CAPÍTULO 16.
Ignacio Vela sobrevivió.
La noticia molestó a más gente de la que habría debido. En los foros locales, alguien publicó su antiguo
expediente: agente expulsado por manipular pruebas, encubrimiento de abusos, vínculos con una red de protección informal que había desactivado varias denuncias.
Los comentarios se dividieron entre quienes celebraban que un «monstruo» hubiera sufrido y quienes denunciaban el nacimiento de un justiciero serial.
Elena leyó veinte mensajes y cerró la pantalla.
No necesitaba internetpara conocer la facilidad con que una multitud convertía un ser humano en una categoría.
Vela estaba ingresado bajo vigilancia policial. Había dicho a los primeros agentes que no recordaba a la mujer que lo liberó. Después cambió de versión y afirmó que llevaba el rostro cubierto.
Mentía.
Elena lo sabía porque él la había mirado directamente a los ojos cuando le arrancó la bolsa de la cabeza.
Fue a verlo antes de que pudiera decidir si era buena idea.
Utilizó su placa para atravesar el control y una mentira administrativa para quedarse a solas.
Vela tenía un corte en el labio, hematomas en las muñecas y la expresión agotada de quien ha descubierto que el miedo no desaparece al sobrevivir.
Cuando Elena cerró la puerta, él dejó de respirar.
—Tú.
—Baja la voz.
—Eras tú.
—Te saqué de allí.
—Me amenazaste.
—Te saqué de allí después.
Vela miró hacia la puerta.
—¿Vienes a terminarlo?
Elena sintió algo parecido a asco. No por él. Por la pregunta y por el hecho de que fuera razonable.
—Si quisiera hacerlo, no habría cortado las ataduras.
—No sé qué quieres.
—Información.
Vela soltó una risa rota.
—Policía hasta el final.
—No te hagas ilusiones.
Se acercó a la cama.
—¿Quién te llevó al piso?
—No lo sé.
—Mientes.
—Me golpearon por detrás.
—Eso puede ser verdad y seguir sin responder.
Vela apartó la mirada.
—Recibí una llamada dos días antes.
—¿De quién?
—Una mujer.
—¿Qué dijo?
—Que tenía pruebas sobre un caso antiguo. Que, si no iba a recogerlas, las mandaría a Fiscalía.
—¿Qué caso?
Vela se humedeció los labios.
—Una menor desaparecida.
Elena sintió un frío súbito.
—Nombre.
—No me acuerdo.
Elena se inclinó.
—Ignacio.
El hombre la miró.
—Duarte.
El apellido cayó entre los dos.
Elena no parpadeó.
—¿Qué has dicho?
—La menor se apellidaba Duarte.
Todo el ruido del hospital se alejó.
—Sara Duarte.
Vela asintió.
Elena tuvo que recordar cómo respirar.
—¿Qué relación tuviste con su desaparición? —Ninguna.
Elena agarró la barandilla de la cama.
—Piénsalo antes de mentir otra vez.
—Yo no la toqué. Ni la vi. Estaba en información. Llegó una orden de reclasificar la alerta.
—¿De búsqueda de menor a fuga voluntaria?
Vela la miró, sorprendido.
—Sí.
—¿Quién dio la orden?
—No era una orden formal. Un informe de evaluación psicológica. Decía que la chica había expresado intención de abandonar el domicilio y rechazo al entorno familiar.
—¿Firmado por quién?
Vela tragó saliva.
—Cardona.
Elena sintió el nombre antes de recordarlo.
Gabriel Cardona.
Una silueta en el pasillo de su infancia. Voz suave. Trajes oscuros. Preguntas que parecían no terminar nunca donde empezaban.
—¿Por qué un informe privado cambió una investigación policial?
—Porque venía acompañado de una comunicación de protección de menores. Porque alguien llamó. Porque era un caso pequeño. Porque éramos unos hijos de puta perezosos. Elige.
Elena apretó la mandíbula.
—¿Quién llamó?
—No lo sé. Mi jefe habló con alguien del Ministerio o de la consejería. No tengo forma de probarlo.
—¿Guardaste copias?
Vela soltó una carcajada que acabó en tos.
—Claro. Todos guardábamos mierda de los demás. Era nuestro seguro.
—¿Dónde?
—Ya no existe.
—Vela.
—Un trastero judicial. Nave C, archivo externo. Caja de procedimientos anulados. Mi carpeta tenía un adhesivo verde en el lomo. Si no la destruyeron.
Elena pensó en Martín entrando en un edificio abandonado la noche en que murió Gracia.
—¿Alguien más sabe esto?
—La mujer que me secuestró, evidentemente.
—¿Te dijo quién era?
—No.
—¿Te habló de Sara?
Vela cerró los ojos.
—Me preguntó si recordaba a las personas cuyos nombres ayudé a convertir en papeles.
—¿Qué contestaste?
—Que no.
—¿Y ella?
—Dijo que ese era el crimen que más le interesaba. Elena se apartó.
—No es un crimen olvidar.
Vela abrió los ojos.
—Para ella sí.
Hubo silencio.
—¿Por qué me has reconocido? —preguntó Elena. Vela la miró con cansancio.
—Porque me quitaste la bolsa.
—Me refiero a mi apellido.
El hombre tardó.
—La mujer dijo que vendrías.
Elena sintió que algo se tensaba.
—¿Qué exactamente?
—«Cuando Elena te salve, dile que pregunte por Cardona.»
Elena no respondió de inmediato.
—¿Sabía que te salvaría?
—Parece que te conoce mejor que yo.
Elena dio un paso hacia la puerta.
—Hay otra cosa —dijo Vela.
Se detuvo.
—¿Qué?
—Cuando me tenía atado, hablaba a veces sin distorsionador. Muy bajo. Como si pensara que estaba inconsciente.
Elena volvió.
—¿Y?
—Repetía una canción.
—¿Cuál?
Vela tarareó cuatro notas desafinadas.
Elena sintió que el estómago se cerraba.
Era una melodía infantil que su madre cantaba mientras preparaba la cena.
Sara cambiaba siempre la última palabra para hacerla reír.
Vela vio su reacción.
—La conoces.
Elena abrió la puerta.
—No vuelvas a decir mi nombre.
—¿Vas a protegerme?
Elena lo miró una última vez.
—No confundas que no quiera verte asesinado con que quiera protegerte.
Salió.
En el pasillo, apoyó una mano contra la pared.
Dejó de pensar en S como un imitador.
Pensó en una posibilidad que había pasado años prohibiéndose.
Sara.