veces por semana. Nada más.

Martín miró a Retana.

—No estarás pensando en entrar.

Retana se levantó con dificultad.

—Tengo sesenta y siete años. No pienso. Me canso antes.

—Joaquín.

—Mañana llamaré a un juez que conozco.

—Eso suena sensato.

—Le preguntaré si existe una orden de conservación de archivos.

—¿Y si no?

Retana tomó las llaves del coche.

—Entonces será interesante saber cuánto tarda alguien en hacerlos desaparecer después de que preguntemos.