CAPÍTULO 26.
Isaac Belmonte llegó diez minutos tarde y sin teléfono visible. Retana lo había citado en una cafetería del extrarradio
donde el café era malo y las mesas estaban demasiado
juntas para que nadie prestara atención a conversaciones
ajenas.
Isaac tenía treinta y nueve años, barba de dos días y la
clase de ropa que parece elegida para no aparecer nunca en
una descripción policial. Había publicado investigaciones
sobre corrupción municipal, redes de explotación laboral y
desapariciones tratadas como episodios aislados. También
había acumulado demandas, rectificaciones forzadas y
enemistades más estables que algunos matrimonios. —No me llamas para hablar del tiempo —dijo al sentarse. —El tiempo está fatal.
—Entonces me voy.
Retana dejó una copia de la espiral sobre la mesa. Isaac dejó de sonreír.
—¿Dónde la has visto?
—Primero contesta tú.
El periodista abrió su mochila y sacó una carpeta. —Hace cuatro años investigué la desaparición de una
chica en Castellmar. Veintidós años. Había denunciado a un
hombre por explotación sexual.La denuncia se archivó. Seis
meses después desapareció. En su habitación encontraron
esto dibujado debajo de una mesa.
Mostró una fotografía.
La misma espiral de tres brazos.
—¿Una?
Isaac negó.
Sacó cuatro imágenes más.
—Cinco casos en ocho años. Distintas ciudades del litoral.
Mujeres desaparecidas. Dos habían pasado por centros de
menores. Una por una clínica privada. Otra constaba como suicidio,aunque nunca apareció el cuerpo. En todas hay una escena simbólica: sal, una fotografía marcada, una nota o la
espiral.
Retana observó las imágenes.
—¿Por qué no publicaste?
—Porque no tenía historia. Tenía coincidencias. Y porque
cada vez que intentaba unirlas aparecía un documento que
desmentía el anterior. Cambios de apellido, expedientes
incompletos, sociedades liquidadas.
—Fundación Horizonte.
Isaac levantó la vista.
—¿Quién te ha dado ese nombre?
—Lo conoces.
—Conozco un conjunto de entidades que se parecen
demasiado. Horizonte, Alba, Amanecer, Renacer. Nombres
optimistas para estructuras que duran tres años y luego
cambian de CIF.
Retana le mostró una fotografía de Gabriel Cardona. Isaac se quedó callado.
—Este hombre aparece en dos consejos asesores —dijo
al fin—. Nunca como responsable operativo. Siempre como
consultor.
—Fue terapeuta de una niña desaparecida.
—¿Cuál?
—Sara Duarte.
Isaac apoyó la espalda en la silla.
—La hermana de la inspectora.
—Sí.
—Entonces no son solo ellas.
—Eso parece.
Isaac pasó una mano por la barba.
—¿Crees que reclutaban?
Retana negó.
—Todavía no creo nada.
—Eso es mentira.
Retana lo miró.
—Creo que alguien construyó una estructura alrededor de
víctimas jóvenes y que después esa estructura sobrevivió a
quien la diseñó. No sé si la llamaría red, terapia, secta o
experimento.
—¿Y Elena y Sara?
—No sé si son víctimas, perpetradoras, testigos o las tres
cosas.
Isaac guardó las fotografías.
—Eso no cabe bien en un titular.
—Por eso te he llamado a ti.
—¿Quieres que publique?
—Quiero que busques.
Isaac sonrió.
—Peor.
Retana le entregó una copia de la nota del muelle. El periodista la leyó.
—«No somos polvo. Somos eco».
—Poético.
—Manipulador.
—También.
Isaac señaló la espiral.
—¿Sabes lo que significa?
—No.
—He encontrado una descripción en un documento
antiguo de una clínica. «Tres trayectorias, un origen,
imposibilidad de retorno».
Retana levantó la vista.
—¿De qué clínica?
Isaac tardó un segundo.
—Instituto ALBA.