CAPÍTULO 25.
Retana empezó por lo que podía medirse.
Horas. Cámaras. Peajes. Registros de acceso.
Matrículas.
La poesía de las notas le interesaba menos que el minuto
exacto en que alguien había tenido que colocarlas. Encontró un dato que la investigación oficial había
descartado: tres semanas después de la desaparición de
Elena, una cámara de seguridad del puerto registró
movimiento en el muelle 3A a las 03:14. Dos figuras cruzaron
una zona restringida. La resolución era mala. No se veían
rostros.
La grabación había sido etiquetada como «sin relación»
porque el caso Duarte ya se consideraba fuga voluntaria de
una adulta.
Retana fue al puerto al atardecer.
La valla del muelle tenía un tramo en obras. No necesitó
forzar nada. Entró con un casco viejo que encontró en el
coche y caminó como si tuviera derecho a estar allí. La
mayoría de las barreras humanas funcionan por apariencia. En una caseta de mantenimiento, detrás de un radiador,
encontró una bolsa de plástico sellada.
Dentro había un mechón de cabello rubio sujeto con una
goma azul.
Retana no lo tocó.
Fotografió la bolsa in situ y llamó a Martín.
—Necesito una recogida discreta.
—¿Qué has encontrado?
—Algo que quiere ser encontrado.
—Eso suena mal.
—Lo es.
Detrás del mismo radiador había una hoja amarillenta. No somos polvo. Somos eco.
La ciudad no tiene memoria.
Pero nosotros sí.
Volveremos. No como mitos.
Sino como raíz.
Retana leyó tres veces.
El lenguaje coincidía con las notas atribuidas a S: frases
cortas, oposición entre memoria y olvido, una voluntad casi
litúrgica de convertir cada acto en significado.
Guardó la hoja en una funda.
En el exterior, el cielo se había oscurecido.
Se sentó en un bolardo y observó el agua.
No se fueron del todo, pensó.
O quieren que creamos que no se fueron.
Esa diferencia era importante.
Cuando Martín llegó con un kit de evidencia, Retana le
mostró la bolsa.
—¿De quién crees que es?
—No lo sé.
—Mejor respuesta que «de Sara».
—¿Y si es de ella?
—Entonces tendremos ADN si encontramos una
referencia familiar. Pero no conviertas una hipótesis en una
persona.
Martín recogió la muestra.
—Hay otra cosa —dijo—. Alguien ha preguntado por ti en
Jefatura.
—¿Quién?
—No dejó nombre. Dijo que eras «un hombre que
confunde memoria con deuda».
Retana soltó una risa seca.
—Por fin alguien me conoce.
—No tiene gracia.
—Todo tiene algo de gracia cuando uno está jubilado. Martín lo miró.
—Puedes dejarlo.
Retana guardó la nota en el maletín.
—No.
—¿Por Elena?
—No la conocí.
—Entonces ¿por qué?
Retana miró el mar.
—Porque llevo demasiados años viendo cómo un archivo
cerrado se convierte en una forma administrativa de entierro. Se levantó despacio.
—Y porque alguien ha trabajado mucho para que yo
encuentre esto.
—¿No te preocupa estar siguiendo el camino que
quieren?
—Sí.
—¿Y aun así vas a seguir?
—Claro.
Retana sonrió apenas.
—La diferencia entre una trampa y una pista no está en
quién la deja. Está en si sabes que te están guiando.